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El más reciente libro de Domínguez Michael posee título similar a un juego gráfico: El xix en el xxi (2010). Y reúne ensayos escritos durante más de veinte años, algunos de los cuales provienen de La utopía de la hospitalidad. Otros de ellos introducen esa forma de la ironía que al Longino, si hubiese manejado tal estado espiritual, le hubiera parecido burla: como aquel dedicado a quien se fingió Luis xvii o el texto sobre Marguerite Eymery, «la reina de la decadencia», crítica y novelista, quien se ufanaba de «leer cuarenta novelas al mes», era enemiga del feminismo y publicó en 1884 la novela Monsieur Venus.

También, mediante el seguimiento a obras y autores, el autor nos conduce hacia el germen de los totalitarismos políticos que adquirirían poder absoluto en el siglo xx. No porque realice un análisis al respecto sino porque con su fuerza para mostrar caracteres, Domínguez Michael retrata a sus fundadores: Marx el victoriano, cuyas dos hijas mueren mediante pactos suicidas con sus respectivos esposos; judío, fue antisemita. «Marx amó a la humanidad sufriente como abstracción sin interesarle el sufrimiento concreto del prójimo», dice Domínguez Michael, y añade: «La falta de curiosidad urbana de Marx se reflejó en una teoría de la sociedad donde las pulsiones individuales carecían de importancia. Nunca entendió que el mercado podía, también, hacer feliz».

Hay aquí visiones sobre algunos de los autores más amados por el crítico: Chateaubriand («los hombres de esa naturaleza deben dejar que cuente sus memorias esa voz desconocida que no pertenece a nadie»); o Sainte-Beuve, en quien es necesario advertir «más que los riesgos tomados en la lectura contemporánea, el alcance de sus aciertos proféticos».

Estamos ante un libro de ricas proporciones: nos conduce hacia Balzac y Nerval; descubre un Juan Valera sorprendente; toca intersticios inquietantes sobre Henry James, a través de los novelistas que lo retratan; devuelve vitalidad a las audacias imaginadas por Machado de Assis; celebra el Frankenstein de Mary Shelley por encima del Fausto de Goethe, etcétera.

Hay en él atención a la literatura rusa y a uno de sus autores recónditos, Nikolai Leskov. También uno de los textos imprescindibles del crítico: su largo ensayo acerca de Goncharov y la novela Oblomov, con el cual revela a los lectores de lengua española una experiencia paradójicamente surgida del mundo ruso: no el delirio religioso de Dostoievski y su incesante crueldad, ni la grandeza épica de Tolstoi o su obsesión con el fin del matrimonio, sino la blandura de la pereza, el culto a la indiferencia, la negación del movimiento personal (físico y mental): «La contribución crucial de la Rusia literaria a la cultura universal […]: la aparición novelesca del hombre superfluo, del tipo débil, del pobre diablo»; el héroe diminuto.

Es un libro en el que la crítica se ejercita como potencia de potencia al exhibir y absorber las cualidades críticas de Thomas de Quincey, Sainte-Beuve, Paul de Saint-Victor, Juan Valera, Sergio Pitol, Fidelino de Figuereido, Machado de Assis y Henry James.

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«Los lectores contemporáneos estamos de alguna manera paralizados ante ese espectáculo que, cuando ocurre, es asombroso pero también un poco escalofriante: nadie espera la aparición de un gran escritor, en el fondo nadie le pide que llegue y cuando llega a veces preferiríamos que no hubiese llegado porque deja esa sensación agridulce propia de la buena grandeza: el sentimiento de que muchas de las cosas que como poetas, narradores e incluso como críticos podíamos hacer ya no es necesario hacerlas porque ya apareció quien las hizo y éste no es un escritor de la antigüedad sino nuestro contemporáneo, alguien que respiró lo mismo que nosotros y se paseó por nuestras calles…»: así describe Christopher el efecto que puede causarnos la aparición de un autor verdadero, refiriéndose a Roberto Bolaño. El ensayo está en la nueva edición (2009) de La sabiduría sin promesa, que recoge el contenido inicial, más algunos textos de La utopía de la hospitalidad y otros nuevos.

En esa cordillera verbal levantada por su autor, resultaría difícil destacar la altura de este libro. El título –tomado de André Gide y que para el crítico busca beber el tiempo sin someterse a la profecía– desencadena un curioso fenómeno por el contenido del volumen: aunque se ocupa en efecto de creadores recientes (Donoso, Murena, Capote, Bloom, etcétera) está centrado en muchos nacidos a finales del siglo xix. Lo que permite una profecía paradójica: a la vez que el crítico propone apreciaciones que inexorablemente van hacia el presente, toca ideas e imágenes que abarcan nuestro pasado inmediato: el vaticinio esconde una nueva valoración de lo que ya fue juzgado, elogiado, olvidado u omitido, para darle vitalidad hoy.

Nada mejor que estas páginas para penetrar en la acción de los críticos. Junto a Cyril Connolly, Lukács, Sartre, Ortega, Bloom, Mencken, Mario Praz, Benjamin, Victor Sawdon Pritcher, Julien Gracq, encontraremos a Jacques Rivière, Victoria Ocampo, Thomas Mann, Vargas Llosa.

En ellas el autor se detiene ante los escritores, pero no explora únicamente sus obras y sus ideas: busca el trasfondo histórico y, sobre todo, enlaza las convergencias temáticas y estéticas que los atraen o los separan, dejándonos así ante inesperadas «familias espirituales». Quizá porque aplica el criterio de que «la facultad crítica se debe a la forma y en ésta sólo sobresalen escritores de primer rango»; y porque ha comprendido que en un moderno prevalece su enemistad contra la modernidad.

Secreto hacedor de aforismos, Domínguez Michael destila en sus ensayos juicios arriesgados y casi siempre acertados, como: «La novela histórica se degrada hasta convertirse en un ejercicio comercial, aderezado con recetas narrativas propias del más elemental de los talleres literarios»; «el verdadero lector de novelas es más parecido al director de escena»; «Marcel Proust acaso sea el único novelista clásico del siglo xx. Un clásico es una figura única e irrepetible que, por serlo, genera un sentimiento de pasmo e imitación, que llamamos clasicismo»; «la amistad literaria, ese pacto donde la gratitud se convierte frecuentemente en odio»; «Dostoievski decepciona entonces, si es que somos capaces de terminar esas segundas lecturas».

Imposible comentar aquí la totalidad del libro. Pero advierto en Domínguez Michael, cumplidas para mí, las promesas de la crítica: mantener viva, cuando lo merece, la obra literaria al tocarla o hacerla revivir desde el misterio del tiempo.

En la escritura de un cuento (o de un poema, creo) participa todo lo nuestro –las herramientas psicológicas y biológicas– en un mismo momento. La vida entera converge en ese (breve o largo) instante. Para la concepción de una novela, en cambio, vamos solicitándolas una tras otra, o sólo algunas de ellas a la vez. En la ejecución de un ensayo crítico, me parece, hierven alternadamente estos mecanismos, pero filtrados por ese cuerpo invisible que es el tiempo atrapado por la escritura de los otros. Otro rasgo cumplido, sin promesa.

Aunque suelen parecer abstracciones, las posiciones filosóficas están íntimamente hundidas en la realidad. Eso explicaría su presencia o su influjo en las colectividades por años o por siglos. Hoy, cuando parecen haberse extinguido las «interpretaciones» masivas del mundo, la verdad es otra. Estamos de nuevo –y quizá como nunca– en medio de caldos filosóficos. Sólo que éstos no corresponden al patrón de un sistema lúcidamente construido por alguien ni tiene un magíster como defensor. Obedece a una mezcla de información excesiva, de comunicaciones vertiginosas, de lenguaje burdo y simple. Cubre para impedir pensar. El todo debe ser el cambio incesante, desechable, pero no como principio, sino como apariencia. La comprensión ha pasado a ser explicación.

Hago estas digresiones por el efecto que me producen éste y todos los libros de Christopher. Sin dudan han sido elaborados desde un impulso ciego hacia el descubrimiento, el goce y la captación profunda de la literatura y en especial de su forma superior: la crítica. Ceguera sensible que se convierte en la obra leída para extraerla de la borrosa totalidad en que yace o es exaltada por la publicidad. Ya ha sido elogiada su administración de las citas, que –mezcladas con su propio estilo– asombran, conmueven. Él mismo habló de practicar «la historia de las ideas» y así es; pero no por completo: hacerlo hubiera exigido una sistematización enciclopédica, y aunque él ama los procedimientos de la Ilustración, ya no es necesario acudir a ellos. Su pensamiento valora la milagrosa aparición de las formas (estilo, construcción, correspondencias) a la vez que el resultado emotivo (estético: movere); pero procede respetando la jerarquía del lector: fragmentos vivos, ensayos de mediana extensión, textos largos para administrar el pathos. Me refiero a aquello anotado por Rafael Lemus respecto de la imagen que se desprende de su Diccionario crítico de la literatura mexicana: «No cualquier imagen: la más madura, la más vibrante, la que –para bien o para mal– habitamos sus lectores[i]».

Los fragmentos que son la obra de Domínguez Michael consagrados a un diverso y cambiante trabajo: la interpretación, la crítica como forma de vida escrita.

Al recorrer este libro –y los otros– vemos el aura trágica que, con asombrosa frecuencia, rodea, por razones de salud, religión, vicios o política, al crítico. Voy a dedicar unas líneas a alguien cuya lectura fue determinante para el autor: Julien Benda; algunas a quien me fascinó hondamente: Lu Xun; y otras a un crítico, si no feliz, pleno y sereno: Georg Brandes.