Victoria de Stefano
Diarios, 1988-1989. La insubordinación de los márgenes
El Estilete, Caracas, 2016
102 páginas
POR BEATRIZ GARCÍA RÍOS

Hay escritores de los que sospechamos que siempre nos dirán algo peculiar. No digo que tenga que ser más inteligente o definitivo sino algo que se nos antoja como específico, perteneciente a esa persona y que, al tiempo, se nos hace familiar, nos interesa. En el orden del pensamiento tal vez podríamos pensar en autores tan distintos como Montaigne y Unamuno, que, a pesar de los muchos libros y autoridades que manejaban, pensaron desde sus circunstancias de individuo. Es verdad, todo el mundo piensa con su cabeza, no hay manera de hacerlo de otra manera, pero ¿qué ocurre en una cabeza? ¿De quién son los pensamientos? Quienes trasegamos con novelas y otras ficciones también sabemos que la pertenencia es, en este universo, algo ambiguo. Victoria de Stefano (Rímini, 1940) vive en Venezuela desde los seis años. Es italiana por origen –como lo fueron Antonio Porchia y Alejandro Rossi (éste, de madre venezolana)– pero venezolana porque es en este país donde creció y desarrolló su vida, con un paréntesis francés del cual hay algunos ecos en el diario. Su formación es filosófica (fue profesora de Estética hasta que se jubiló) y ha escrito algún libro de ensayo como Sartre y el marxismo (1975), pero hace mucho que su inclinación es la novela (también su género favorito como lectora), donde ha aportado varias obras notables, peculiares –insisto–, con una voluntad de estilo y de indagación que se nos antoja admirable.

Pero esto no es una novela sino un diario que llevó desde 1988 a 1989, y cuyo título, La insubordinación de los márgenes, añadido a la hora de darlo a la publicidad, pareciera toda una poética y una actitud ética: reivindicación de los límites, de lo que se pierde, de lo no central y, por lo tanto, muchas veces dado por sabido, quizás a fuerza de ignorancia. De Stefano confiesa que es una lectora apasionada de diarios; fundamentalmente de Virginia Woolf, Kafka, Mansfield, Pavese, Gide, Gombrowicz, Musil, y, sobre todo, del Journal de Delacroix (De Stefano es una apasionada de la pintura, como se hace evidente, entre otros lugares, en su novela Paleografías).

Ignoro si nuestra autora ha escrito más diarios. Éste fue producto de un tiempo de sequía amenazado por la bilis negra de la depresión; una forma, confiesa en el prólogo, de sostener el pulso, de mantener el hilo, así fuera en algunas horas nocturnas robadas al sueño y a las tareas académicas. Por el diario vemos que De Stefano es lectora de memorias y biografías, es decir, que le atraen los testimonios de una vida, la crónica del tiempo único cuyo misterio tal vez sea el de todos. Históricamente, hay dos acontecimientos; uno interno y otro de repercusión mundial: el Caracazo de febrero de 1989 y la caída del Muro de Berlín en el mismo año. En estas pocas páginas (algo que no puedo sino lamentar) se nos dibuja una mujer llena de curiosidad, resuelta y herida que vive sola y a veces se ocupa de sus dos nietos (se casó muy pronto y tuvo dos hijos). Vive sola y tiene cuarenta y ocho años cuando inicia el diario. Su marido (nos enteramos casi casualmente) está en la cárcel («P. está preso»), sin duda por cuestiones políticas. No es un diario que trate de situar al personaje, sus circunstancias, sino que comienza in media res, como si formara parte de una conversación hace mucho tiempo comenzada: «Ayer tarde en casa de Juan Peláez». Y un mes después y apenas dos páginas más, esta confesión: «Anoche vi mi vida, pasado y porvenir bajo la más cruda y desafecta luz». Aunque no es un diario confesional (digamos, como lo es buena parte del de Gide), en algunos momentos nos muestra –algo al sesgo, a la pasada– aspectos de su intimidad, sobre todo de su estado de ánimo o desorientación. Hay otro dato que ocurrió muchos años antes de este diario: la muerte, por accidente, de su madre y de dos de sus hermanos. De Stefano comenzó a escribir (de verdad, no como ejercicio) tras la muerte de su madre.

En alguna medida, es el diario de una escritora que trata de buscar su centro desde los márgenes, o que quizás cree que todo centro es un margen. Es también un diario de lecturas, de conversaciones con colegas. En cuanto diario de una escritora, De Stefano se interroga por el oficio y asevera que «la transición del pensamiento al tono de las palabras» es lo más importante en el acto de escribir. Y luego nos recuerda que Emerson afirmó que escribir «es lanzar el propio cuerpo contra el blanco cuando ya agotaste tus flechas». ¿Es lo mismo que lo que afirma De Stefano? Creo que no del todo porque su idea es que el pensamiento ha de cambiar (transición) asistido por el tono, que quizás podamos entender por ritmo, sonido, cuerpo. De Stefano parece decirnos de manera apasionada que la flecha (¿el pensamiento?) es el propio cuerpo y que, por lo tanto, hay que escribir con el tono, como si desde ahí surgiera el pensamiento, y la verdad es que eso es lo que encontramos en algunas de sus novelas (por ejemplo, en la citada Paleografías, de 2010). De Stefano recurre a la escritura como salvación, como memoria suscitada por la propia creación y olvido, tal vez de una realidad que no por insistente es deseable. «Cuando me pongo a escribir –anota el 23 de abril de 1988 (por cierto, día cervantino donde los haya)– me siento a salvo del gran tedio por el que, aburridos de todos y de nosotros mismos, nos vence el desasosiego y la impaciencia». Es una escritora que pasa muchas horas con alumnos y a veces está «hasta la coronilla de estudiar tratados de estética». También escribe el diario para ir «más al fondo de lo que estaba haciendo hasta ahora».

Hay en este diario algunas observaciones sobre su manera de escribir ficción. Confiesa que en La noche llama a la noche (1985) se tomó muchas libertades; por ejemplo, «las de no saber qué se persigue ni adónde se va. Me dejé llevar por el tañido de flauta de la imaginación». ¿No es éste el tono que debía alcanzar el pensamiento? Pero no es una escritora sonámbula porque –admiradora de Pessoa– sabe que no se trata de sinceridad sino de franqueza y veracidad, actitudes que deben estar asistidas por la autenticidad. Quiero señalar algunos de sus referentes literarios en esta suerte de imagen de Victoria de Stefano: Stendhal, el Rousseau de las Ensoñaciones de un paseante solitario, el Chéjov de Las tres hermanas, Paul Valéry, el Gide de los Diarios, Marina Tsvietáieva, Proust, el Samuel Beckett de El innombrable y Fin de partida, Thomas Bernhard; y algunos venezolanos: desde Ramos Sucre y José Rafael Pocaterra a Peláez, Salvador Garmendia y Barroeta… Al menos, esto es lo que vemos en estos dos años de apuntes biográficos.

Por último, un fragmento del 19 de marzo de 1989, que es una invitación no al mundo de Victoria de Stefano, sino a su sensibilidad como escritora y como persona: «En la mañana estuve un buen rato sentada en un sendero apartado, que corre paralelo al contrafuego, con las piernas colgando del talud. De pronto me sorprendió un repiqueteo metálico, vibrante, de una precisión que iba en aumento. Miraba alrededor y no sabía de dónde procedía hasta que descubrí que eran dos hojitas coriáceas, otoñales, tremolando por efecto de una corriente de aire justo frente a mí. Ese vientecillo montañero atravesando el abundante follaje de un arbusto para acertar sólo en dos hojitas me hizo pensar en las movidas selectivas del destino: sólo dos hojitas, del haz al envés, la una contra la otra». ¿No es admirable? Ese tremolar creo que tiene que ver con el cuerpo lanzado como flecha cuando ya nada puede lanzarse que no sea una misma, en la corriente misteriosa de toda escritura y lectura.

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