POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

Con frecuencia se interroga a los autores sobre cuáles son sus hábitos de escritura: qué horas prefieren, si la mañana o la noche, o si trabajan en el ordenador o en cuadernos manuscritos, o qué manías relativas al silencio o la música prefieren o cuánto tiempo le dedican a cada libro. Es decir, sin considerar si es su trabajo principal o un segundo trabajo realizado en ratos salvados a la extenuación de la jornada, la curiosidad se centra en el proceso más tangible de la escritura: en el tiempo que se pasa frente al ordenador o los folios garabateados, y no en el otro tiempo que pide la escritura, que es un tiempo perdido en donde germina la literatura que luego se vuelca en el papel en procesos distintos según las costumbres de cada cual.

No es caprichoso hacer esta distinción entre estos dos tiempos que pide la escritura, y menos en este número de Cuadernos Hispanoamericanos con su dossier titulado Literatura y trabajo. Pues no se trata tanto de abordar la ya bien conocida precariedad del gremio literario -que en verdad casi nunca llega a ser un oficio para gran parte de los autores- sino de indagar en ese otro tiempo de la escritura que no coincide con el aprovechamiento de las horas escasas frente a un borrador, y que sin embargo es un tiempo necesario sin el cual no cabría la literatura.

Se trata de un tiempo hoy en entredicho, ajeno al cálculo productivo del tiempo laboral y del medido tiempo del ocio reciente.

Es algo que de algún modo está representado en los libros que escribimos, en una reivindicación indirecta de ese tiempo malgastado que a los autores luego les permitió la escritura de sus historias. Así lo señala en cierta manera Belén Gopegui, al apuntar que las novelas están pobladas de protagonistas con oficios vagos –«escritoras y escritores», «investigadores perdidos en bibliotecas», «detectives»– frente a la realidad más común de los «electricistas, agricultores, trabajadores de fábricas, empleadas de oficinas sin glamour, de almacenes, de talleres de reparación de automóviles, de servicios de limpieza», etc. Y en esa misma idea insiste David Manjón, quien recuerda que uno de los primeros rodajes documentales del recién inventado cinematógrafo –La salida de los obreros de la fábrica Lumière (1895)– son apenas cincuenta segundos en que se recoge el «guirigay propio de quienes dejan atrás la obligación y recuperan su tiempo libre: la expectativa que carga los viernes, reverso de la saudade de las tardes de los domingos».

Así que el nuevo arte narrativo del cine ya intuyó desde el principio dónde estaba el tiempo de las historias: fuera del tiempo acotado del trabajo tan poco representado en comparación con su presencia constante en nuestras vidas, cuando los personajes, más que reverdecer o cobrar brillo, recuperan su verdadera identidad, o se aproximan a ella: porque «lo que los explotados sociales venden no es en realidad su trabajo sino su fuerza de trabajo, es decir, su vida tanto pública como privada: la producción de su propio yo» (tal como cita Belén Gopegui, al referir un extracto de La muerte del aura de Juan Carlos Rodríguez).

Esa conciencia de que lo que somos y lo que vivimos no puede estar acotado por las horas regladas del trabajo queda reflejado, como se ha comentado, en la propia representación de las novelas, que soslaya en gran medida el tiempo dedicado a las actividades laborales. Quizá por eso ha sido tan frecuente en la literatura la figura del paseante o el flâneur: ese distraído explorador urbano, a la manera de muchos personajes parisinos de Cortázar, que tan sólo se abandona al discurrir de las horas en la ciudad, en una exploración sin ningún objetivo concreto, con un tiempo sobrante que perder en el que sin embargo suceden todas las peripecias y hallazgos espontáneos que nutren los relatos. Y por eso tal vez también en otras narrativas más recientes, como en algunos libros de María Sonia Cristoff, el trabajo surge como una realidad a la que oponerse, contra la que establecer una oposición: un tiempo del que huir para recobrar ese otro tiempo en el que emergen nuestras historias verdaderas, y que ahora parece necesario reivindicar a través de la beligerancia y el rechazo y no desde el disfrute azaroso de las páginas de Rayuela.

Asfixiados por la intensidad que ha adquirido el trabajo en nuestros días, la literatura parecía florecer en esas otras horas esquinadas que ahora tanto escasean. Pero incluso ese otro tiempo da la impresión de estar acechado por otras transformaciones, como si el tiempo sobrante para su relajado desperdicio ahora fuera un tiempo de ocio, que acarrea la exigencia del aprovechamiento, una fórmula que replica las consignas de productividad laboral, con unas horas acotadas y unos objetivos que cumplir.

Toda esta escasez del tiempo mermado por los horarios laborales, por los imperativos del ocio, por la hiperconexión es la del tiempo donde subyace esa otra escritura previa a la escritura: un tiempo sin otra intención que su libre discurrir, que es donde suceden los desplazamientos de la realidad y los hallazgos que quedarán plasmados luego en los textos. ¿Influirá esta ausencia del viejo tiempo menos mensurado en una mayor tendencia a las escrituras ensimismadas, en la falta de esa necesidad de campo, que era la masa experiencial que moldeaba la imaginación de un novelista, según el término utilizado por Juan Benet en La inspiración y el estilo? ¿Sólo cabe, frente a los dictados del trabajo y del ocio, alguna forma de huida o resistencia, como si el melancólico flâneur de décadas atrás ahora fuera un personaje condenado a la extravagancia o el alejamiento o la inadaptación, en busca de ese tiempo previo a la escritura que precisan los autores?

Esa nostalgia de ese tiempo ido parece invocar Pier
Paolo Pasolini en su poema «Al príncipe», que divulgó recientemente en redes sociales la escritora argentina Mercedes Halfon: «Para ser poetas, hay que tener mucho tiempo: / horas y horas de soledad son el único modo / para que se forme algo, que es fuerza, abandono, / vicio, libertad, para dar estilo al caos», dice el poeta italiano, en su lamento de los efectos deshumanizadores de la modernidad contemporánea; «Yo, ahora, tengo poco tiempo: por culpa de la muerte / que se viene encima, en el ocaso de la juventud. / Pero por culpa también de este nuestro mundo humano/que quita el pan a los pobres, y a los poetas la paz», escribe, en su evocación de un tiempo biográfico personal ya consumido, pero atravesado también de otra nostalgia mayor: una nostalgia anticipada de una forma de vida o de un tipo de tiempo amenazado, cuando había un tiempo para el vicio y la libertad y para moldear la voz de la escritura y los poetas vivían en una época que admitía su lugar.