
Matías Néspolo
Una fábula sencilla
Candaya
192 páginas
Sala de embarque del aeropuerto de El Prat. Gabriel García Márquez se dispone a echar una cabezada a la espera de la salida de su vuelo, cuando un curioso le aborda:
—No sé si es usted Cortázar o Vargas Llosa.
A lo que el novelista colombiano responde serio:
—Los dos.
La anécdota, muy García Márquez, la comparte el periodista cultural Xavi Ayén en Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo (RBA/Debate) y, auténtica o apócrifa, da buena cuenta del importante —hasta la confusión— trasiego de autores latinoamericanos por la Barcelona de finales de los sesenta y comienzos de los setenta y, sobre todo, de la posterior mitificación de aquella supuesta meca editorial en lengua castellana. Ese peregrinaje literario pero ya en los primeros 2000 —bajo el paraguas de la reforma de la Ley de Extranjería del gobierno de José María Aznar— es el material tragicómicamente desidealizado en Una fábula sencilla (Candaya) por Matías Néspolo (Buenos Aires, 1975), escritor afincado en Barcelona desde 2001. La novela relata las correrías de una cuadrilla de amigos —la premisa, como ha señalado el escritor Álvaro Colomer, parece un chiste: esto son un argentino, un uruguayo, un chileno y un cubano…— quienes, años atrás, fueron un colectivo de poetas frecuentadores del circuito nocturno de garitos de micro abierto y tertulias, a la caza de la gloria literaria —«el pájaro de fuego»— y que, al cabo de los años, con las ilusiones perdidas a lo Lucien de Rubempré y sin haber logrado escapar de la precariedad, se ven envueltos en un arriesgado asunto de narcotráfico: 5 kilos de ladrillos de cocaína reclamados por la mafia albanesa.
El errático desarraigo de este grupo de letraheridos supervivientes en la ciudad —ejem, condal— contrasta con la riqueza expresiva de sus diálogos. El plurilingüismo aquí no se limita a la convivencia y el mestizaje del catalán y el castellano —y el inglés— sino que además se dispara en un estimulante despliegue léxico y metafórico de cada uno de esos hablantes argentino, uruguayo, chileno, cubano y mexicano; y, más allá de las variedades geográficas, las de los sociolectos pijoapartescos que no pueden faltar en toda novela «de Barcelona».
Desde la perspectiva de un futuro remoto («Me acuerdo de una belga doble malta de 12,3 grados que iba como trompada. Reconozco que en esa época bebía demasiado»; «Si pudiera cambiar la historia, lo haría con gusto. Pero me imagino que por aquel entonces la nuestra ya estaba escrita») el narrador, Gabriel, revisa a distancia lo sucedido en esta trama policial a lo Ricardo Piglia, lo fabula. La novela se estructura a partir del molde del género clásico de Esopo en un variopinto bestiario de breves capítulos habitados, entre otros, por cerdos, ratas, teros, zánganos, vizcacheras, serpientes, termitas, simpáticos ajolotes, cotorras, monos, coyotes, escorpiones… El arca de Noé amarrada en el puerto de Barcelona. El recurso opera también en sentido figurado: los camellos, claro, o el burrito a domicilio; y el «cachorro entre jazmines», que es Nahuel, el bebé de Betty y Lautaro, quienes regentan una floristería. La escena climática de la acción tiene lugar, como no podía ser de otro modo, en una barbacoa. A propósito de animales, Néspolo ya había matado de siete maneras a un gato en el título de su primera novela (2009) que, por cierto, contenía a la ballena blanca de Moby Dick y con la que un año después la revista Granta (número 11) le incluyó en su lista de los 22 mejores narradores jóvenes en español. Es autor además de una segunda novela, Con el sol en la boca (2015), en la que los jóvenes personajes insatisfechos, como en Una fábula sencilla, también huyen de algo. Y del poemario Antología seca de Green Hills (2005).
Si bien los anhelos iniciáticos de estos poetas latinoamericanos en Barcelona recuerdan al poema homónimo de Los perros románticos (1994) de Roberto Bolaño —«En aquel tiempo yo tenía veinte años / y estaba loco. / Había perdido un país / pero había ganado un sueño. / Y si tenía ese sueño / lo demás no importaba…»—, cabe señalar que aquel libro se cerraba con otro poema con título de fábula, «Entre las moscas»: «Poetas troyanos / ya nada de lo que podía ser vuestro / existe / Ni templos ni jardines / ni poesía / Sois libres / admirables poetas troyanos».
Libre y admirable resulta este trepidante animalario. Al final, la moraleja, que aquí tiene que ver con el fracaso —literario— y con no confundirlo con la derrota.