El libro se cierra con un texto metafórico que le da título: La utopía de la hospitalidad. Se vertebra alrededor de la relación entre algunos escritores (Rilke, Thomas Mann, Joseph Roth) y sus ámbitos o residencias; y también alrededor del vínculo entre un personaje ficticio y el hotel donde vive o trabaja (en América de Kafka). El turismo, el proceso habitacional constituyen «la nueva e inhóspita hospitalidad».
Pero el texto de Domínguez Michael es asimismo el lugar donde los escritores son recibidos con la alta / baja hospitalidad del crítico.
Leídos desde la perspectiva actual, tanto esos volúmenes de la década de los noventa como su obra posterior me hacen sentir que la visión crítica de Christopher desencadena una puesta en escena extrañamente visual y conceptual. Como él dirá a un periodista hay un factor novelesco o teatral en su procedimiento expositivo. Pero Servidumbre y grandeza de la vida literaria, donde se recoge gran parte del ejercicio crítico cumplido por el autor de manera inmediata, no sólo posee ese carácter, sino que sintetiza un modelo escritural que, aunque marca su estilo perceptivo, no parece repetirse con tal intensidad después.
Porque aquí la tarea se cumple en un anfiteatro. Lo recogido en el libro es la cosecha de una década. Fuera deben haber quedado reportajes y entrevistas –prensa, radio y televisión–. No en vano durante aquel encuentro en Guanajuato las palabras de Christopher para el Quijote encendieron reacciones que no comprendí en el momento. Estábamos en presencia de un crítico agudo y valiente.
Y este libro es un combate con gladiadores o fieras en el anfiteatro. También, como irá ocurriendo después, una aventura hacia la docencia irónica, desprejuiciada y libre. Bastaría repasar los equilibrados elogios que el autor dedica a libros de Paz, Rulfo, Cabrera Infante, Roger Bartra, Fray Servando, Torri, Juan Vicente Melo, Pitol, Ana García Bergua, Espinasa, Bradu, Paloma Villegas, Adolfo Castañón, Rosa Beltrán, etcétera; su simpatía y reticencia hacia Monsiváis, Morábito, José Emilio Pacheco y su escarnio contra Frida Kahlo, Fuentes, Poniatowska, Laura Esquivel, Montemayor o Mastretta para que el anfiteatro se llene de fuegos que iluminan o que incendian.
Servidumbre y grandeza de la vida literaria se abre con dos señales conscientemente elegidas por el autor y que se convertirán en elementos constantes del futuro. La primera aparece en el epígrafe de Cervantes («hablo de las letras humanas que es su fin poner en su punto la justicia moral») y la concepción del intelectual como clérigo, según la acepción medieval para el hombre ilustrado («la venerable tarea del escritor como clérigo que sostiene los valores universales de la Ilustración –volteriana, goethiana o católica– contra la barbarie política»).
El ensayo sobre Octavio Paz, a quien se le considera creador de una política del Espíritu, cabe con naturalidad dentro del esquema anterior; y sin duda esta concepción del crítico orientará su propio trabajo[i].
Ahora sabemos que para Domínguez Michael la literatura es «esa variada e impertinente curiosidad del civilizado por todas las cosas designadas en los textos y en las texturas». Y que «a diferencia de lo que se cree, los críticos no descubrimos a nadie. Son los autores quienes nos llaman, convirtiéndonos en sus creaturas tan odiosas como requeridas». Porque «son pocos los críticos profesionales que han descubierto grandes autores».
Pero ya no necesitamos, como hemos estado haciéndolo, entresacar de sus textos su concepción o su defensa de la crítica. El epílogo (Elogio y vituperio del arte de la crítica) nos coloca ante unos cuarenta fragmentos lúcidos, incisivos, agresivos y plenos acerca de su propio arte. Lo justo es remitir al interesado a ellos. Lo injusto será glosar sólo algunas de sus afirmaciones, como haremos a continuación.
El compás dentro del cual se mueve Christopher para concebir sus apreciaciones es moderno. No acude a la ira platónica –(«[…] el poeta imitativo no está relacionado por naturaleza con la mejor parte del alma», «produce cosas inferiores en relación con la verdad», «implanta en el alma particular de cada uno un mal gobierno», «no lo admitiremos en un Estado que vaya a ser bien legislado»)– ni a las síntesis aristotélicas o a las sistematizaciones de Cicerone y Quintiliano, tramados teóricos desde donde, con los siglos, se formalizará la crítica del futuro. Tampoco acude a las vislumbres y leyes poéticas de Horacio o Boileau. Sus límites hacia atrás son el doctor Johnson y Sainte-Beuve; y con ello impone una grata agilidad a sus ideas. Porque el autor no está interesado en mostrar tradiciones sino en hacer saltar ante el espectador sus propias asociaciones, invenciones u ocurrencias. Es decir, una formulación de la acción crítica como gesto de vida y en presente.
«El lince y el topo eran los ministros de mi sabiduría secreta», escribe hacia 1929 el poeta José Antonio Ramos Sucre en sus aforismos. Para Christopher, el crítico podría ser un gato montés, un zorro o el lince, algo que perturba la calma y puede causar hechos sangrientos. Si la vida literaria es la literatura misma (o la vida, escrita) invita a que poetas y novelistas salgan a la caza del crítico: éste da cumplimiento a sus pasiones, que son propiedades del alma y no pueden ser corregidas.
Sin embargo, se puede triunfar en todos los aspectos de la vida intelectual (profesor, periodista) pero casi nunca como crítico. Y aun así, el autor exige la soberanía del crítico, su igualdad con los otros creadores. Aunque no pide que se preserve al crítico como a una especie en extinción insiste en que «la pasión crítica es consustancial al estado de civilización», lo que refuerza su admiración ante Rusia, que bajo el imperio del zar o del partido comunista confió «hasta la superstición en los poderes taumatúrgicos del crítico».
Frente a la sólida tradición crítica de ingleses, franceses y alemanes, reconoce la insuficiencia de la Ilustración en «España, donde no sólo se procedió contra el crítico», sino que se rechazaron sus funciones al perseguir la inteligencia. Producto de lo cual es el efecto causado en Hispanoamérica: «Sólo encuentro un gran crítico impune en la lengua española: Leopoldo Alas Clarín». Y entre nosotros, habrá que esperar al modernismo y a las vanguardias para que cambie el panorama. «El honor de nuestra crítica lo han salvado los poetas: Luis Cernuda, Jorge Cuesta, Octavio Paz, Guillermo Sucre, algunos filósofos y pocos novelistas. Nada más nocivo para la crítica que su falsificación en la república de los profesores».
Concluyen estos fragmentos reconociendo cómo el crítico vive entre la servidumbre y la grandeza de la vida literaria, ya que «está marcado por una Gracia o diferencia, su soberbia ante el destino del arte, su manía por recordar, predecir y maldecir». Lo que no le impide decir para sí mismo o lo autoriza a reconocer que «he atacado ideas y novelas y, a veces, a personas. Lamento mis groserías y estoy dispuesto a repararlas, pero ¿por qué a un poeta se le permite un mal verso, un crimen más sonoro que la más nefasta salida de un crítico?».
Recordar, predecir y maldecir: zarpazos y precisiones que el lince cumple inexorablemente: efectos ampliados y visibles de la escritura encarnada en una de sus apariciones: la crítica. Acciones recíprocas en el anfiteatro. Tras ellas, en el crítico y el espectador, el subterráneo movimiento del topo, también hacedor de civilización.
6
Vuelvo ahora a su libro de 1977, Tiros en el concierto. O para ser exacto, a uno de sus capítulos. Aquel dedicado a «Jorge Cuesta y la crítica del demonio».
Algunos de los rasgos que me atraen de él pertenecen también a los restantes ensayos del conjunto. Si ya conocemos la percepción ilimitada que guarda el autor sobre lo narrativo, estamos ante un ensayo novelesco, apoyado en extraordinarias proyecciones teóricas y críticas. Es profético a la vez que retrospectivo.
Aquí el amphitheatrum va dejando de estar centrado en el combate para permitir el movimiento, el paso alrededor; y éste, la posibilidad de contemplar, examinar: theaomai. O la especulación, la investigación.
Si el estudio de los otros protagonistas de este libro (Alfonso Reyes, Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, los Contemporáneos, Rubén Salazar Mallén, Revueltas) es renovador en cada retrato y el cruce de los «puentes analógicos» muy hondo, ahora estamos ante una écfrasis perfecta: pintura, video, narración-ensayo: despliega como fondo a la revolución mexicana y su etapa posterior para incardinar allí los intereses políticos, sus rechazos y críticas de un Jorge Cuesta afinado éticamente. Químico de profesión, «alquimista» para los amigos, poeta del «dios mineral», se suicida a los treinta y nueve años. Y discreto pero inflamado por una afinidad fáustica con el demonio, los demonios, posee en las palabras de Christopher el relieve de un gran personaje trágico.
La primera juventud de Domínguez –su flexibilidad perceptiva, su hondura para interpretar, su serenidad para establecer un periodo cultural y convertirlo en escalón de la historia– queda resumida en este ensayo ejemplar.
Pero, junto a tal vigor narrativo, surge el círculo que abarcará no sólo una arteria intelectual definitiva de México, sino también de toda América Latina. Para cercarlo, volvamos a Hernando Domínguez Camargo. Ha hecho votos de sacerdote a los diecisiete años y fungirá como cura en diversas localidades. Pero ese juramento de castidad y pobreza es, ocultamente, traicionado. El lujo en la ropa, caballos, amores, dinero lo tientan sin cesar. Hipnotizado por los demonios cede ante el placer. Es el Fausto de una comedia y su diferencia con Cuesta sería completa si no hubiera decidido sobreescribir cierta literatura y, sobre todo, hacer crítica con ella, invocando las infinitas gradaciones del lector posible (sin el cual no pueden existir la literatura ni el crítico), en especial, al Ambiguo, al Maldito lector. Su reescritura –junto a ciertos ejercicios de Sor Juana y otros de Juan de Espinosa Medrano en el xvii, de fray Juan Antonio Navarrete en el xviii y de Andrés Bello en el xix– se convierte en el humus de la futura crítica en nuestra América.
Pero escuchemos a Christopher referirse a Cuesta: «Es el príncipe de nuestros críticos, un soberano sombrío que legisla sin levantar la voz». En un México –o como ocurriría con otros en cualquiera de los países hispanoparlantes– de condiciones culturales que no dan cabida a la crítica, Cuesta levanta el moderno ejercicio de la misma. Crítico de la literatura que, al hurgar en el pasado de su país, debe crear una tradición que lo explique, dé corporeidad a sus ideas y se expanda como parte de la realidad inmediata. «Hubo de inventar fragmentos enteros de historia literaria para encontrar su sitio como crítico». En él ya está, por su actitud moral ante el poder, la «política del Espíritu» que Domínguez reconocerá en Octavio Paz. Cuesta rechaza un «pensamiento mexicano» al que fueran adictos otros pensadores de su tiempo. «Y, afirma Domínguez, la única virtud que concede al pensamiento de Marx es la virtud de enardecer». También en sus palabras: «Jorge Cuesta es el fundador del canon en la literatura mexicana». Tal como lo harían Jesús Semprúm, Baldomero Sanín Cano, Manuel González Prada, Pedro Henríquez Ureña, Dámaso Alonso en sus respectivos territorios imaginarios.