Javier Cercas
El loco de Dios en el fin del mundo
Random House
488 páginas
POR ANTONIO RIVERO TARAVILLO

Javier Cercas se hallaba en el Salón del Libro de Turín, justo ahora hace dos años, cuando su editora italiana le avisó de que un representante del Vaticano, allí presente, quería hablar con él. Sorpresa. «¿Del Vaticano?», preguntó el escritor. Y, sí, se trataba de un funcionario de la Santa Sede. Al principio, Cercas creyó que querría hablarle de una invitación recibida dos semanas antes para asistir junto a otros intelectuales y artistas a una reunión de creadores en la Capilla Sixtina con motivo del cincuenta aniversario de la apertura de la Colección de Arte Moderno y Contemporáneo de los Museos Vaticanos. Pero no, se trataba de otra cosa. El emisario le traía una propuesta bien distinta, superior, que difícilmente alguien podría rechazar, ni siquiera el declarado ateo e impío (aunque de crianza católica) Cercas. Nada menos que acompañara al papa Francisco a un viaje que iba a realizar en agosto a Mongolia y escribiera con total libertad sobre el viaje, la iglesia y el propio papa.

Cercas accedió con una condición: tener una breve, muy breve entrevista a solas con el pontífice, en la que pensaba preguntarle algo que es meollo de la teología cristiana y que interesaba especialmente a su madre viuda (vivía aún por entonces, enferma de Alzheimer). ¿Se reencontraría en el cielo con su difunto marido, ambos en su carne mortal? Este libro es la narración de ese viaje al país remoto y deja para el final la respuesta del Santo Padre a la duda que acuciaba a la madre del escritor: la confirmación o no de ese reencuentro, tan importante para quien fue una amante esposa y para una creyente (no como su hijo, que perdió la fe leyendo el San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno, y posteriormente al Nietzsche de El Anticristo). El papa aún no había dado su consentimiento al proyecto que ponían en bandeja al autor de Soldados de Salamina, pero aseguraron a este que si el pontífice aceptaba la idea harían lo posible para que hablara con él. Y de ahí surge El loco de Dios en el fin del mundo, que vuelve a los terrenos del Cercas más único e insustituible, el de la crónica indagatoria y la novela sin ficción (con todas las variantes por las que se ha adentrado), más que la pura novela de ficción en la que tampoco es manco y que recientemente le ha deparado la trilogía comenzada por Terra Alta, ganadora del Premio Planeta, en 2019.

En el capítulo segundo, el autor analiza la figura periférica de Bergoglio antes de ser Francisco (nombre adoptado de san Francisco de Asís, el poverello celebrador de lo humilde) y cómo la periferia ha estado (permítaseme el oxímoron) en el centro de su actitud e interés; por ejemplo, cuando en Buenos Aires se le podía ver mucho más en las villas miseria, los hacinamientos de pobres de aluvión, que en los barrios acomodados de Recoleta, etc., lo que conocemos como Barrio Norte, más propio de señores criollos y burgueses como Borges o Bioy Casares. Incluso yendo a Mongolia no solo viaja a un país periférico, perdido en su gran superficie entre los más vastos Rusia y China, sino que se traslada a una fe periférica o insignificante: solo 1.500 católicos.

¿Cae Cercas en el síndrome de Estocolmo, o en este caso de Roma? En ningún momento pasa por alto los abusos sexuales y la pederastia, los casos de corrupción, de tantos sucesos nada ejemplares que aquejan a la Iglesia. Pero también sabe que habla de misioneros y monjas en los lugares menos favorecidos, de quienes se emplean en hacer algo mejor la vida de sus prójimos (aunque no sean próximos y, como Francisco, persigan la periferia a la vuelta de la esquina o a miles de kilómetros). Cercas cae rendido ante los misioneros, y en más de una ocasión, de modo irónico pero con ese tipo de ironía que esconde una verdad, dice que está por coger el primer avión que salga a Ulán Bator y hacerse misionero junto al padre Ernesto o algunas de las monjas que comparten allí sus vidas con los más necesitados, sin empujarlos a que profesen su fe. Solo por amor.

Esta actitud favorable a los misioneros pero anticlerical coincide según lo expuesto por él mismo con la posición del mismo Bergoglio, y es uno de los pilares de El loco de Dios en el fin del mundo (el papa, puesto a menudo en contraste a lo largo de estas páginas con «el loco sin Dios en el fin del mundo», es decir, Cercas, que sigue al primero). Recurrente es la interrogación de quién es en realidad Bergoglio, Francisco, así como las relaciones y disparidades entre uno y otro, el real y la máscara, el íntimo y el público. Recapitulando algunos juicios e impresiones adelantados a lo largo del libro, el autor ensaya una dilucidación de esto al final de la obra, poco antes de revelar la respuesta del papa a la pregunta de si habrá resurrección de la carne y la madre del novelista verá de nuevo a quien fue su marido en esta vida, antesala de la eterna.

He dicho novelista, y a esto hay que atenerse en este libro de no ficción, híbrido de géneros. Es lo que defiende Cercas, que deja aquí y allá la declaración de que él no es periodista, aunque la mayor parte del libro sea una sucesión de entrevistas y charlas con miembros de la Curia, responsables vaticanos o misioneros, lo mismo en Roma que en Ulán Bator. En ningún momento se dice que haya grabado esas conversaciones (solamente grabó en vídeo el encuentro con el papa a bordo del avión que se dirigía a Mongolia), y por más que tomara previsiblemente algunas notas tras las mismas, ya en su hotel, los diálogos que aquí se reconstruyen han de ser por fuerza novelados y un poco inventados también, o recreados, difícilmente la transcripción fiel de esos diálogos, de esta verbosidad socrática que en algún tramo hace pesada la lectura, con pláticas un punto recurrentes.

Que no es Cercas un mero periodista lo demuestra (o no uno ramplón, los hay muy buenos) el hecho de que emplea leit-motifs sabiamente administrados que sirven como ecos cohesionadores, y a veces humorísticos (como para subrayar la idea de Cioran de que la religión es enemiga del humor, contra lo que piensa Francisco, humorísticamente saludado al inicio de su pontificado por un periodista colombiano como «argentino, pero modesto»). Uno de esos motivos es la idea de la Curia por parte del escritor como una institución «plagada de misas negras, ritos satánicos, valkirias nazis, sacrificios humanos, machos cabríos y demás parafernalia».

Acredita además Cercas que tiene dotes poéticas, o de mímesis poética, cuando ofrece un apócrifo poema al estilo del Cristo o Loco de Elqui, la creación genial de Nicanor Parra. Aquí, el Loco (el tercer loco en liza, también él en otro fin del mundo) declara su opinión sobre el papa. Dice el alter ego cerquiano: «es un papa singular / Un papa sin pompa ni circunstancia / Un papa que siempre se ha lavado los calcetines / Un papa que suelta lo que se le pasa por la cabeza / Un papa que se equivoca / Y la arma gordísima y acto seguido se corrige y pide disculpas». Y así durante algo más de cien versos, libres como Francisco ante las muchas constricciones y rigideces de la Iglesia de la que él es cabeza, y en la que no ha podido realizar todos los cambios que hubiese deseado.

¿Qué es, pues, El loco de Dios en el fin del mundo? Cercas decidió que «estaba obligado a escribir un libro distinto, tan extravagante como fuera posible, una mezcla de crónica y ensayo y biografía y autobiografía, un experimento friki, un cajón de sastre». En otros lugares habla de batiburrillo, pero también de pesquisa y búsqueda. Se ocupa de cómo la política parece haber eclipsado la religión dentro de la Iglesia, la geoestrategia a la teología, y especialmente a ojos laicos al observarla, dado que las señales que Francisco dé sobre China (se habla bastante de ella en el volumen) parecen ser de mayor interés que el viaje pastoral a esa suerte de no lugar: Mongolia. ¿Habrá leído Francisco este libro durante su ingreso en un hospital romano, o en los días de su breve convalecencia, antes de morir el pasado 21 de abril, Lunes de Pascua? Quién sabe. Nosotros, aunque a veces resulte un poco fatigoso tanto interrogatorio, podemos hacerlo. Seguramente no cambiará la idea que cada cual tenga sobre la Iglesia y el difunto papa, pero le aportará elementos de juicio por parte de alguien que, inquisidor a su manera, habla desde la periferia de una y otro, desde fuera pese a su educación cristiana, y que a la postre sigue en sus trece y no cumple la profecía jocosa con la que su mujer lo despide antes de la aventura: que volverá del viaje convertido en un soldado de Francisco.