Arturo Gutiérrez Plaza
El cangrejo ermitaño
Visor, Madrid, 2020
172 páginas, 12.00 €
POR GUSTAVO VALLE

 

En un ensayo publicado por Guillermo Sucre («Recuerdos personales», Letras Libres, 31/10/2009), el autor de La máscara, la transparencia rememora la obra y la amistad que sostuvo con Alejandro Rossi y Eugenio Montejo. Ofrece una semblanza de ambos escritores desde el afecto y la admiración, pondera sus obras y finalmente los hermana: «Alejandro Rossi y Eugenio Montejo estuvieron unidos por un afecto profundo, así como por una estética de la claridad».

Recurro a este ensayo de Sucre como primer paso para hablar de la obra de Arturo Gutiérrez Plaza, y en especial de su libro El cangrejo ermitaño (Visor/Fundación para la Cultura Urbana, 2020), pues pienso que su poesía es deudora de esa suerte de tradición que podemos rastrear en Rossi y en Montejo: la claridad. Pero, ¿a qué nos referimos con esto? ¿A una forma de expresión diáfana, limpia en sus recursos expresivos? ¿Una escritura mesurada, equilibrada, precisa? «Poesía de la claridad» fue el nombre que algunos poetas chilenos de principios del siglo xx (Nicanor Parra incluido) ofrecieron como respuesta a las pirotecnias de la Vanguardia. Una poesía «diurna» —la llamó Parra— en conflicto con la opacidad y las sombras de la tradición hermética, heredera del surrealismo. Suele asociarse la claridad con lo fácil o indulgente, o con un arte de carácter accesible. No es el caso de Gutiérrez Plaza. La claridad es abundancia de luz, aunque la luz de El cangrejo ermitaño sea definitivamente mate. Prefiero pensar la claridad de este libro como un claro, ese espacio abierto dentro del bosque, un lugar despejado, permanentemente acechado por el caos. Y más que de una estética habría que hablar de una tentativa de claridad, el afán de construir un ámbito de lucidez en medio de la espesura.

En el 2006, Gutiérrez Plaza publica Pasado en limpio, donde selecciona poemas de sus tres primeras entregas: Al margen de las hojas (1991), Principios de Contabilidad (2000) y Un sobre sin abrir (2006). Ya el título juega con el nombre del poema de Octavio Paz, Pasado en claro (de nuevo la claridad) donde el poeta mexicano hace memoria y cuenta de la experiencia a través del lenguaje, una reflexión sobre el tiempo y la exploración de la palabra como herramienta de recreación del pasado. En El cangrejo ermitaño, Gutiérrez Plaza realiza un trabajo parecido: hace memoria y recuperación de sus propios poemas, pero esta vez no los agrupa según los libros a los que pertenecen, sino que los compila bajo un criterio más exige y complejo: el tema. O más bien: la sustancia que los identifica.

Este trabajo de auto-editor obliga a abstraer la obra del propio espacio del que surgió, para reintegrarla a un todo que supera cualquier cronología o agrupación previsible, y así optar por una estructura de ocho secciones, solamente identificadas por un número romano. Un arduo trabajo —que lo destaca muy bien Rafael Courtoisie en el prólogo del libro, «en la línea de Oscuro de Gonzalo Rojas, las sucesivas versiones de Noticias del extranjero de Pedro Lastra o Papiros amorosos de Eugenio Montejo», según Miguel Gomes—, que resignifica la obra entera y la contiene en un nuevo horizonte de referencias para otorgarle una inesperada cualidad de lectura. Si bien este libro lleva por subtítulo «Antología poética», podemos sumergirnos en sus páginas como si se trataran de poemas no inéditos, pero sí actualizados.

A riesgo de ser reduccionistas, los temas que aborda El cangrejo ermitaño podríamos agruparlos en un primer conjunto que incluye poemas sociales y políticos del país y su violencia: «Una comarca poblada de fértiles maderas, / aptas para el refugio de hombres, / isópteros y orugas. / Y también para el fuego».

El culto a la personalidad, el patetismo hiperrealista de un país socavado, los poetas de la revolución, o menciones a antiguos amigos, ahora oficialistas: «Ya nos veremos de nuevo / en esos lugares donde alguna vez / creímos infranqueable la amistad». Son poemas no combativos sino indignados, que dejan ver el ruido y la furia de un lugar destruido, la impotencia ante los destrozos, y que sorprenden por su rigor áspero y, en algunos casos, por su talante expresionista que no evade la crónica cotidiana de la barbarie. «Dos patrias tengo yo» —dice el poeta recordando a Martí—, una en la que se vive «entre la carcoma y las arengas» y otra donde «hay sólo susurros / falsos temblores». ¿Dos patrias?, «¿o son una las dos?» Venezuela, viuda, pasa…

Le siguen textos cuyos ejes están en la descolocación del lugar de origen, la extranjerización de la propia tierra, ahora en ruinas, que vio nacer al poeta. La secuencia está bien hilvanada, pues a la «patria viuda» le sigue el exilio: «Y aunque me vaya, aunque me escape lejos / este encierro siempre será mío». El viaje, lo sabe bien el poeta, «[…] es también, secretamente, un pacto con el olvido». Y atrás quedan los despojos, los restos que sólo la memoria puede recomponer, quizás de la mano de un epígrafe de La pell de brau, de Salvador Espriu, ese formidable libro escrito en pleno franquismo, símbolo de la lucha contra la dictadura. Estas dos primeras secciones del libro hacen del conjunto una propuesta profundamente actual, con una clara intención política y una afilada mirada crítica.

Prácticamente no hay un poema o sección del libro que no esté acompañado de una dedicatoria a un poeta, o se entremezclen sugerencias intertextuales. Son numerosos los epígrafes que acompañan la lectura. Nunca como adorno o agradecimientos, sino como parte de la propuesta poética. Paratextos que producen una sensación polifónica y que alejan al libro de todo solipsismo o intento ermitaño. Acá no hay ni un asceta ni un eremita; es un poeta en diálogo con la tradición y también con sus contemporáneos.

A Gutiérrez Plaza no lo seducen ni las abstracciones ni las metafísicas; sus preocupaciones son muy concretas y visibles, de gran sensorialidad. Poemas que se construyen no pocas veces con personas, seres humanos —y acá otro eje temático del libro— en su condición de marginados y excluidos. Pero no desde el empaque de una poesía «comprometida», sino a través de una afinidad, una empatía, una identificación con proscritos y humildes, con seres ignorados y anónimos: «Ésos, éstos, aquéllos, todos ellos también soy yo». El mutilado en el metro o la niña a la que le cae una rama congelada son extraídos del anonimato e integrados al libro. Una identificación que proviene de la conciencia de ser (el poeta) también humillado y marginado por una sociedad hostil.

El amor es la energía que surge como condición para generar este hecho empático. Y despliega su expresión en el ámbito de la pareja, que surge como recuerdo, pero quizás también como invención y espacio lúdico: «El arte de este juego nace de mezclar en una misma caja dos distintos rompecabezas». El lugar escogido para hablar de esto no es, por supuesto, la exaltación romántica. Fiel a su estilo, Gutiérrez Plaza elige un tono algo escéptico (el rigor es su marca y obsesión) en el que la melancolía se hace hueso (o cartílago): «Sobrevino, en su momento, el roce imprevisto, el agotado cansancio y la soledad», pero también el humor que se manifiesta en una carta que comienza así: «Mi muy estimada, querida, detestada…». Un cangrejo ermitaño es un crustáceo que utiliza conchas de caracol como vivienda nómade. Un animalito que busca blindarse para poder sobrevivir en la intemperie. La metáfora es potente. Remite al hogar, al exilio, a la fragilidad y a la cópula.

«El poema se va haciendo a la par de su poética», dice Luis Miguel Isava en un texto sobre Amante, de Rafael Cadenas («Amante: Summa poética de Rafadel Cadenas», Revista Iberoamericana, 1994). Estas palabras de Isava nos ayudan a entender cómo la figura del objeto amado es también la corporeidad del poema, esa utopía de exactitud (y claridad) que se persigue a sabiendas de que no siempre se alcanza. El poeta entonces se resigna: «Uno, en verdad, hace lo que puede», que recuerda a aquel verso de Sánchez Peláez: «En la mayoría de los casos, uno no sabe nada».

«Es cierto, hoy no sabes nada / con exactitud, / salvo que de uno a otro / amanecer suceden cosas».

El tiempo transcurriendo: los hijos, con su carga de vida nueva y futuro, y los padres con su travesía hacia la muerte. El tiempo operando indefectiblemente: «ya pronto nos iremos sin decir adiós». Elegías como escenas soñadas para honrar la memoria amorosa familiar o también la de grandes poetas amigos: Eugenio Montejo, Juan Sánchez Peláez. Al primero le dedica uno de los poemas más singulares del conjunto, «Trastiempo», en el que se altera el orden de lo sucesivo y la realidad se conjuga transversalmente: «Hacia atrás avanzaré / persiguiendo una sombra, / tal vez la que seré, la que fue mía».

Las palabras permiten imaginar ese trastiempo. Palabras: instrumentos vacilantes del significado. Siempre inestables y provisorias, vehículos de la incertidumbre a punto de precipitarse. Nada menos afín a esta poesía que las grandes metáforas. Sus herramientas son sobrias, discretas, engañosamente ponderadas. De ahí que Gutiérrez Plaza haya elegido también para sus títulos frases propias de una notaría o una institución sanitaria: Principios de contabilidad, Cuidados intensivos, Carta de renuncia. Palabras del trajín cotidiano, de los mundanales trámites. Su poesía abreva en el objetivismo y hace de lo cotidiano una misteriosa fenomenología. Como esos poemas de Francis Ponge en De parte de las cosas, donde la descripción de un simple objeto se convierte en toda una experiencia subjetiva.

«Montaigne —amante también de la claridad, comenta Guillermo Sucre en otro texto («Prólogo a la presente edición», La máscara, la transparencia, El Estilete, 2016)— decía que a veces la manera de llegar a la claridad era aceptar la complejidad de la experiencia y su misterio». La poesía de Arturo Gutiérrez Plaza persigue una claridad que tiene que ver con la nitidez, la expresión llana y al mismo tiempo flexible (no el hueso de la palabra, su cartílago), jamás cándida ni ingenua, más bien perturbadora (e imperturbable, como dijo Fabio Morábito), en la que acepta esa complejidad de la experiencia, pero sin pretender doblegarla ni apoderarse de ella. La claridad es su atributo por abrir en medio del caos (el bosque, la anarquía, nuestra tragedia totalitaria) un espacio de penetración y discernimiento. El poeta como un cangrejo ermitaño que busca el refugio de la claridad, para proteger dentro de su luminoso cascarón el frágil cuerpo de la conciencia. Yo invito a leer este libro como lo hiciera Alejandro Rossi en el prólogo de su Manual del distraído: «Sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle».