ANTES DE LA OCUPACIÓN: VENERANDA GARCÍA-BLANCO, MARGARITA NELKEN Y MATILDE DE LA TORRE
Tres de las seis diputadas o exdiputadas españolas que se encontraban refugiadas en Francia partieron rumbo a México antes de que, en junio de 1940, el admirado país vecino sucumbiera frente a la Alemania nazi. La primera fue Veneranda García-Blanco Manzano (citada a veces como Veneranda Manzano, o García-Manzano), nacida en 1893 en Beloncio, en el asturiano concejo de Piloña. Es la menos conocida de las diputadas exiliadas y quizá también la que mejor podría representar el arquetipo de la española refugiada en México, ocupada en actividades para allegar recursos a la familia, aunque a veces presente en las acciones políticas o propagandísticas.
No era su primera estancia en Hispanoamérica, ya que había vivido en Cuba entre 1918 y 1927. Ejerció en Asturias como maestra, presidió, tras proclamarse la República, la Agrupación Socialista de Llanes y fue una de las dos diputadas socialistas por Oviedo en el segundo bienio republicano. No tuvo actuaciones significativas en el Congreso, fue detenida en relación con la insurrección de octubre de 1934 y no volvió a ser candidata en febrero de 1936, aunque sí fue compromisaria por Oviedo para la elección presidencial de Azaña el 10 de mayo. Durante la guerra, asumió responsabilidades relacionadas con la inspección educativa y las colonias infantiles. Ante la caída de Asturias en manos de los sublevados, en septiembre de 1937 marchó con sus hijos a Francia, para incorporarse luego a la España republicana.
Al término de la guerra, pasó de nuevo a Francia y desde allí partió a Veracruz en el trasatlántico francés Flandre que, en la primavera de 1939, empezó a realizar traslados de refugiados españoles organizados por el Servicio de Emigración de los Republicanos Españoles (SERE). En México, Veneranda se ganó la vida regentando un pequeño comercio de ropa y se mantuvo en posiciones afines a Juan Negrín, en el llamado «Círculo Jaime Vera», fundado a finales de 1941. Como otras socialistas en el exilio mexicano, fue expulsada del PSOE por la dirección de éste en abril de 1946; y, a diferencia de las demás, se integró en el PCE al año siguiente, puede que a instancias de su paisano Wenceslao Roces. Miembro de la rama mexicana de la Unión de Mujeres Españolas, asociación progresivamente identificada con la política comunista, pasó a ser su vicepresidenta en septiembre de 1949.[12] En 1977 retornó definitivamente a España, donde, sin desarrollar militancia muy visible, participó en actividades culturales, y murió en Oviedo, a los noventa y ocho años, en 1992.
En contraste con Veneranda, la figura de Margarita Nelken Mansberger, que compartió con ella exilio, problemas oftálmicos y —aunque sin coincidir en el tiempo— militancia comunista, aparece muy presente en la vida cultural mexicana. Nacida en 1894 en Madrid, donde sus padres, alemán y francesa, ambos de origen judío, llevaban tiempo establecidos regentando una joyería, descolló pronto por sus traducciones, sus publicaciones de crítica de arte y un libro pionero sobre La condición social de la mujer en España (1919), si bien su acción política no se consolidó hasta que el Partido Socialista, deseoso de contar con una mujer entre sus diputados en las Cortes constituyentes, la presentó como candidata en una elección parcial que había de celebrarse en la circunscripción de Badajoz el 4 de octubre de 1931. Reelegida en 1933 y 1936, sus posiciones políticas vehementes y sus desenfadadas actitudes personales la convirtieron en objeto de fuertes críticas que, por parte de las derechas, alcanzarían extremos de brutalidad a partir de la guerra. Ella se sumó a la radicalización obrerista de un sector del socialismo y, perseguida por su participación en la revuelta de octubre de 1934, fue bien acogida durante más de un año en Moscú, acentuando allí su duradero entusiasmo por el régimen soviético. Desde julio de 1936 se enfrentó con brío a la sublevación y, en diciembre, abandonó su militancia socialista para ingresar en el Partido Comunista, donde, a despecho de su bagaje cultural y su valentía personal, su carisma quedó a mucha distancia del de la Pasionaria. Entre sus actividades de propaganda política y divulgación artística durante la guerra, figuró, en septiembre de 1938, un primer viaje de quince días a México.
Presente en la última reunión de las Cortes republicanas en Figueras, cruzó la frontera el 5 de febrero de 1939 y se reunió en Francia con su madre, Juana, su hija, Magda, y su nieta de tres años, Margarita, que constituirían el eje de su vida familiar a lo largo del exilio. Tras una etapa de asilo político en la Embajada mexicana en París, salieron para México a finales de 1939.[13] Allí la militancia comunista de Margarita se prolongó sólo hasta octubre de 1942, cuando fue abruptamente expulsada del PCE por su «trabajo de sabotaje y descrédito de la política de Unión Nacional»,[14] tras haber apoyado, para la sucesión del secretario general José Díaz, a Jesús Hernández frente a la Pasionaria. Nelken no dejó por ello de opinar, con una orientación prosoviética, sobre temas de política internacional, ni de participar en actividades solidarias con la lucha antifranquista, añadiendo a menudo a su firma la condición de «exdiputada de la República española». Honda huella le dejó el que su hijo, que había luchado muy joven en España y marchado luego a la Unión Soviética, muriera en combate en Ucrania, a comienzos de 1944.[15] En 1948, realizó un viaje a Francia, Bélgica e Italia, pero regresó definitivamente a México, donde siguió escribiendo con denuedo, en particular artículos sobre crítica de arte, publicados en varios países de Hispanoamérica. Entretanto, sufrió, en 1954, la muerte de su hija, y nunca se reconcilió con su propia hermana, Carmen, escritora y actriz conocida como Magda Donato, que desde finales de 1941 se hallaba también en el exilio mexicano, y con la que llevaba enfadada desde antes de la República.
Las contrariedades políticas, las desgracias familiares y el paso del tiempo acentuaron seguramente los aspectos más ásperos de la fuerte personalidad de Nelken, tan capaz de iniciativas como de intransigencias.[16] Por ejemplo, entre sus colaboraciones en la muy digna «revista literaria» Las Españas, se pueden encontrar desde un hosco artículo, enviado desde París y publicado en abril de 1948, en el que lamenta la condescendencia o insuficiente rigor que escritores como Jean Paulhan o Jean-Paul Sartre están manifestando hacia autores colaboracionistas, hasta un apreciable estudio, publicado en mayo de 1951, sobre la «Contribución de la pintura española a la pintura universal», que muestra, pese a su tono tajante y su erudición un tanto atropellada, la sensibilidad de Nelken para el arte y su lealtad a la cultura hispana.[17] En 1968, cuatro años después de la publicación de su último libro, El expresionismo en la plástica mexicana, murió en Ciudad de México, tras 73 años de intensa vida en la que arte y política caminaron juntos por senderos no siempre fáciles.
Más breve fue la vida en el exilio mexicano de Matilde de la Torre Gutiérrez, nacida en 1884 en la localidad cántabra de Cabezón de la Sal, en una familia vinculada a las actividades artísticas. Poseedora de una amplia formación, tuvo en 1913 un primer contacto con el continente americano, ya que viajó a la ciudad peruana de Arequipa para contraer, con un primo suyo, un matrimonio que resultó brevísimo. Dedicada a la escritura, a la enseñanza y a la divulgación del folclore a través del coro Voces cántabras, se incorporó al PSOE en el otoño de 1931, a instancias de Fernando de los Ríos, y fue elegida diputada por Asturias en 1933 y 1936. Aunque con menos estridencia que Nelken, intervino en las Cortes, socorrió con denuedo a las víctimas de la represión de octubre de 1934 y, ya iniciada la guerra, contribuyó a la resistencia asturiana contra los sublevados. Entre septiembre de 1936 y mayo de 1937 fue, en Madrid y Valencia, directora general de Comercio y Política arancelaria en el gobierno presidido por Largo Caballero. Aunque en febrero de 1938 marchó a Marsella junto a su hermano Carlos, nombrado allí director del Banco Exterior de España, regresó a Barcelona para cumplir sus funciones parlamentarias, apoyando la política de resistencia encabezada por Negrín.
Refugiada en Francia tras la guerra, colaboró entre julio de 1939 y enero de 1940 en Norte, revista iberoamericana editada en París por Julián Zugazagoitia; y publicó, a comienzos de 1940, el libro Mares en la sombra. Estampas de Asturias, sobre los avatares asturianos en octubre de 1934 y julio de 1936. Ya al filo de la caída de Francia, a mediados de junio de 1940, salió de Burdeos en el buque Cuba y, tras un azaroso viaje en el que hubo que cambiar de barco en las Antillas, llegó a tierra mexicana el 24 de julio, estableciéndose en Cuernavaca. Con la salud quebrantada, siguió escribiendo, aunque no consiguió publicar una de sus obras más interesantes: un relato, impregnado de viveza, ironía y lealtad republicana, de las tres reuniones de Cortes celebradas durante la guerra a las que ella asistió.[18] Matilde fue seguramente la diputada que más relaciones cultivó con las otras en el exilio: mantuvo contactos personales con Veneranda y epistolares con Nelken, y procuró apoyo económico a su buena amiga María Lejárraga, que había quedado en Francia. Comprometida con los asuntos públicos hasta el final y alentando la esperanza de regresar pronto a España, murió en Ciudad de México, a los sesenta y dos años, el 19 de marzo de 1946. Su último artículo, «La era atómica», fue publicado póstumamente; también fue póstuma la noticia de su expulsión del PSOE a causa de su resuelto alineamiento con Negrín.