Vicente Undurraga
Todo puede ser
H&O Editores
154 páginas
POR JUAN DOMINGO AGUILAR

Una enciclopedia de términos vitales reinterpretados como coordenadas de un mapa sobre nuestra manera de relacionarnos con el mundo. De esta manera podríamos presentar el libro Todo puede ser de Vicente Undurraga, publicado por la editorial H&O en 2024. Una obra con pequeños momentos que en ocasiones brillan como tesoros escondidos en el fondo marino. Hablo de momentos como este: «en el tic se incurre, se cae, se recae», dice el narrador del libro y quizá esto nos sirva de excusa para abordar uno de los ejes que vertebran esta obra: ¿De qué va la escritura? O lo que es lo mismo ¿por qué escribimos?

El narrador de Todo puede ser nos deja pistas esparcidas a lo largo de las páginas del libro en forma de un pequeño camino de migas de pan: la escritura va de un tic en el que no podemos evitar recaer, como no podemos evitar tropezar siempre con ese puñado de palabras y expresiones que cargamos por herencia familiar o geográfica. Un tic que dice mucho más de nosotros que la mayoría de frases grandilocuentes que podríamos lanzar al auditorio en una conferencia sobre el gran sentido universal de la literatura. Un tic que, como un poema o una canción que no podemos sacarnos de la cabeza, nos obliga a mirarnos despacio en el espejo, para ver cómo y quiénes somos en realidad. Un tic que nos habla, sin saberlo, de la historia de nuestra propia vida. Cuando escribo esto, no puedo evitar pensar en Alan Pauls, en su conferencia (convertida luego en libro) Fallar otra vez, cuando dice que al final uno hace de sus incapacidades un estilo propio: fallar otra vez, fallar mejor, en referencia a Beckett, y de esta manera conseguir que donde algunos ven una imposibilidad, para otros haya una salida para la escritura. Escribimos de aquello que nos obsesiona, sobre el amor y el desamor y la falta de ambos, la familia y la capacidad para generar vínculos en la sociedad contemporánea.

Todos estos conceptos, presentes de manera a veces explícita y otras más velada en el libro del autor chileno, ponen de manifiesto otro de los temas que más le interesan: el lenguaje y su uso para entender todo lo que nos rodea, centrado en unos cuantos verbos seleccionados de manera muy meticulosa y acertada. A través de ellos, Undurraga indaga en todas esas cuestiones que articulan tanto nuestra vida como nuestro vocabulario: verbos como tocar, leer, reír, perder —sobre todo perder—, vertebran una propuesta fresca por su tono y que se mueve entre el ensayo y las anotaciones personales y que se sirve de estos términos para atravesar otros temas más íntimos que van desde la muerte de alguien importante para nosotros, la manera que tenemos de relacionarnos cuando amamos, todo lo que pudo ser y no fue, algunos recuerdos de infancia o palabras que, como algunas amistades, caen en desuso con el paso de los años de manera inevitable. Verbos para, en definitiva, construirnos a nosotros mismos e intentar entendernos, para usar el lenguaje como un escudo frente a la hostilidad del mundo externo.

Esta obra de Undurraga tiene estos claros aciertos que lucen, aunque también, en ciertos momentos, echo en falta que el autor se suelte un punto más, como si el cuerpo nos pidiera dar un paso adelante y atravesar una puerta porque sabe que lo que nos espera al otro lado es un subidón. La prosa de Undurraga gana y brilla cuando es más desenfadada, cuando respeta menos lo esperable y apuesta por el chispazo, algo que ocurre en capítulos como el de «Recaer», especialmente suculento, cuando se arriesga y no se contiene tanto como para quedar anclado en lo correcto. En ocasiones da la sensación de que el narrador estuviera al borde de un precipicio, dudando si dar el último paso, pero al final no se atreviera a saltar. Estoy seguro de que este salto se producirá en siguientes libros, ya que, en este, Undurraga, demuestra que tiene herramientas y habilidad de sobra para hacerlo sin miedo y para, de paso, regalarnos alguna genial pirueta narrativa como las que asoman en algunos de estos capítulos.

«Que somos capaces de hablar sin usar verbo ni sujeto», dice el narrador en un momento de clara iluminación cerca del inicio, que somos capaces de comunicarnos sin la necesidad de pronunciar una palabra, añadiría, que somos capaces, en definitiva, de inventar lenguajes y códigos secretos y tan universales como el silencio o la caricia, para decir, de manera que todos entiendan, a través de libros como este, las pocas cosas que de verdad importan.