
Hubo un tiempo en que la buena literatura abundaba en los periódicos. El café era entonces un refugio donde poder conversar y disfrutar de la prensa. Cuesta creer que uno podía desayunar leyendo artículos de Azorín, Ortega y Gasset, Unamuno o Josep Pla. Y esa edad de oro del periodismo español (1898-1936) tiene como figura central a Julio Camba.
Siguiendo la senda abierta por Azorín, Camba crea un estilo propio para lograr una columna de apariencia ligera, pero llena de finas observaciones. Disfrazadas de humor y con un estilo sobrio y directo las crónicas de Camba establecían una relación de amistad con el lector, que buscaba su firma en el periódico todas las mañanas como quien busca a un amigo en la mesa del café. Otros escritores tuvieron más profundidad o más literatura en sus artículos. Pero ninguno tuvo más encanto que Julio Camba.
Hijo de un médico rural, Camba nace en Vilanova de Arousa en 1884, no muy lejos de la casa de Valle-Inclán, con el que pronto compartirá tertulias en los cafés de Madrid. Deseoso de aventuras, a los 16 años se embarca como polizón hacia la Argentina. Allí se mezcla con grupos de anarquistas hasta que un año y medio después es expulsado del país. Años más tarde se jactará de ser el único emigrante que ha viajado gratis a América tanto a la ida como a la vuelta. Al llegar a Cádiz como cabecilla del grupo de desterrados, un periodista le preguntó por su filiación y su patria, y Camba declaró con pompa ser «ciudadano del mundo». La definición no pudo ser más acertada, pues a eso iba a dedicar el resto de su vida.
Poco después de regresar a Galicia se marcha a Madrid donde escribe en semanarios anarquistas al tiempo que traba amistad con Rubén Darío, los hermanos Machado o Pío Baroja, que se inspira en él para crear un personaje de la novela Aurora roja. Comienza a escribir artículos en El País, España Nueva y El Mundo, y gana fama en las tertulias.
En 1908 un periódico le ofrece partir a Turquía como corresponsal y no se lo piensa. A partir de ahí viajará a todas partes. De Constantinopla a Nueva York trabajará para El Mundo, La Vanguardia, El Sol y, sobre todo, ABC. Sus peculiares crónicas desde el extranjero alcanzan tal prestigio que se convierte, después de Ortega y Gasset, en el periodista mejor pagado del país.
Escritor sin método, desorganizado y espontáneo, Camba escribe en mesas de café o tumbado en la cama de su hotel. Sin pretenderlo, estaba cimentando un modelo de periodista, el columnista de café, el flaneur que todo lo observa y está en contacto directo con el material de su escritura. Francisco de Cossío lo describía así: «La inveterada pereza de Julio Camba le mantenía en una somnolencia entre el humor y la poesía. Se parecía entonces a un gato adormecido, indiferente a las voces, los ruidos y las moscas, y atento no más, entre sueños, a la posible salida de un ratón».
Escéptico y peripatético, Camba viaja, observa y pasea por el mundo. Su mirada lo abarca todo: escribió más de 4.000 columnas. Leídas en su conjunto sus crónicas son un gigantesco cajón de sastre donde no hay aparentemente nada sobre lo que Camba no haya escrito. Junto a Mariano de Cavia es el único escritor de su época que se dedicó íntegramente al periodismo. En el buen sentido de la palabra, Camba era un vividor, y logró encontrar en el periodismo un modo y una forma de vivir. No caía mal a nadie. Los camareros y los mozos de hotel lo adoraban.
Sobre el periodismo literario sostenía que debe ser algo así como la música de café: «fácil, amena y digestiva. Debe acompañar la conversación sin interrumpirla, y no debe expresar jamás grandes ideas, porque las grandes ideas están fuera de lugar en el café».
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Esta antología nace de un rechazo. Dámaso Alonso intentó que Camba entrara en la Academia, pero este le contestó con sorna que lo que él necesitaba no era un sillón sino un piso. Para ayudarlo de alguna forma, le pidió entonces una selección personal de sus artículos que se publicaría en la editorial Gredos. Así se gesta Mis páginas mejores, que Cátedra reedita ahora en edición de Francisco Fuster —su mejor biógrafo— con la intención de canonizarlo bajo los clásicos de Letras Hispánicas. Pero Julio Camba siempre ha sido un clásico en la sombra. Al menos para los muchos lectores que durante décadas han coleccionado las baratas y descoloridas ediciones de Austral.
Hay muchos Cambas en Julio. Salvo el Camba anarquista y el Camba novelista, en esta selección podemos disfrutar de todos ellos. Tenemos a un Camba de pequeños ensayos —Sobre casi todo, Sobre casi nada— , un Camba gastronómico —La casa de Lúculo—, un Camba más amargo y político —Haciendo de República—, un Camba de múltiples viajes —La rana viajera, Playas ciudades y montañas—, y un Camba, el más brillante, corresponsal en el extranjero —La ciudad automática, Londres, Un año en el otro mundo—.
Como toda crónica, la gracia de su columna es híbrida: una mezcla de apuntes de viaje, autobiografía, ensayo y narración. Su estilo es claro y conciso. Sus miniaturas tienen una estructura perfecta. Bajo el humor de Camba siempre encontramos agudas observaciones, pequeñas filosofías, algo que tiene más calado que la simple humorada con la que disfraza sus artículos. Pero el acierto de su estilo está precisamente en ese tono humorístico que emplea. De haber sido otro, Camba se nos haría pesado y sus observaciones se volverían pedantes o cursis. Camba encontró el tono con el que poder descubrirnos el mundo sin resultar patético o engreído. Ahí radica el éxito de sus columnas. Cada día un hombre nos descubre aspectos de la vida en los que no habíamos reparado y no lo odiamos por ello. Son observaciones brillantes que él hace pasar por sencillas. Camba no nos alecciona. Al contrario, al no darse importancia, nos hace partícipes de sus descubrimientos sin hacernos parecer ingenuos. Pérez de Ayala ya lo observó: «En los países que recorrió Camba había vivido yo anteriormente. Pues bien: leyendo los libros de Camba, los vi por primera vez».
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La proclamación de la Segunda República lo coge como corresponsal en Estados Unidos. Desde allí contempla cómo todos sus amigos ocupan cargos de gobierno. Se apresura a regresar a España porque, tal y como le dice a Josep Pla, tiene méritos más que suficientes para que le den algo: «He vivido casi toda mi vida en el extranjero. Conozco varios idiomas. De joven fui anarquista. Lerroux lo sabe y espero que lo tendrá en cuenta». Pero no le dieron nada. Mientras todos sus contertulios y amigos recibían embajadas y puestos de gobierno, Camba se quedó solo en el café. Y eso nunca lo perdonó. Contrariado, empezó a hablar mal de la República y su discurso se hizo cada vez más conservador.
El que fuera anarquista en Buenos Aires, terminó sus días viviendo durante más de una década en el hotel Palace de Madrid, que costeaba, según dicen, su buen amigo Juan March. Admirado por todos sus coetáneos, Josep Pla dijo de él que era el mejor articulista de su tiempo. Para Ortega y Gasset, Camba era el logos, la mayor inteligencia del país. Nostálgico de otras épocas o de aquellas corresponsalías donde descubría el mundo a sus lectores, Camba se volvió huraño y taciturno. Aquejado del síndrome de Meniere apenas salía de su habitación y se rodeó de unos pocos pero incondicionales amigos.
¿A dónde se ha ido la literatura en la prensa? ¿A dónde se ha ido el café? Leer esta antología es mirar con nostalgia el periodismo de ayer. De Ruano a Umbral, de Cunqueiro a Millás o de Pla a Vicent, todos los columnistas literarios de este país deben algo a Camba. Muchas de sus opiniones y observaciones siguen siendo válidas un siglo después de escritas. Su humor no ha envejecido. Sus columnas podrían publicarse esta misma tarde.