
Daniela Tarazona
El corazón habitante
Almadía
128 páginas
La última novela de Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975), El corazón habitante (Almadía, 2025), es un tangram, el ancestral juego chino que consiste en formar figuras con sus siete piezas. En apariencia es un tríptico, puesto que la obra se vertebra en tres personajes y tres épocas en principio distanciadas que se van alternando rítmicamente en la narración, pero la novela, que como toda pieza literaria es la emergente punta del iceberg de la gran masa que es la Literatura y el Mundo, se relaciona con otras dos obras que son a su vez dípticos. Vayan siguiendo los contornos.
La primera novela con la que se emparenta es La parte blanda de la montaña (Seix Barral, 2022), de Álex Prada. En este díptico se narran alternativamente las peripecias de dos personajes separados por ocho milenios: una mujer cazadora en la Prehistoria y un hombre de Mongolia en el siglo XXI. A pesar del abismo temporal que los separa, Dira y Khünbish están unidos por una figura difícilmente aprehensible, incluso para la geometría básica del tangram: la del mamut. La cazadora sale de su poblado para ir en busca de la que ha oído que es la última inmensa criatura existente, y Khünbish se lanza a la exploración de los valiosos colmillos de mamut bajo el permafrost siberiano.
El corazón habitante suma una pieza más, pero también traza paralelismos entre personajes de distintas épocas, en este caso con una mujer de la Prehistoria, un médico del siglo XVII y un astronauta. A pesar de la utilización de un mecanismo similar observo dos diferencias fundamentales entre ambas obras. Por un lado, en La parte blanda de la montaña hay un lirismo un poco tramposo por la focalización en los personajes, lo que lleva a la inverosimilitud de la mirada y la expresión, que son las nuestras, no las de estos. En El corazón habitante, en cambio, hay un lirismo más simbólico y conceptual, pero de prosa contenida, distanciada, con oraciones breves que van tanteando y sugiriendo la especial forma de entender su mundo de los tres protagonistas. La segunda gran diferencia es el núcleo central que une a personajes tan opuestos a primera vista: si en la obra de Prada era el mamut, un elemento externo de una magnitud desbordante, en la de Tarazona es el corazón, como eje interno que atraviesa los tres personajes, pero también que los conecta con el resto de animales y explica la estructura de la obra, como veremos.
Es el corazón, precisamente, lo que nos desliza hacia el segundo díptico: la anterior novela de Daniela Tarazona, Isla partida (Almadía, 2021) tiene el cerebro como centro desde la misma imagen de cubierta, y la isla partida de la autora (refiriéndose a sus dos hemisferios) es el motor de una obra de origen autobiográfico donde la protagonista se desdobla en dos por un problema neurológico. Si la antítesis cerebro/corazón no era suficiente, la isla, además, remite en el imaginario colectivo al individualismo y la soledad, que colisionan con la idea de vínculo entre humanos y nexo con los animales que sugiere el corazón en su última novela. Las dos obras, sin embargo, parecen haberse escrito a la vez y desde obsesiones similares, no en vano en Isla partida la protagonista cree vislumbrar unas pinturas prehistóricas en la pared de su casa, un bisonte y una mano que coincide perfectamente con la suya. Afirma la novela, además, que «el miedo es prehistórico», y es precisamente el asombro y el temor ante el propio descubrimiento, que crece en gradación del miedo al terror, lo que comparten los personajes de El corazón habitante. En esta última, por su parte, el médico del siglo XVII, William Harvey, compara una nuez con el cerebro, y la mujer prehistórica se fascina con una nuez; luego la abre y se la come.
El corazón nuclear de El corazón habitante se desprende de su cualidad simbólica habitual (el amor, la emocionalidad, lo pasional) y cede espacio al órgano resonante, al corazón físico y la visceralidad más literal. En los fragmentos de la Prehistoria la mujer se dispone a sacar el corazón del ciervo que su compañero acaba de cazar porque es lo primero que preferían comer; en los apartados de William Harvey el médico investiga el interior de los cuerpos animales y humanos con vivisecciones y autopsias. El corazón como centro de las vísceras le lleva a pensar en figuras circulares, e imagina el encadenamiento perpetuo del círculo, que le hace sentir alivio y temor. El médico inglés fue el descubridor de la circulación sanguínea en el cuerpo, impulsada por el bombeo del corazón. Es esta circularidad, la misma de la sangre, la que estructura toda la obra: la perfecta alternancia rítmica entre los tres bloques, que se mantiene en orden en casi toda la obra, expone el tríptico esdrújulo, y por lo tanto trisílabo -prehistórico, médico, cósmico- en un relato de ida y vuelta que remite al eterno retorno, y en él, a la unidad entre las partes, que se irá revelando poco a poco. Esta circularidad estructural, que es la de la circulación sanguínea, es explícita también en la Prehistoria mediante las esferas dibujadas por la mujer en la caverna, así como en las partes del espacio. Las gráficas de desplazamiento tienen las mismas claves que la rotación de la Tierra, y el astronauta, como encarnación del mayor extrañamiento posible, se dice (en la segunda persona que lo caracteriza frente a la tercera con la que se narra a los otros personajes): «Te referías a los hechos circulares e incesantes. Las gráficas mostraban la dirección universal». Le inquieta, además, el comportamiento de los circuitos, y cómo las pulsaciones de su corazón se acompasarán a ellos o al tintineo de las luces. Al regresar a la Tierra sufre el desequilibrio de su corazón. El médico camina en círculos cuando no puede dormir, es el portavoz de la ciencia y la razón, pero a su vez la fiebre le hace ver en su delirio cómo san Antonio de Padua le deja el corazón de un avaro, como en el relato que había leído, que pone en su pecho y luego saca y muerde.
Octavio Paz escribió en Corriente alterna, en los años 60, que «las obras del tiempo que nace no estarán regidas por la idea de sucesión lineal sino por la de combinación: conjunción, dispersión y reunión de lenguajes, espacios y tiempos. La fiesta y la contemplación. Arte de la conjugación». Creo que esta novela de su coterránea es un ejemplo perfecto de este arte: su escritura es discontinua y está hecha de fragmentos interrelacionados de tres personajes entretejidos en distintas épocas, que progresivamente vamos conjugando como si la narración estuviera contenida en un agujero de gusano. Octavio Paz terminaba la advertencia inicial de Corriente alterna diciendo que «el fragmento es una partícula que solo se define frente a otras partículas: no es nada si no es una relación. Un libro, un texto, es un tejido de relaciones». La mujer prehistórica, el médico William Harvey y el astronauta abismado ante la Tierra están ensartados en un mismo corazón y sus líneas narrativas no son exactamente paralelas, sino que, variado su ángulo, sus espacios, tiempos y mentes acaban por converger.
Comenzamos viéndolo en algunos detalles: el astronauta escribe en su diario que el emblema de su misión se grabó miles de años atrás; el médico recuerda durante una vivisección la noche anterior viendo las estrellas e intuye hombres ahí arriba observando la Tierra como un balón de fútbol, con lo que prefigura las escenas del astronauta. Poco a poco la fusión se hace patente: el astronauta encuentra en su pecho, a la altura de su corazón, la figura de un cangrejo, y la mujer prehistórica dibuja uno de esos crustáceos sin haber visto nunca uno; cuando el astronauta vuelve a la tierra y se desmaya un médico con las cejas arqueadas (¿Harvey?) le pone la mano en el pecho mientras alguien dibuja la figura de un cangrejo sobre la arena; Harvey se dice a sí mismo «soy un animal prehistórico»; el astronauta en su casa observa un libro de hallazgos prehistóricos con imágenes de las esferas de la mujer; el cosmonauta tiene pensamientos de procedencia misteriosa que remiten a acontecimientos inexplicables que le ocurren al médico; se acortan los fragmentos de cada época y el orden establecido se interrumpe, mezclándose los personajes de distinta época en un mismo párrafo. La narración se funde a la vez que sus personajes.
El vínculo se establece, en un camino paralelo, entre sus cuerpos y los animales que los rodean: la mujer prehistórica ha pintado un caballo sobre la pared de la cueva y este cobra vida a sus ojos, luego mostrará los dientes igual que su pintura rupestre; su siguiente figura es mitad ciervo mitad mujer; «sus cuerpos son semejantes a los insectos que carcomen la carne del ciervo. Su hambre también se parece»; en la mesa de disección de Harvey hay un perro que «aúlla en alguna parte del relato. No se ve ahora porque murió fuera de escena. Se saca los ojos, es mitad hombre mitad animal»; el astronauta ve la Tierra desde los ojos del venado que encontró. Fusión entre humanos y animales, fisión nuclear del corazón palpitante que libera energía hacia la Historia, porque como escribe Tarazona y se ve en la imagen de su preciosa cubierta: «el corazón es un animal que se creó hace miles de años dentro del cuerpo de otro animal más antiguo».