Judío parisino, crítico literario, Julien Benda (1867-1956) ha dejado una concepción del intelectual que Christopher hereda para su orientación política y ética. Está en el libro La traición de los clérigos (1927). Y nuestro autor lo resume así: «El argumento central de La traición de los clérigos es más o menos conocido: el clérigo, es decir, el intelectual moderno, se debe a los valores universales y eternos, supratemporales y desinteresados de la verdad y de la justicia tal cual los establecieron Erasmo y Spinoza, Voltaire y Kant. Al organizarse políticamente, al transformarse en ideólogo y simbolizar el odio político, denunciaba Benda, el clérigo traiciona a su regla, a esa corporación del saber ante la cual contrajo sus votos. Ello no quiere decir que Benda fuese contrario al compromiso político de los intelectuales, pues pocos se comprometieron tanto como él. Se oponía a subordinar las verdades universales al imperio de la clase, de la raza, de la nación o del partido».
Lo dramático reside en que Benda sometió esos principios a los graves y repetidos giros políticos que le impuso la vida. Sus advertencias siguen siendo valiosas, sobre todo si las contrastamos con la vida del autor. Que Domínguez Michael las acoja son una muestra dialéctica de su fe en el pensamiento, de encontrar en éste un valor que su emisor mismo traicionaba.
«Algunas hsiao-shuo (novelas) aún existentes se han atribuido a escritores de la dinastía Han, pero ninguna de ellas es genuina. Desde la dinastía Tsin, pasando por la Sung hasta la Ming, los letrados y los alquimistas inventaron obras “antiguas”. Los letrados hicieron esto para su propio deleite, para mostrar su talento o afirmar que habían adquirido algún manuscrito raro; los alquimistas lo hicieron para divulgar la superstición, utilizando estos “antiguos” textos para impresionar a los crédulos». Este párrafo pertenece al cuarto capítulo de la Breve historia de la novela china, cuyo prefacio escribe Lu Xun (o Lu Hsun) la noche del 7 de octubre de 1923. Tiene entonces cuarenta y dos años y está en la plenitud de su talento.
No puedo dejar de evocarlo mientras camino al atardecer por los hutones en busca de la Torre de la Campana; dentro de estas callejuelas humildes en la Beijing de hoy –donde las abigarradas familias no conocen el watercloset y abundan los inmensos cagaderos públicos– presiento que el murmullo de las voces, unidas a las palabras de un loro, retienen el eco de las tradiciones que Lu Xun captó.
Pero tampoco él está ausente, para mí, en la Montaña del Carbón, que me permite admirar los edulcorados palacios de la Ciudad Prohibida.
Nacido en provincia, Lu Xun (1881-1936) ha estudiado medicina en Japón y traduce del ruso y de las lenguas occidentales. Posee la finura y la pasión del investigador y así rescata tradiciones literarias perdidas y será a la vez poeta y un narrador de señales muy particulares dentro de las infinitas escuelas chinas.
«La vida de Lu Hsun –nos dice Domínguez Michael– tiene como telón de fondo la disolución republicana del imperio chino y como drama central otra disolución, la de la familia del escritor».
Aunque su relación con los comunistas fue conflictiva, se convirtió al marxismo y el ascenso de Mao lo reducirá a paradigma de la revolución cultural. «Los escritores chinos que hoy tienen cincuenta años y a quienes tocó la exaltación de Lu Hsun como profeta de la revolución cultural tienen buenas razones para detestarlo, aun sabiéndolo inocente de los crímenes que se cometieron en su nombre».
«¿Qué son las opiniones públicas? Es la pereza individual»: una frase como esta debió sonar fascinante y atrabiliaria a aquel hombre firme y discreto, «el danés errante». La acababa de leer en un autor desconocido –Nietszche– y sobre él escribirá el primer estudio acerca del filósofo. Se trata, como dice Domínguez Michael, de Georg Brandes. Este ensayo no ha sido recogido en libro, pero así será. Y puede leerse en la Revista de la Universidad de México.
Como cada vez que un crítico despierta la voracidad de Christopher, éste no sólo realiza una amplísima búsqueda sobre su bibliografía, su vida y su tiempo, sino que coloca las búsquedas expresivas y los hallazgos del crítico y su repercusión en los días de ese autor e, indirectamente, su eco en los nuestros.
Brandes (1842-1927), «el crítico literario más famoso del mundo», ha sido olvidado: pero sólo en cierto modo, porque haber revelado a Nietszche como él lo hizo es una manera sutil de prolongarse y de cumplir «la promesa» de la sabiduría; también por haber llevado a la multitud la obra de Kierkegaard y por establecer el rango intelectual de Madame de Stäel.
«Casi sin excepción todos los críticos, sobre todo los que hacemos historia literaria y nos vemos forzados a pensar la literatura en el afluente de la vida social, provenimos, dígase lo que se diga y desde hace siglo y medio, de él». Con esta consideración, Domínguez Michael también admite que, para Brandes, el artista no está subordinado al medio o a la raza, porque sobre todo esto predomina la capacidad creadora.
Y aun en palabras de nuestro autor: «Lo anticuado es lo que suponemos listo para el olvido, mientras que de lo antiguo esperamos la emanación de la sabiduría».
9
Paso finalmente a confesar algunas de las refracciones que han ido causándome las lecturas de los libros de Christopher. Una de ellas es el peligro, en mi caso, de que vuelva siempre a revisar sus párrafos, su exactitud para elegir citas enérgicas y su capacidad de convicción. Lo cual deriva de una prosa fluida y sorprendente, de la atracción que ejercen tanto su atención a lo cotidiano en el destino de un autor como las señales de abismo que extrae el crítico de tales insignificancias, y que desnudan la hondura del pensamiento estudiado. Dicho de otro modo: su trabajo despierta la tentación de que olvidemos el texto comentado y nos quedemos, en esta época de tiempo frágil, con la elocuente visión del crítico.
Otro aspecto sería el deseo de comparar cómo un autor tan irreverente, tan refrescante y personal, me lleva de manera inexorable a vislumbrar ecos, que probablemente él no presentía, en páginas escondidas por los siglos. Así, por ejemplo, en el Longino se considera que sólo merece ser atendido intelectualmente «aquello que proporciona material para nuevas reflexiones y hace difícil, más aún, imposible, toda oposición y su recuerdo es duradero e indeleble». Ya que al comunicarse con la obra «nuestra alma» se adueña de ella «como si fuera ella la autora de lo que ha escuchado». Situación que no es ajena a faltas que crecen en la literatura, como, según Longino, «la búsqueda de nuevos pensamientos, que es por eso por lo que nuestra generación está más loca». Faz y envés de la pasión crítica.
A su vez, en su estudio del estilo, Demetrio reconoce: «En las burlas hay una cierta comparación, pues la antítesis es ingeniosa». No es infrecuente que Domínguez Michael aplique a lo que rechaza un procedimiento similar.
No dudo, en cambio, acerca de cómo un amplio y denso territorio mental fue concentrado en el ejercicio crítico, dentro nuestro idioma, para originar no sólo la obra de Domínguez Michael sino la de otros autores importantes hoy. Y entre ellos, aparte de los que ya han sido nombrados, debemos aludir, tanto en América como en España, a Borges, Alonso Zamora Vicente, Picón Salas, Dámaso Alonso, Blanco Fombona, Juan Ramón Jiménez, Salinas, Lezama Lima, Cernuda, Uslar Pietri, Juan Liscano, Rodríguez Monegal, Juan Nuño, Donoso, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Severo Sarduy, Claudio Guillén, Antonio Rodríguez Almodóvar, Darío Ruiz Gómez, Carmen Ruiz Barrionuevo, Julio Ortega, Andrés Soria Olmedo, José Carlos Mainer, Oscar Rodríguez Ortiz.
El sueño de Domínguez Camargo se ha cumplido, pero también ha sido superado. Poetas y narradores cumplen con la sobreescritura que él se proponía. Así podemos entrar a las obras y observarlas, padecerlas o gozarlas. Los textos pueden atraernos hoy por su desafío estético (o por su negación), por su llamado a la distracción, a la diversión; porque resultan una imposición de la popularidad o de la moda, la publicidad y el comercio, porque celebran o condenan una situación política; en fin, porque abordan un panorama ético.
También la crítica surge y se desvanece para otorgarnos su aliento. Cuando exagera su intención interpretativa o clasificatoria bien puede ser considerada como metaliteratura.
Pero con Christopher Domínguez Michael estamos ante un fenómeno diferente. No sólo cumple, como hemos visto, con activar los mecanismos tradicionales de la crítica al seguir obras y autores. En este sentido, su labor guarda vínculos con los más jóvenes expositores de lo analítico en nuestro idioma: con Miguel Gomes, Carlos Sandoval, Rafael Lemus, Juan Villoro, Carmen Boullosa, Víctor Bravo, Moreno Durán, Adolfo Castañón, Francisco Javier Pérez, María Fernanda Palacios, Gustavo Guerrero.
Entre ellos, también Wilfrido H. Corral, quien, desde sus cátedras y libros, combate dentro de la cultura norteamericana la consideración de la literatura (de nuestras literaturas) como laxos y torpes «estudios culturales». Se pregunta en El error del acierto: «¿Se puede estudiar cualquier cultura sin estudiar su literatura?». Como ocurre allá.
Y aun entre ellos, Josu Landa, cuyo exhaustivo y detonante Canon city, al revisar la propuesta de Harold Bloom, recorre la tradición crítica occidental y propone un giro admirable a la concepción del lector o del anti-canon.
El reto de Christopher implica esto, va más allá y es único: se ha centrado de manera singular –y creo que lo hará con mayor amplitud y penetración– en aplicar la crítica a la Crítica. Ha elaborado una nueva potencia (que asomaba, sin embargo, cuando Boileau traducía y elogiaba a Longino en 1674) para el pensar crítico. Y con ella unifica lo primigenio de las obras, su tácita o explícita reflexión interna, el estudio acerca de éstas en un contexto social e histórico, para envolver, con la rara malla de su propia escritura, esa corriente que parece una diáspora y que él intenta cabalgar o corporizar como un mundo o un espejo. Se trata de una nueva forma no prevista en la milenaria retórica (ni tampoco en las concepciones actuales). Algo que muerde la filosofía, pero descree de ella, que practica la reescritura salvaje o la científica. Y para la cual no tengo un nombre.
Sólo me atrevo a elevar mi voto porque esta aventura de Christopher nos depare nuevas páginas para vivir y porque acuda él a hojear los párrafos dispersos de los críticos (de ayer u hoy) nacidos en nuestra lengua.
NOTAS
[1] «Lucifer en romance de romance en tinieblas, paje de hacha de una noche culta, y se hace Prólogo luciente, o Proemio rutilante, o babadero corusco, o delantal luminoso, este primer razonamiento al lector», en Invectiva apologética (Obras, p. 417, Hernando Domínguez Camargo, Biblioteca Ayacucho, 121, Caracas, 1986).
[2] Entrevista con Francisco León para la revista Tierra adentro.
[3] Paul Valéry mezcla el golpe teatral y la intervención del azar tanto en la vida afectiva como en el mundo del pensamiento, «en el que se entreve el pensamiento del pensamiento» (Política del Espíritu, Losada, Buenos Aires, 1961).
[4] «Nuestra literatura reescrita», Letras Libres, enero 2008, México.
BIBLIOGRAFÍA
· Brandes, Georg. Nietszche. Un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, Sexto Piso, Madrid, 2008.
· Corral, Wilfrido H. El error del acierto. Paradiso Editores, Quito, 2006.
· Demetrio. Sobre el estilo, Gredos, Madrid, 1979.
· Domínguez Michael, Christopher. Antología de la narrativa mexica del siglo xx. FCE, México, 1989.
–. Para a entender a Borges, Nostra, México-España, 2010.
–. «Brandes, el danés errante», en Revista de la Universidad de México, Nº 72, México, 2010.
–. El xix en el xxi, Sexto Piso-Universidad del claustro de Sor Juana, México, 2010.
–. La sabiduría sin promesa, Joaquín Mortíz, México, 2001.
–. La sabiduría sin promesa, Ediciones Universidad Diego Portales, Chile, 2009.
–. La utopía de la hospitalidad, Vuelta, México, 1993.
–. Servidumbre y grandeza de la vida literaria, Joaquín Mortíz, México, 1998.
–. Tiros en el concierto, Era, México, 1997.
–. Vida de fray Servando, Era, México, 2004.
· Gracián, Baltasar. El discreto, Espasa-Calpe (colección Austral,), Madrid, 1969.
· Hermógenes. Sobre las formas de estilo, Gredos, Madrid, 1993.
· Landa, Josu. Canon city, bid & co editor, Caracas, 2010.
· Longino. Sobre lo sublime, Gredos, Madrid, 1979.
· Lu, Xun. Breve historia de la novela china, Monte Ávila Editores, Caracas, 2003
· Platón. Diálogos, IV: República, Gredos, Madrid, 2006.