POR PACO CERDÀ

Ayer. Esa es la primera trampa: creer que la memoria tiene que ver con el ayer. Un long seller como San Agustín lo dejó claro hace casi dos mil años: Ni el pasado existe ni el futuro tampoco. Todo está anclado en el hoy. La memoria es una paradoja. Como la del retrovisor: mirar adelante para ver atrás.

Brines. Hay veces que la memoria escapa al tiempo y anida en el espacio. Hubo una vez un poeta que escribió: Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde. Ese verso mágico –que constata que hubo un jazmín, que hubo una infancia, que hubo una tarde, y que todo se enreda y se desvanece en la memoria– lo escribió Francisco Brines en l’Elca, el abrigo de su memoria. Un paraíso en la tierra inundado de naranjos y acariciado, en el aire y en su luz, por la espuma del Mediterráneo. Brines dijo que l’Elca era el lugar donde se habían cruzado todas sus edades. Una involuntaria definición del amor.

Cercas. El lugar –o mejor: el territorio en un sentido político– donde se han cruzado tantas memorias españolas han sido los campos de batalla de la Guerra Civil, el trauma colectivo del siglo XX con ramificaciones que emponzoñan el presente de las cosas pasadas. O sea, nuestra memoria. De esas trincheras literarias emergió en 2001 Soldados de Salamina. La novela de Javier Cercas fue leída como una voluntad de recobrar la memoria real de la Guerra Civil. El falangista Sánchez Mazas y el miliciano Miralles, el uno frente al otro, con un país deshecho al fondo y sonando Suspiros de España. Lo más novedoso del libro, sin embargo, no es la mirada humana sobre el falangista y el comunista de a pie, despojados de siglas, mayúsculas y bandos. Lo más interesante es la deconstrucción de la ficción y de la no ficción. Soldados de Salamina ensanchó el campo de juego narrativo en España. No todo era ya novela. También dio trabajo a doctorandos y doctores revestidos de exégetas con chaleco antibalas bajo la toga y con puñetas blancas, inmaculadas. Soldados de la Mina (académica) que siguen cavando y cavilando veinte años y ocho novelas después.

Dictadura. La memoria es un arma. Las dictaduras aman las armas. Tenerlas, quitarlas. También la imaginación es un arma. Las dictaduras la detestan. Por eso la amputan, la secuestran. Lo tenía bien presente Nona Fernández a la hora de escribir La dimensión desconocida y adentrarse en los horrores de la dictadura chilena. Sabía que necesitaba un arma –la imaginación– para combatir los vacíos que llenan el olvido. En la frase pórtico que antecede al arranque de la novela escribe Nona: Imagino y puedo resucitar las huellas de la balacera. Es lo que hace esta hija de la dictadura: imaginar. Imaginar para compensar la amnesia. Añadir ficción, autoficción e incluso docuficción –como observa la filóloga Luna Carrasquer– para recomponer la memoria colectiva. Esa es la dimensión desconocida, pero a veces necesaria, que hace justicia poética y combate el olvido de los criminales y de las víctimas. Subrayo una frase: Su imaginación es más clara que mi memoria. Una declaración metaliteraria en esta trama de torturas, silencios cómplices y mitläufer.

ETA. Todo ello –torturas, silencios, mitläufer– compone el libro de no ficción Por un túnel de silencio, una obra valiente y comprometida como tal vez solo pueda serlo una ópera prima. El libro de Arturo Muñoz indaga en la desmemoria deliberada de uno de los patios traseros de la historia de ETA: la represión policial con impunidad. El autor entrevista a guardias civiles, a militantes de ETA, a sindicalistas y a opositores antifranquistas en la Gernika de los años setenta. El odio y la violencia –también la inconsciencia– dominan la espiral nociva que transmite la narración. Una destrucción imperceptible, de tan rutinaria como fue. Esta lectura deja claro cuál es el impulso de los libros sinceros: la obsesión. Arturo la tenía cada vez que lanzaba a canasta de niño y se activaba en su mente el bucle del miedo: que ETA matara a su padre, famoso escritor. Si metía más canastas, se decía, su padre viviría más años. Por cada canasta, diez años más. En esas tardes de sudor y obsesión se larva un libro auténtico. 

Fútbol. Una más de terrorismo, y no es Patria. Altamarea, un prodigio editorial que ha convertido el fútbol en algo que se lee con mirada política (ya sea la URSS de Stalin, el fascismo, los Balcanes en guerra, la Italia de Mussolini o la de Pasolini), acaba de publicar una no ficción original que combina el deporte con el terrorismo y la memoria. En Cuero contra plomo. Fútbol y sangre en el verano del 82, Alberto Ojeda traza un viaje al Mundial de Naranjito para imbricar la historia de España y la de Italia en el césped y también en el mapa del terrorismo, que sacudió ambos países en aquellos años de plomo. Con ETA, el Grapo, el FRAP, los Guerrilleros de Cristo Rey, las Brigadas Rojas, Prima Linea y todas las declinaciones del terror que dinamitaban la vida cotidiana. Una historia con épica deportiva, de Arconada a Rossi. Pero también con tragedias humanas, de Aldo Moro al niño Alberto Muñagorri, de diez años, que pierde una pierna al estallar una mochila en Rentería al día siguiente de la derrota de España frente a Irlanda del Norte en el Luis Casanova. Me llama la atención un dato. Página 111: ETA cometió el 95 % de sus asesinatos en democracia. El viejo relato romántico de la resistencia antifranquista se desmorona fácilmente.

Guantes. Se los ponía Dum Dum Pacheco, el boxeador maldito que España olvidó y que el escritor Servando Rocha ha rescatado en un libro que merece mayor atención crítica: Todo el odio que tenía dentro. Es la memoria política de un país de bandas callejeras y poblados chabolistas. Del Lute y de los Ojos Negros. De las rejas de Carabanchel y de los gritos temibles en psiquiátricos de extrarradio. De viejos divisionarios perdidos y de torturas en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, con Billy el Niño apestando a alcohol. Es la balada triste de una nación brutalista, pintada en gris cemento y tumbada en la lona del olvido por el gancho del alzhéimer colectivo. El libro roza las 500 páginas. Lógico. Como dice Dum Dum Pacheco, hilo principal de esta historia social y política underground: Mi vida es demasiado fuerte para contarla en pocas palabras.

Halfon. Solo lo he visto una vez y sigo cautivado. Por su mirada chispeante, por sus gafas recién estrenadas, por su sentido del humor. Después de aquel flechazo en Zaragoza he leído muchos de sus libros. Como escribió alguien hace poco en las redes, los libros de Eduardo Halfon –Duelo, Monasterio, El boxeador polaco, ahora Un hijo cualquiera– dan un poco de rabia: Pasas casi dos años esperando para una sola tarde de lectura. Cada libro que escribe es una tesela más de su mosaico familiar, de su memoria familiar. Hay un vídeo en Youtube de Halfon: una cápsula breve con su opinión sobre el papel de la memoria en la narrativa. Estaría simpático decir que me lo pongo por las noches para recordar el suave acento guatemalteco del escritor que un día me fascinó. No es así. Lo he tecleado ahora mismo en el buscador y ha salido. Sin más. En el vídeo, Halfon dice que la ficción le ayuda a establecer la memoria como él quiere, no como fue.

Indias. Las Crónicas de Indias fueron la gran operación de memoria histórica que labró la España imperial. Baste un ejemplo irrisorio. De Juan Díaz, en Itinerario de la armada. Escribe: En este día, a la tarde, vimos un milagro bien grande, y fue que apareció una estrella encima de la nave después de puesto el sol, y se partió despidiendo rayos de luz a la continua, hasta que se puso sobre aquella villa o pueblo grande, y dejó un rastro en el aire que duró más de tres horas largas; y también vimos otras señales bien claras, por donde entendimos que Dios quería que poblásemos aquella tierra para su servicio. El fragmento lo deja claro: la memoria siempre está en la mirada de quien mira, de quien escribe y petrifica lo mirado. La mirada del conquistador.

Joan (Fuster). El aforismo del ensayista valenciano dice así: Les persones felices no tenen memòria. Entonces, por qué nos empeñamos en recordar tanto. Las personas, las sociedades, la literatura.

Kim. La historia empieza el 4 de mayo de 2001. Un anciano de noventa años se arroja al vacío por la ventana desde la cuarta planta de una residencia geriátrica. Es el inicio de El arte de volar, la novela gráfica de Kim y Antonio Altarriba que reconstruye (en el sentido literal de la palabra, pues mezcla realidad y fabulación) la vida del padre de Altarriba. Una gran historia de perdedores. Una historia de guerra compleja y humana que cautiva en dos viñetas. Página 69: un izquierdista enarbola una tricolor al grito de vivalarepública. Al lado, un requeté, tan parecido al otro salvo en la boina, sostiene la rojigualda y grita vivafrancoarribaespaña. Y por arriba, un mensaje: Fueron batallas de ganar y perder, quizá de morir por nada. En el prólogo, Antonio Martín considera esta obra como el primer libro español de historietas creado ex novo y con plena conciencia para lectores adultos, tanto en edad como en madurez intelectual. Luego llegó El ala rota, la segunda parte, con la historia callada de Petra, la madre de Altarriba. Memoria individual, memoria colectiva. Un gran fresco del siglo XX español. 

Llamazares. Ese siglo, el de la modernidad, tuvo su reverso en el desmantelamiento de la vida rural tradicional. Otro tipo de memoria colectiva era arrumbada al margen o quedaba parapetada tras los toldos verdes de la ciudad suburbial. Desarrollismo amargo de domingo por la tarde. Pero hubo alguien que retiró aquel velo. Fue Julio Llamazares, en 1988, con La lluvia amarilla. Una obra cardinal en la recuperación de la memoria rural. Un grito contra la despoblación a través de aquel fantasma solitario en medio del olvido y las ruinas de Ainielle. Seguramente recuerden el inicio de la novela, un evangelio para tantos espíritus románticos que cada año (se) buscan (en) los montes silenciosos y las casas evisceradas de maleza en Ainielle. Dice así: Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto, estará, seguramente, comenzando a anochecer. 

Melancolía. El éxodo rural de los sesenta ha tenido su correlato literario, muy transitado en el último lustro. Otra clase de éxodo ha generado también abundante literatura de la memoria colectiva: el exilio. Una de sus víctimas –víctimas del sufrimiento que impone la nostalgia de los distantes y la expulsión del paraíso original– fue María Teresa de León, una mujer irrepetible que fue de exilio en exilio. Orán, París, Argentina, Roma. La vida en una maleta, papel blanco y un buzón. Ella decía que tenía una enfermedad incurable: escribir. Seguramente para recordar. Lo decía antes de que le fuera diagnosticado otro mal todavía peor: el alzhéimer, el robo completo de la memoria y de la identidad. María Teresa de León tiene un libro autobiográfico que es luminoso en su oscuridad, lírico en su prosa, profundo en su sencillez. Ese libro es Memoria de la melancolía. Escribe: Sé que ya en el mundo apenas se nos oye. Siempre habrá quedado el eco, pues el único que no hemos hecho los desterrados de España es el de la resignación. Pero feliz el pueblo que puede recuperarse tantas veces para sobrevivir. Es el orgullo del desdichado, lo sé. Tal vez pretendiéramos lo imposible, pero seguiremos andando hasta que todo se desvanezca o se ilumine. Como dice Benjamín Prado en el prólogo, es un tratado de la pérdida. Un manual –auténtico– de resistencia.

Nostalgia. Enemiga de la memoria. Solaz estéril. Fétido remanso. Agua estancada. Y sin embargo…

Ñangotarse. Regreso a esta palabra, que en Centroamérica significa humillarse, someterse. Ese ha sido el destino de las mujeres. Incluso de las asesinadas, sin derecho ni a recuerdo. Por favor: tecleen en Google “Las muertas de Juárez”. Es un poema de Carlos Aguasaco, poeta colombiano afincado en Nueva York. Es una extensa enumeración de nombres de mujeres asesinadas en la ciudad mexicana acompañado de reflexiones punzantes. Copio unos versos: ¿Qué sabes de ellas, de alguna de ellas, de sus muertes, de sus últimas palabras, de sus llamados de auxilio, del hilo de sangre con que llevaban el alma atada al cuerpo o de Gabriela, Gladys, Gloria, Graciela, Guadalupe, Guillermina, Hester con su hache invisible en el aire o de Hilda? Hay veces que solo con nombrar ya se crea memoria política. La palabra como escudo para no ser ñangotado.

Oculto. Así estaba el caso de Heinz Ches. Enterrado bajo cien capas de polvo y olvido. Nadie sabe quién es. Pero su historia es apasionante. Dice la sinopsis que el 2 de marzo de 1974 se produjeron las dos últimas ejecuciones a garrote vil del régimen del dictador Francisco Franco. Un caso perdura en la memoria colectiva a pesar de la tendencia al olvido: el del joven anarquista Salvador Puig Antich. El otro sólo es silencio. Y a romper ese silencio se dedicó durante diez años –obsesión, otra vez la obsesión– el periodista y cineasta valenciano Raúl Riebenbauer. Quiso conocer la historia. Tal vez demasiado a fondo. Le pasó factura emocional. Pero logró componer una tremenda investigación sobre aquel extranjero ejecutado por el asesinato de un guardia civil en un cámping de Cambrils. El fruto es El silencio de Georg, reeditado el año pasado. Por sus páginas asoma el peor rostro de un país medieval y chapucero, una España de garrote y mayúsculas rojas en El Caso. Un libro brutal. Una cumbre del periodismo hecho por libre. Una obra así solo puede escribirla alguien que abre el primer capítulo con esta confesión: Las obsesiones se alojan en un punto entre el córtex y el entrecejo. Y yo tengo una agarrada al mío con rabia, con dolor, con desesperación. Esa obsesión fue Heinz Ches. El otro, el olvidado.

Pantanos. Hay voces enterradas en cunetas. Otras están sumergidas. Álvaro González ha buceado para rescatar de bajo el agua La voz de los desterrados. Así se titula el libro que acaba de publicar con un evocador subtítulo: Intrahistorias de una aldea de la España sumergida. Cuenta esta crónica con alma que más de quinientos pueblos y aldeas han sido sumergidos bajo los pantanos españoles. Él ha elegido una de esas aldeas inundadas por el progreso: la de Los Molinos, sumergida bajo las aguas del pantano de Ortigosa, en los Cameros riojanos. ¿Memoria colectiva? Por supuesto. ¿Política? También. Todo se cruza bajo esas aguas frías de pura plata. El caciquismo, la lucha obrera, la Guerra Civil, la represión de posguerra, la emigración a América, el éxodo rural. Una tragedia. Memoria anegada de dolor.

Quid. Es una frase de Michelle Roche Rodríguez, la narradora caraqueña que ha escrito Malasangre para adentrarse en la Venezuela dictatorial de los años veinte, sojuzgada por el general Juan Vicente Gómez. Lo ha hecho con una novela gótica de vampiros donde el terror más insoportable lo provocan los humanos. Donde asusta más el petróleo manando de un pozo que la sangre brotando de un cuello. La frase dice: Existen dos tipos de resentidos: los pobres y los ricos. Papá era de los segundos, aunque empezó su andadura por el mundo como representante del primer grupo. No hay más preguntas, señoría. 

Regreso. El del dibujante Paco Roca es al Edén. El nuestro, con sus novelas gráficas, es a un punto de la memoria española donde las esperanzas de progreso, libertad e igualdad se marchitaron. Un viaje a la opresiva ciudad de posguerra. A su día a día. A su memoria en minúscula. A la intrahistoria. Y todo, a partir de una vieja foto familiar. Paco Roca es arte, compromiso y sensibilidad. Una buena persona.

Superviviente. Se llamaba Balchowsky, Eddie Balchowsky. El pianista de un solo brazo. El rey de los callejones. Un hombre libre. Un idealista iluso. Un maestro en sobrevivir. Un beat prematuro. Un bohemio estadounidense que se alistó a las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil y acabó mutilado en la batalla del Ebro. Así lo retrata Toni Orensanz en este libro de Navona que no se puede titular mejor: ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky? Tremendo.

Trampas. Isaac Rosa lanza una advertencia en El vano ayer. Una reflexión más política que literaria. Ojo con banalizar y esperpentizar, si es que la palabra existe, una dictadura como la de Franco. Que torturó, censuró, reprimió, manipuló. Que asesinó en masa. Cuidado con subrayar los aspectos más histriónicos del régimen. Así solo crearemos una memoria fetiche, de tarareo, una memoria de anécdotas. Una memoria más sentimental que ideológica, alerta. 

Urbana. La colmena, de Cela. La plaça del diamant, de Rodoreda. Llibre de meravelles, de Estellés. La memoria urbana de posguerra –más sentimental que ideológica, más penetrante que cualquier ensayo– todavía late en esos tres clásicos sobre el Madrid, la Barcelona y la València de aquel primer franquismo con camisa azul y cartilla de racionamiento. Y que nos perdone Martín-Santos.

Voz. Estaba dormida, la voz. Y hace veinte años, Dulce Chacón la despertó. Para oír a las guerrilleras represaliadas y humilladas en las cárceles franquistas. A Tomasa, a Reme, a Elvira. Todas ellas, unidas por la lealtad. La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Así empieza La voz dormida. Una voz, o un grito, contra el silencio.

Walsh. Un grito ético fue la voz del argentino Rodolfo Walsh. El juego de matrioskas es perverso. Él se rebela contra el silencio, empuña la pluma y escribe Operación Masacre. Luego, en venganza, lo matan y lo hacen desaparecer. Para que regresara el silencio. Una operación masacre.

X. Una equis marca el género. Hombre, mujer. Macho, hembra. Pedro Lemebel no podía poner una equis en ninguna de las dos casillas. Tampoco podía la Loca del Frente, su personaje en la novela Tengo miedo torero. Y eso es lo de menos. Porque su fuerza, que es la fuerza del amor y de la vida, anula todo lo demás. Hasta el trasfondo sórdido de la dictadura de Pinochet que retrata con poesía pura este prestidigitador de los sentimientos. Como ha sabido ver el crítico Ignacio Echevarría, Lemebel invoca la memoria de los humillados, de los marginados y de los silenciados frente a la ficción de la Historia. Estoy impaciente por leer la antología de sus crónicas que este año publica Las Afueras. Cómo se puede escribir tan bien, tan diferente. Cómo puede un estilo espejear tanto un alma.

(Los) Yesares. Yo sé mucho del miedo. Soy un maestro del miedo. Esas dos frases de Alfons Cervera han adquirido el rango de clásicas. Son el arranque de Maquis, una novela capital para la restitución de la memoria de los vencidos más olvidados de la posguerra. Una epopeya de la memoria antifranquista que transcurre en Los Yesares, un paisaje con valor moral en una comarca aislada, pobre, llena de voces que solo el autor quiso oír. La dignidad de la derrota. A eso ha venido al mundo Alfons Cervera. A recordarnos que la dignidad no se extermina. Y a hacerlo con ética y con estética. En la mejor tradición del humanismo. Del combate político. Yo no voy a olvidar porque otros quieran. Eso dijo un día Alfons. No lo olvido. No.

Zumbido. El recuerdo es el acúfeno de la memoria: un zumbido que tantas veces llega sin ser invocado. Todo sucede en el presente, dijo San Agustín. Hay otro santo cuya tumba no existe, un santo laico de nombre Federico, que dejó escrita otra frase para ir rumiando sin prisas. Escribió: Hay que recordar, pero recordar antes. Hay que recordar hacia mañana.