
Belén Gopegui
Te siguen
Random House
299 páginas
«El siglo iba demasiado rápido», escribe Belén Gopegui en las primeras páginas de Te siguen, sello dickensiano, era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. El siglo va, efectivamente, demasiado rápido cuando solo hace ocho años que la autora hablaba de libertad, de mérito y de Google en ‘Quédate este día y esta noche conmigo’, cuatro desde que escribió sobre precariedad y desapariciones en ‘Existiríamos el mar’. El siglo va demasiado rápido pero Gopegui le sigue, tenaz, cronista de la extrañeza y los sinsentidos de nuestro tiempo, crítica y curiosa, militante y compasiva. Te siguen es fruto de ese mirar el mundo en tiempo real, de esas preguntas de respuesta incómoda, de una voluntad de construir espacios compartidos. Espacios, también, literarios.
«Todo el mundo esperaba que pasara algo, todo el mundo pensaba que ya había pasado. Los más optimistas decían que era un momento de cambio y atisbaban formas nuevas del porvenir. Los más pesimistas decían que era un momento de cambio y atisbaban formas nuevas del porvenir. Los más insignificantes caminaban a tientas entre la vigilancia y la luz». Entre la vigilancia y la luz se mueven los personajes de esta novela coral sobre seguimientos y espionajes. Minerva y León son dos espías de la vieja escuela, agentes que graban, que se ocultan, que fingen, en un mundo de algoritmos. Trabajan para dos enormes corporaciones de vigilancia tecnológica, que a su vez trabajan para una inteligencia -¿artificial?- superior, con ojos en todas partes.
Minerva y León son dos peones en un tablero que les queda demasiado grande, son el equivalente humano de los drones Cucú, Obsolescencia y Flor Azul de ‘Persianas metálicas bajan de golpe’ de Marta Sanz. Hacen lo que pueden en un mundo en el que los villanos son un punto demasiado explícitos sobre sus malas intenciones («anexionarnos aquellos territorios de la mente, ¿el espíritu?, la vida íntima y social, que todavía no nos pertenecen», «no queremos conocer cuánto, ni siquiera cómo, sino qué: qué es lo que vas a negarte a realizar», «buscamos valores simples: apagado, encendido, verdadero, falso»). Por eso, Minerva y León, que sí son indudablemente humanos, deciden centrar su estudio en Casilda y Jonás. Que se conocen, que se preguntan, que se quieren. En Casilda y Jonás y en lo que los hace formar parte de una peligrosa resistencia organizada: el arrepentimiento. «Una inteligencia de la tristeza» que las máquinas no han podido replicar.
Misión, visión, valores
«Importo a la literatura algo duro, pesado, incluso violento», escribe sobre su escritura «como un cuchillo» Annie Ernaux. Palabra afilada nacida de un «dolor sin nombre, mezcla de culpabilidad, de incomprensión y de revuelta». Como la de Ernaux, la de Gopegui es una escritura de la distancia o del distanciamiento, no tan gélida, quizá, pero sí implacable con las «fugas de significado».
El lenguaje crea significados y crea también vacíos de sentido. «Misión, visión, valores». «Liderar la carrera hacia un ecosistema tecnológico, sano, interdependiente y humanista». «Tener los mejores incentivos para el progreso de la ciencia en el mundo». Reconoce Minerva: «Las palabras vacías dichas u oídas con hipocresía e impasibilidad producen una separación entre el lenguaje y la experiencia sensible. Y esto es grave». Las palabras vacías, pues, son más propias de las inteligencias artificiales, pura combinatoria, al otro lado del muro del significado.
Todo mancha, todo emite calor
Te siguen es, por supuesto, una novela profundamente política. Lo es porque trata de responder a preguntas sobre el presente y porque pone en cuestión las palabras vacías que nos decimos. Por ejemplo, «voluntad». Por ejemplo, «poder». Por ejemplo, «acción». Es una novela política, también por su defensa de un mundo sensorial, donde «todo mancha, todo emite calor, todo deja huella». Sobre todo, el arrepentimiento, que interpela, que llama a la acción, pero también el amor que, en un mundo hiperacelerado, se presenta como una forma de «escabullirse del tiempo».
En esta ¿distopía? los personajes se construyen y crecen por medio de la tensión entre comunicación e incomunicación. Los actos subversivos son escribir mensajes sobre esperanza en papelitos y repartirlos, o hacer una pregunta incómoda durante el turno de preguntas, o hablar, solo hablar, con los asistentes a un evento. Asedio interior, no acto terrorista. La rebelión organizada no pone bombas, ni secuestra, ni quema contenedores. La ferocidad en trozos diminutos. «En la segunda falange del dedo índice de la mano derecha, en el lóbulo de la oreja izquierda, en medio centímetro de barbilla y en un ramo de recuerdos imaginados que mi cerebro guarda, soy feroz», se dice Casilda. Y con esa ferocidad, continúa el asedio interior hasta que la vida quede fuera del tiempo.