POR BRAIS LAMELA

Uno de los pocos textos que escribí sobre Nueva York, pocos meses después de mudarme a esta ciudad, fue una breve crónica para una revista digital en lengua gallega, Vinte. Se titulaba «Adurmiñada Nueva York» y pretendía ser una crónica de la ciudad exhausta: contra el cliché de la metrópolis que nunca duerme, quería armar un inventario de estudiantes agotados, siestas callejeras, trabajadores cabeceando detrás de los mostradores de negocios 24/7. La ciudad cansada. Era la mirada recelosa de un recién llegado, pero también constituía una forma de hacer pie. ¿Por dónde empezar a escribir sobre esta ciudad, sobre la que se han escrito ya tantas cosas?

Es difícil escribir sobre un espacio tan connotado. En su libro Modo linterna, el escritor Sergio Chejfec, en un gesto de característica elegancia literaria, huye de los lugares más manidos de la ciudad para ocuparse de Highland Park, una expansión suburbial que forma parte de esa «inmensidad herrumbrosa e indistinta» que constituye «el soporte de Nueva York». La apuesta parece ser huir de los símbolos más obvios para ocuparse de las energías humanas que sostienen esos símbolos. No se trata de que todo esté dicho, ni mucho menos, sino más bien de que todo lo que ya se ha dicho pesa, y escribir sobre ciertos espacios supone remar a contracorriente, por mucho que uno intente resignificarlos. Mejor irse, o por lo menos evitar ciertas calles demasiado traficadas. Quizás la ausencia de Times Square en una novela sobre Nueva York sea análoga a la ausencia de camellos en el Corán, según la afortunada imagen de Borges: una prueba de su autenticidad.

De la literatura escrita por autores de Latinoamérica y España sobre Nueva York, cada vez más rica y variada, me interesan especialmente los libros de autores que se esconden. Una de mis novelas favoritas de estos últimos años, y de las que más revisé mientras escribía Ninguén queda, es una novela de interiores: Los ingrávidos, de Valeria Luiselli. «Paseaba poco, en la ciudad donde todo el mundo pasea. Iba de mi departamento a la editorial, de la editorial a alguna biblioteca». Prácticamente toda la novela sucede en espacios contenidos, aunque no privados: departamentos frecuentados por acquaintances, vagones de metro, azoteas. Una arquitectura porosa, anti-monumental. En Ninguén queda, una novela que es, en parte, sobre Nueva York, pero aún más sobre la extrañeza de habitar lugares, me interesaba registrar algo del asombro de quien escribe desde un espacio impropio.

Quizás nada marca mejor esa condición de impropiedad que el lenguaje, especialmente para aquellos escritores que trabajan desde esta ciudad en español. El español no es, en absoluto, una lengua extranjera en Nueva York, pero sí es una lengua en constante reformulación, como ya exploró Sylvia Molloy en las reflexiones impresionistas de Vivir entre lenguas. Muchas de las novelas más sugerentes de los últimos años trabajan también con esta lengua nueva, que a veces parece estar deshilachándose y a veces parece estar en plena construcción: libros como Para español, pulse 2 de Sara Cordón o Sensación térmica de Mayte López (en ambos casos, novelas que dramatizan los espacios institucionales de escritura creativa en español de la ciudad), hibridan de forma explícita el lenguaje con la presencia del inglés, pero sobre todo con la presencia de muchos españoles distintos: palabras nuevas, inflexiones regionales, acentos en formación. No se trata de un afán aglutinador, sino de extrañar el habla propia con la presencia de lo ajeno. Tan magnético es el español neoyorquino que hasta algún estadounidense ha decidido adoptarlo ya como idioma literario, tal como hace Jeffrey Lawrence en su fresquísima y muy divertida opera prima, El americano, publicada, por cierto, por un sello editorial en español con sede en Nueva York, Chatos Inhumanos. Ojalá más compatriotas suyos se animen, ahora que el tedioso Global English se extiende por el mundo y la Casa Blanca declara, impunemente, el monolingüismo por decreto.

En mi caso, que no escribo ficción en castellano sino en lengua gallega, la sensación de extrañeza con el idioma elegido como literario es quizás aún más pronunciada. Es cierto que el gallego no es, precisamente, un idioma ajeno a la distancia. Ya Eduardo Blanco-Amor escribió A Esmorga, hermosísimo mosaico de voces populares, en su exilio porteño, si bien aquel Buenos Aires debía ser para el gallego lo que hoy Nueva York es para el español: una máquina renovadora del lenguaje. En mi caso, me he acostumbrado a escribir en un idioma que ya prácticamente no hablo en el día a día: el idioma de las llamadas telefónicas a casa, de los libros que saco indiscriminadamente de la biblioteca de la universidad, casi sin mirar el tema (Os ríos galegos, Libro da Ribeira Sacra, Tempos serodios). Una lengua privada, sin coordenadas físicas en mi espacio habitual. Quizás por esto mi nueva novela, que poco a poco va tomando forma estos meses, es una novela prácticamente sin nombres, una novela de ningún nombre. Sentarme a escribir en mi lengua materna no se parece a un regreso sino más bien a otra cosa, una desorientación.

Es algo que me sucede a menudo, desorientarme. No tengo buen sentido del espacio. Incluso en Nueva York, donde las calles están numeradas, me pierdo a menudo. Cuando leo una novela sobre la ciudad me avergüenza un poco no saber dónde queda nada, a pesar de haber vivido aquí durante los últimos seis años. Me pasó por última vez con Another Country, de James Baldwin. Todo el tiempo me hacía preguntas ¿Dónde está Yorkville? ¿Cuál era el Marcus Garvey Park? ¿Dónde queda Windsor Terrace?

«Es un pueblo de astros», escribió José Martí, quizás el cronista que mejor supo evocar la ciudad de Nueva York, en cualquier idioma. Me pierdo con los nombres de sus barrios, pero de estos años me quedan fragmentos, retazos incandescentes de ciudad. Hoy volví a leer «Adormilada Nueva York», la pieza un tanto torpe que escribí como recién llegado. A pesar de que quería ser una crítica de la vida 24/7, se me ocurre ahora que, si buscaba escenas de sueño en público, quizás era también porque quería huir de esa imagen de Nueva York como una ciudad despiadada y hostil que exige una atención constante. Si nos dormimos, al fin y al cabo, es porque sentimos que ya podemos bajar la guardia, algo que estas últimas semanas parece cada vez más difícil. En los parques de esta ciudad, en sus bibliotecas públicas, en los eternos viajes en metro de vuelta a casa después de las fiestas; incluso yo, que soy una persona de pésimo dormir, muchas veces he encontrado un momento de descanso.