
Silvana Vogt
El fino arte de crear monstruos
H & O
138 páginas
En tiempos de pesimismo político y espiritual es muy difícil entregarse a imaginar, es decir, entregarse a crear imágenes mentales que sacien –lejos de este fango– otras necesidades, otros apetitos. En épocas de inflación y ruido, ¿quién tiene la valentía de creer en la densidad del aire? Y sin embargo es ahí, en el aire de una época, donde se acumula y manifiesta todo lo que escapa a las impresiones ordinarias, y que reaparece luego cuando hacemos memoria, cuando escribimos. El fino arte de crear monstruos (H&O) de Silvana Vogt es un gran ejemplo. La novela narra una serie de episodios ocurridos a finales de los años setenta en Morteros (Argentina), pueblo natal de la autora. Escrita con sencillez y oxigenante ironía, pasa de inundaciones a incendios; de perros que trabajan como socorristas a escorpiones que sirven de mascotas; de paracaidistas que se estampan contra el suelo a niñas que vuelan en sus bicicletas; de ataúdes que flotan en las lluvias a moteros idealizados en sus Harley Davidson. Episodio tras episodio, en la lectura empieza a dar igual si esos hechos ocurrieron o no, porque lo que importa es que fueron percibidos por la imaginación de la autora para contar algunas verdades sobre Morteros y sus habitantes. De hecho, se podría decir que el pueblo es el protagonista de la historia. «Adicto a las catástrofes», funciona como escenario eterno y prisión que ofrece una particular forma de Apocalipsis: una granizada de quince minutos, un tornado y una vaca (porque no podía ser otro animal, tratándose de la pampa húmeda) que dan cuenta de la inexistencia de Dios. Sólo cuando el vendaval se ensaña con las ventanas y los cristales estallan sobre los niños, tenemos un nombre para la narradora de nueve años: Vidria.
Silvana Vogt nació en Morteros y desde 2001 vive en Sant Just Desvern (Catalunia), donde dirige la librería Cal Llibreter. Al leerla, se tiene la sensación de que la pasión literaria y la memoria crean un magma vivo y espeso, una imaginación intuitiva que acierta en narrar la infancia en Morteros como una sucesión de abismos y epifanías entre lo conocido y lo posible. «La vida era el borrador de la literatura», escribe, y tal vez por eso El fino arte de crear monstruos está repleta de reflexiones en torno a las palabras: «Escribir es un acto de fe que comienza con unos hechos y termina con una historia, y poco importa el talento del escribiente a la hora del éxito porque lo único realmente importante es la falta de imaginación de los lectores». Este tipo de frases sólo las puede decir –con sincera autoridad– una librera. Para eso, muchos años antes Vidria tuvo que descubrir la diferencia entre las palabras «habidas y por haber», entre el modo en que las maestras le enseñan a leer y la forma en que los muertos «descuentan» las historias (desde desenlace a la presentación), entre la falsedad y la mentira –esa «verdad a medida».
Las reseñas suelen dar coordenadas para que el lector ubique la obra en un hipotético mapa de nuestra lengua, y esta no será la excepción. El fino arte de crear monstruos es una novela de lectura ágil gracias al elenco de personajes de pueblo que, como sucede en las crónicas y cuentos de Hebe Uhart, hacen que la historia esté viva. También recuerda a la célebre novela de Layla Martínez, Carcoma, por el modo en que realidades de distinta naturaleza conviven con ferocidad y misterio en la vida interior de una niña. El trabajo con los espacios y rutinas de Morteros hace pensar en las novelas pampeanas de Hernán Ronsino. Aunque, después de todo, ¿quién puede creer hoy que nuestra lengua es un mapa?
Ya sabemos que no existe biografía sin ficción, ni viceversa. Lo que tal vez tenga sentido recordar es que sólo una imaginación libre es capaz de construir los puentes entre ambas. O, por decirlo con más sencillez en palabras de Vidria, «sin demasiada imaginación no hay quién sobreviva».