Alan Pauls
Alguien que canta
Random House
336 páginas
POR CARMEN M. CÁCERES

A veces sucede que el libro que acabamos de cerrar nos pesa en la cabeza como el ruido de la fiesta de la que acabamos de marcharnos. Las veces que sucede, las raras veces en que no podemos dejar rápidamente atrás lo leído, el peso que deja el libro tiene el efecto contrario al de la gravedad: en lugar de hacernos bajar la cabeza, la sube, la aliviana. Como si dijera: detente, todavía hay mucho que escuchar. Alguien que canta en la habitación de al lado (Mondadori), la última publicación de Alan Pauls, es una recopilación de artículos, reseñas y entrevistas que trazan un recorrido por más de veinte años de lecturas. «La escena crucial […] en la que la voz del otro hace existir para nosotros un texto y un mundo que de otro modo serían inconcebibles, marca a fuego y para siempre la pasión de leer […], la curiosidad incesante por todo aquello que no se ve, que no está, que brilla por su ausencia: empezando por un mundo digno de ser deseado». El libro está lleno de reflexiones de este tipo que funcionan como diques contra el torrente de lectura ingrávida: detente, escucha lo que has leído.

No sé si a Pauls le gusta pensar en lo que lee o si sencillamente no puede evitar hacerlo. Esta publicación sigue la estela de su célebre Factor Borges (Anagrama, 2000) y del pequeño Trance (Ampersand, 2018), pero a diferencia de los anteriores, Alguien que canta… parece tener la intención de dejar tallado en piedra su perfil como lector. Es decir, las lecturas por las que quiere ser recordado y su modo de vincularlas con el resto de construcciones del lenguaje, los vicios de su época, su país. Se nota en la selección de autores que decide incluir: Saer, Piglia, Guebel, Puig, Chitarroni, Aira, Libertella, Chejfec, Lamborghini, Fogwill, Borges, Copi, Walsh, Fresán, entre muchos otros; junto a algunas autoras: Moreno, Ludmer y Bléfari. Y aunque incluye ciertas pasiones no argentinas –Barthes, la primera y más importante, pero también Virginia Woolf– la mayoría de los protagonistas forma parte del mítico parnaso consagrado por la crítica cultural, la academia y la escena editorial porteña de la segunda mitad del siglo XX. Se sabe que Pauls vive desde hace años fuera de Argentina, me gusta pensar que publicar estas lecturas es su manera de seguir acá, de seguir conversando en esta fiesta.

Por seguir uno de sus juegos, diría que Pauls «testimonia y testamenta», vuelve a dar cuerpo a esos nombres de los que sin dudas hemos escuchado mucho y que tal vez leímos, pero que en algunos casos han quedado relegados en la escena actual. Pauls les da peso y el peso, ya se sabe, es el origen de la huella. «Una huella es más que un recuerdo: no tiene forma ni sentido, es pura potencia». Poco a poco, siguiendo los caminos y cadenas de esa potencialidad, Pauls va desvelando las diferentes capas que pueden tener los textos en el sutil y maravilloso hacer de un lector.

Publicar en una revista literaria una reseña sobre un libro que ordena las lecturas de un escritor es un poco excesivo, pero así nos gustan las cosas a las personas que leemos literatura. Por tratarse de una revista española, la pregunta que tal vez tendría sentido hacernos es otra: ¿Por qué leer hoy la bitácora de lecturas de un autor argentino sobre otros autores argentinos de la segunda mitad del XX? La respuesta es sencilla: porque este libro es en sí mismo literatura. Piglia ya lo aclaró de una vez y para siempre, la crítica literaria es esa forma de ficción en la que un crítico desea develar el enigma de sus obsesiones e intereses. Alguien que canta… es la novela de un lector, con la particularidad de que se trata de un lector que también escribe, por lo que se pasa la vida intentando comprender el misterioso salto que va del primer término al segundo, es decir, «la deuda infinita que escribir tiene con leer». En ese sentido, algunos textos de Alguien que canta… deberían formar parte de los seminarios de escritura creativa, si es que la escritura creativa se recupera alguna vez de las fórmulas del storytelling. Gombrowicz decía que si queremos conocer la verdadera posición de un artista debemos preguntarle de qué está enamorado. En estas páginas, queda clara la respuesta de Pauls.