DE FRANCIA A MÉXICO: LAS RAZONES DE UN ARQUETIPO
Tras una estancia más o menos duradera y azarosa en Francia, el destino preferente de estas mujeres fue México, y sólo en dos casos Argentina, la cual, pese a que contaba con mayor tradición inmigratoria, no llegó a constituirse en país de acogida para este exilio. En contraste con el goteo intermitente que terminó llevando a Argentina a algo más de dos millares de republicanos españoles,[6] la disposición del presidente Lázaro Cárdenas, servida con denuedo e ingenio por ciertos representantes diplomáticos, facilitó la protección, el traslado y la acogida en México de varios millares de refugiados españoles. Por parte de las autoridades republicanas inicialmente establecidas en París, la acción fue articulada —no sin conflictos internos— primero, desde finales de marzo de 1939, por el Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles (SERE), vinculado al Gobierno en el exilio presidido por Juan Negrín; y, a partir de finales de julio, sobre todo por la Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles (JARE), conectada con la Diputación permanente de las Cortes y luego largamente controlada por Indalecio Prieto desde México.
Algo tuvo que ver también en ese horizonte americano, y en particular mexicano, la acción exterior de los gobiernos españoles durante el quinquenio republicano en paz. A despecho del arraigado tópico según el cual la República, ensimismada en sus conflictos, se desentendió de la política internacional, existieron iniciativas que, en la senda del hispanoamericanismo de orientación liberal y democrática —que había encarnado, entre otros, Rafael Altamira— promovieron una relación constructiva, alejada de la retórica maternalista y católica, con las naciones del Nuevo Continente. El «Plan de expansión cultural en América» que, bajo el patrocinio de la Junta de Relaciones Culturales, elaboró el ministro de Estado Luis de Zulueta y concluyó su sucesor Fernando de los Ríos en julio de 1933, puede ser un ejemplo. También lo son los fructíferos viajes de escritores en ambos sentidos, como la permanencia de Federico García Lorca en Argentina y Uruguay desde octubre de 1933 a marzo de 1934, y las estancias en España de Alejo Carpentier, César Vallejo o Pablo Neruda.
Hubo, además, ciertas mejoras en las relaciones bilaterales, y es significativo que la representación diplomática de España en México fuera elevada al rango de embajada al poco de advenir la República, y que el primer embajador de ésta, Julio Álvarez del Vayo, mediara para que México se incorporara a la Sociedad de Naciones, lo que efectivamente ocurrió en diciembre de 1931. También fue convertida en embajada, en 1933, la legación española en Rio de Janeiro, con lo que, de las trece representaciones diplomáticas que tenían tal categoría en 1936, cinco (Argentina, Cuba y Chile, además de las dos citadas) estaban en Iberoamérica.
Pese a la importancia cuantitativa —y, si se quiere, cualitativa— del exilio republicano hacia el otro lado el Atlántico, no conviene olvidar que la mayor receptora de refugiados españoles fue Francia (incluida la Argelia colonial, con un Oranesado vinculado histórica y demográficamente a España, adonde se dirigió la última gran oleada desde los puertos levantinos en marzo de 1939); y que la gran mayoría de quienes cruzaron los Pirineos no emprendió, ni antes ni después de la Segunda Guerra Mundial, la ruta hacia América. El menor relieve sociocultural y político de este nutrido exilio queda quizá ilustrado por el hecho de que ninguna de las ocho diputadas terminara estableciéndose en el país vecino, pese a que todas ellas conocían la lengua francesa y seis vivieron algún tiempo en él tras salir de España. Su orientación mayoritaria hacia México puede ponerse también en relación con que, de los aproximadamente diecinueve mil españoles (no todos exiliados políticos) que llegaron allí entre 1939 y 1949, unos ocho mil eran mujeres: una proporción superior al cuarenta por ciento, poco común en los procesos migratorios.[7]
EXCEPCIÓN Y EXILIO ATÍPICO. BOHIGAS Y CAMPOAMOR
Veamos con algún detalle la andadura de cada una de ellas, siguiendo el orden cronológico de su llegada a América, no sin antes dedicar unas palabras a la única que hizo suya la causa de los sublevados: Francisca Bohigas Gavilanes, que había nacido en Barcelona en 1893. Inspectora de enseñanza con destino, desde 1928, en La Bañeza (León), fundadora y presidenta, en noviembre de 1931, de Acción Femenina Leonesa, obtuvo un acta en la candidatura de la CEDA-Agrarios por León en las elecciones de noviembre de 1933. Única parlamentaria derechista de las tres legislaturas republicanas, era también la única de las cinco diputadas del segundo bienio en sintonía con el Gobierno, y concentró su actividad parlamentaria en temas relacionados con la enseñanza y, señaladamente, en la reversión de la coeducación en las Escuelas Normales puesta en pie durante el bienio precedente. El triunfo —Guerra Civil mediante— de sus puntos de vista inició el apagamiento de su figura pública; y, sin que ello pueda asociarse a una especie de exilio interior, parece que su condición de exdiputada de la República, aunque fuera en las aguerridas filas del conservadurismo católico, significó para ella una rémora en el estrecho marco que a una mujer políticamente activa ofrecía el régimen de Franco. Autora, en los años cuarenta, de algunas publicaciones divulgativas en pro de la educación nacionalcatólica de las niñas, se jubiló como inspectora en Madrid, donde murió en diciembre de 1973, sin que conste que recuperara contacto con ninguna de sus compañeras de escaño, pese a haber compartido también con ellas, en su juventud, algunas experiencias en la Residencia de Señoritas y como becaria de la Junta para Ampliación de Estudios.[8]
Clara Campoamor Rodríguez, nacida en Madrid en 1888, fue una exiliada bastante atípica. Salió de territorio republicano al inicio de la guerra, no manifestó apoyo desde entonces al Gobierno de la República e intentó establecerse en España durante la dictadura. Sus escritos y actividades se mantuvieron al margen de la actividad política antifranquista y no parece que restableciera relaciones personales con ninguna de las otras diputadas.
Cierto autodidactismo que aparece en varias de aquellas parlamentarias fue en su caso más marcado ya que, desde los trece años, tuvo que ganarse la vida con diversos trabajos, incluidos los de mecanógrafa y telegrafista. A los treinta y seis años se licenció en Derecho y pronto cobró cierta fama en el ejercicio de la abogacía. Se vinculó en 1930 al republicanismo progresista a través de Acción Republicana que encabezaba Manuel Azaña, pero, en vísperas de las elecciones a Cortes constituyentes de junio de 1931, se pasó al más conservador Partido Radical cuando el líder de éste, Alejandro Lerroux, le ofreció un puesto en la candidatura por la provincia de Madrid. Ya diputada, formó parte de la Comisión Constitucional y, a contrapelo de las posiciones de sus nuevos correligionarios, se convirtió en adalid del reconocimiento sin demoras del derecho de las mujeres al sufragio activo. Aunque fue ella quien lo defendió con más empeño e inteligencia, el voto femenino salió adelante con el apoyo parlamentario de los socialistas, que constituían la minoría más numerosa y disciplinada en aquellas Cortes, así como de sectores de la derecha católica que pensaban sacar provecho de su presunta orientación conservadora.
De nuevo candidata en las legislativas de noviembre de 1933 por la provincia de Madrid, Campoamor fue la menos votada en la lista del Partido Radical, quedando fuera del Parlamento justo cuando habían votado las mujeres y cuando iba a gobernar, con sostén de la derecha, su triunfante partido. Aceptó en diciembre de 1933 ser directora general de Beneficencia, integrada en el Ministerio de Trabajo, pero abandonó ese cargo en octubre del año siguiente, cuando la cartera de Trabajo recayó en un ministro de la CEDA. Distanciada desde entonces del partido de Lerroux, intentó en vano incorporarse a Izquierda Republicana (formación en la que se había integrado la Acción Republicana que ella había abandonado cuatro años antes) y tampoco consiguió concurrir como dirigente de una Unión Republicana Femenina, por ella fundada en las candidaturas del Frente Popular para las elecciones de febrero de 1936.
Aunque Campoamor presentó —con bastante eco historiográfico— su marginación de la vida política como una venganza general por su defensa denodada del voto femenino,[9] tampoco son descartables explicaciones que atiendan al carácter veleidoso de su trayectoria política y al desencaje parlamentario entre sus posiciones sobre el voto y su militancia partidista. El caso es que, en mayo de 1936, manifestó su contento por la compatibilidad del voto femenino con la victoria de las izquierdas,[10] y se anunciaba un homenaje a su labor sufragista, tributado por mujeres relevantes en la vida política y cultural. Pero el estallido de la guerra produjo un nuevo viraje en su trayectoria. Abandonó España a comienzos de septiembre de 1936, embarcándose para Génova, rumbo a la ciudad suiza de Lausana, donde se estableció acogida por su amiga, la abogada Antoinette Quinche. Allí escribió un libro, que no fue publicado sino en versión francesa en 1937, La révolution espagnole vue par une républicaine, donde, aunque no manifestaba afinidad ideológica con los sublevados, cuestionaba severamente la legitimidad del Gobierno republicano, posición que, en una persona de su trayectoria, resultaba más bien provechosa para aquéllos.
Antes de que concluyera la guerra, marchó en 1938 a Argentina, donde publicó libros y artículos sobre temas de cultura española, así como traducciones del francés, actividades que probablemente le sirvieron como medio de vida.[11] No parece que tuviera contacto estrecho con los exiliados republicanos allí establecidos, ni siquiera aquéllos con quienes podía tener proximidad ideológica o profesional, como Alcalá-Zamora, Ossorio y Gallardo o Jiménez de Asúa. Hizo dos viajes a España, en 1947 y 1951, con algún propósito de establecerse en ella, pero se rindió a la evidencia de que su pasado republicano, feminista y masón no era de recibo bajo el régimen de los vencedores. En 1955, al tiempo que Perón perdía el poder, Campoamor regresó a Lausana. Había asistido en Argentina al establecimiento del sufragio femenino en 1947, y pudo asistir al mismo avance, harto tardío, en Suiza, en 1971. Al año siguiente falleció en Lausana, siendo trasladados sus restos al cementerio de Polloe en San Sebastián.