
«El mal y la fealdad se cuidarán solos, es el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados». Con esta cita de Jonas Mekas, su tocayo Trueba nos introduce, no solo su nuevo libro, El viento sopla donde quiere, sino también su manera de entender el cine y la vida. Los numerosos textos que lo componen, escritos durante más de una década, contienen tantas películas, tantos mundos, tantas anécdotas, que leerlo se convierte en un viaje emocional donde el ojo, la cámara, se mueve con ligereza y alegría por la Italia de Moretti, el Irán de Kiarostami, la Francia de Rohmer o la Argentina de Llinás, entre tantos otros.
El libro, en realidad, se trata de una selección de críticas de cine que el autor escribió en una sección que tuvo en el diario El Mundo entre 2008 y 2014, en la que se dedicaba a hablar únicamente de aquellas películas que le habían gustado, de aquellos directores que amaba. Añade, también, otros textos escritos en Cahiers du Cinéma, Letras Libres y Caimán-Cuadernos de cine, y para ordenarlo todo divide los textos en cuatro curiosas partes: Iluminaciones, Ventoleras, Melancolías y Homenajes.
A veces, da cierto miedo, cierto reparo, acercarse a algunas críticas literarias o cinematográficas, como si en ellas fuese a encontrarse un análisis demasiado academicista, metódico y lleno de tecnicismos que mata la esencia misma de la obra y del arte. Huyendo, precisamente, de esto, Trueba nos ofrece una visión diferente, mucho más personal e impresionista, salpicada de ciertas ideas que cruzan transversalmente todos los textos. Entre ellas, por ejemplo, la figura del pasador de Alain Bergala: aquel que transmite su amor por el cine, que hace la labor de expandir, compartir, contagiar ese amor. En relación a esto, el autor cuenta que Godard decía que la suya era la primera generación en declarar su amor por el cine, y Truffaut le respondió que, en realidad, el verdadero punto en común de esa generación era el deseo de convencer, de transmitir esa pasión, no solo declararla.
¿Pero cómo transmitirlo, para qué hacerlo? Tal vez, porque, como dice Trueba, «a veces el cine se convierte en la mejor herramienta para condensar la vida y devolvérnosla cien veces multiplicada», y porque
«filmar la vida es aprender a vivirla».
Otra de las ideas que se repiten es aquella de que la película que uno imagina siempre es mejor que la que finalmente realiza. Lo mismo podría aplicarse a una novela, un poemario o, en general, cualquier obra de cualquier disciplina artística. Sin embargo, lejos de ver como algo malo el hecho de que una película nunca llegue a ser tan buena como uno se la imagina en su mente, lejos de verlo como algo relacionado con el fracaso o la frustración, la sensación que transmite es completamente diferente, porque pone en valor justamente esas ensoñaciones, esos momentos felices en los que, en un paseo o en un tren, piensa en la película que quiere hacer y la ve en su cabeza. Y eso también es cine, todo lo anterior al resultado final, todos los cambios de guion y rutina de rodaje, también son cine. Sobre todo son cine.
Sus dos últimas películas, Volveréis y Tenéis que venir a verla, están sostenidas en dos ideas filosófico-literarias. La primera, en el amor-repetición de Kierkegaard y la segunda en las teorías de Sloterdijk de su obra Has de cambiar tu vida. En los créditos finales de La virgen de agosto encontramos una lista de libros que la han inspirado, unos versos de J. A. González Iglesias abren La reconquista: «Pongo mi corazón en el futuro. Y espero, nada más», y el protagonista de Todas las canciones hablan de mí trabaja en una librería. Estos son solo algunos ejemplos de cómo en las películas de Trueba siempre se traza ese puente entre literatura y cine. Y lo mismo encontramos, claro, en las críticas de El viento sopla donde quiere. Hace una referencia al Me acuerdo de Joe Brainard, al que a su vez le hicieron referencia George Perec y Margo Glantz, creando obras homónimas y estructuralmente idénticas, y escribe un texto emocionante utilizando esa misma forma de enumeración de recuerdos. Un texto, un Me acuerdo, donde habla de algunas veces en las que fue al cine y le marcaron: cuando se tuvo que salir de Azul por comer palomitas o cuando vio Días extraños con su amor de la adolescencia. Reivindica, así, las salas de cine, la experiencia de ir al cine, el cine como acto de ir a un lugar, todo lo que se crea en ese antes y después, la magia de compartir una película con un grupo de personas desconocidas en un espacio oscuro y reducido. En los centros de la mayoría de ciudades de provincias ya no hay salas, las películas se desplazan a los grandes centros comerciales de los polígonos, y por eso más que nunca es importante poner en valor el acto colectivo de ir al cine.
En relación a esto, Trueba habla en varias ocasiones de la importancia, y también en cierto modo la dificultad, de mantener la curiosidad y el entusiasmo, de no convertirse en un cínico. Habla de Hong Sang-soo como un director que le mantiene la mirada limpia, de directores y directoras que le recuerdan todas las posibilidades que existen en el lenguaje cinematográfico, todo lo libre que es aunque a veces haya una tendencia al encorsetamiento o los argumentos estériles, y cita a Bergman cuando dice aquello de «insoportable curiosidad, ilimitada, jamás calmada, constantemente renovada, que me empuja hacia delante y que nunca me da descanso».
Cómo mantener esa mirada limpia, libre, atenta, esa mirada de la infancia que se ve en otras películas que menciona en el libro y que nos recuerdan a aquellos archiconocidos versos de Louis Glück, «Miramos el mundo solo una vez, en la infancia. El resto es memoria». Películas como ¿Dónde está la casa de mi amigo?, Fanny y Alexander, Yi-Yi, Los cuatrocientos golpes o Moonrise Kingdom, tan únicas y diferentes entre sí, pero hermanas en ese ver el mundo por primera vez.
Sobrevuela, pues, en todo el libro, la pregunta de si el cine nos hace mejores, y la respuesta está implícita en todo el cariño con el que habla de su oficio, un sí que se entrelee en los homenajes finales que hace a los directores de su vida, y en todos esos «breves destellos de belleza» que la conforman.
Desde que Trueba escribió estas críticas, estas crónicas, hace ya una década, muchas nuevas directoras maravillosas han llenado las salas de cine de España y del mundo, ampliando nuestro imaginario con nuevos colores y puntos de vista, sumándose así a todos los cineastas que fueron capaces de «susurrarnos las verdades sencillas y profundas». Y toda esta apertura hace que las palabras de El viento sopla donde quiere sigan tan vivas, porque, tal y como dice en el párrafo final, dedicado a Mekas: «Que la vida no merece la pena ser vivida sin humor y alegría, sin amor, sin amigos, sin celebraciones ni rituales. Encendamos pues una cámara, o una vela, alcemos una copa de vino, demos un paseo, volvamos a regar una planta, y estaremos comulgando con él.»