Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí:
Monumento de amor. Epistolario y lira
Correspondencia, 1913-1956
Edición de María Jesús Domínguez Sío
Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2017
1 338 páginas, 25.00 €

POR JUAN MARQUÉS

 

Quien lo probó lo sabe: en el amor, cuando sucede, hay algo trascendental, pero también inevitablemente cómico; algo definitivamente importante, aunque, reconozcámoslo, un poquito ridículo. En el amor nos exponemos, nos la jugamos, nos sometemos a ciertos peligros. Y, cuando el amor no llega a cumplirse, pero casi, el asunto es todavía peor, los riesgos más agudos, la posibilidad del bochorno es más cierta… Por eso, en el proceso de la forja del amor, en ese tiempo no siempre grato y con frecuencia penoso que se llama «seducción» o «cortejo», todo es estimulante, y angustioso, y no se sabe nunca a ciencia cierta cómo ser buen estratega, cuándo insistir y cuándo retirarse, cuándo hacerse de rogar y cuándo estar más presente, cuándo ceder y cuándo manifestarse. En ocasiones, la perseverancia se premia y, a menudo, empeñarse es mal negocio, de modo que a veces son los perezosos los que vencen, los menos tenaces los que llegan al éxito.

Es francamente curioso contemplar a un poeta tan grande como Juan Ramón Jiménez en esas circunstancias tan privadas, pero no es embarazoso, ya que sabemos que estamos accediendo a una intimidad que él estuvo dispuesto a compartir, dado que esto que ahora acaba de ver la luz y que por fin podemos recorrer en toda su magnitud era, y con este mismo shakespeariano título, uno de sus muchos libros planeados y uno de los que, por razones fáciles de entender, más le importaban. Él siempre quiso que este Monumento de amor arrancara ab ovo, esto es, desde las primeras cartas cruzadas con Zenobia Camprubí Aymar, esa joven cultísima, curiosa, alegre y decidida a la que conoció en junio de 1913 en los jardines de la primera Residencia de Estudiantes (la de la calle Fortuny), tras acudir ambos a una conferencia de Manuel Bartolomé Cossío.

A sus treinta y dos años, y cuando podía considerar que se estaba terminando la mañana de su vida, y comenzando, así, una tarde que se anunciaba aún más melancólica, Juan Ramón Jiménez intuyó que ese encuentro era decisivo y que aquella mujer iba a convertirse en alguien crucial para su futuro. Por eso se afanó de una forma tan llamativa, persistente e intensa en un «asedio» que él vivía un tanto a la desesperada, sin poder permitirse claudicar. Era instintivamente consciente de que en todo ese asunto se jugaba demasiado, y así, el 1 de septiembre de 1915, cuando el compromiso entre ambos ya era firme, Juan Ramón escribe: «Sí, Zenobia; no he encontrado nunca mujer que fuera más de mi gusto que tú. Por eso he pasado por tantas penas como me has dado, sin nunca sucumbir del todo en la lucha. Yo sabía que en ti estaba la perla mejor y no me resignaba a perderla».

«Todas las cartas de amor son ridículas», afirma un célebre verso de uno de los heterónimos de Fernando Pessoa, pero Juan Ramón Jiménez consiguió eludir ese peligro, llenando de sensibilidad bien expresada lo que a menudo peligraba con incurrir en la cursilería, de la misma manera que supo llenar sus palabras de solemnidad sin caer demasiado en la afectación. Es cierto que en tales tribulaciones, como trataba de explicar al comienzo, es francamente difícil no ver un tanto menoscabada la propia dignidad, porque uno se expone de un modo irreversible, y, en ese sentido, han llegado hasta este libro algunos pasajes sonrojantes, de esos en los que uno no puede evitar sentirse casi incómodo, invadiendo algo demasiado privado. Todo ello produce también, naturalmente, momentos muy divertidos, y en ellos juega un papel muy relevante un tercer personaje, la madre de Zenobia, que enriquece mucho el argumento de esta suerte de opereta, como si se tratase de un entremés galante, de aquellos con muchas puertas en el escenario y muchas sorpresas y giros en el libreto. Como es bien sabido, en su futura suegra tuvo Juan Ramón a su principal enemiga, su primera detractora, que temía el futuro de su hija junto a aquel hombre famoso, pero tan solitario y aun ensimismado, y lo hacía, en ocasiones, con argumentos muy convincentes, como le escribía a su amiga María Coderch (en una carta muy oportunamente citada en el prólogo a esta edición): «Un hombre que ha pasado dieciséis años de su vida escribiendo treinta y tres tomos de poesías que en general sólo describen sensaciones, sin aspiraciones ni ideas, ¿le parece a usted bien calculado para ser esposo y padre?».

Aquella mujer hablaba con toda la sensatez del mundo… y, sin embargo, en buena medida, se equivocó, pues Juan Ramón sí consiguió ser un buen marido, al menos en lo profundo, en lo interior, en lo simbólico. Como explica María Jesús Domínguez Sío en su introducción, verdaderamente meritorio y excelente, los novios contaban con alguna afinidad determinante: «Compartían el amor al trabajo, la sencillez en lo material y un refinamiento espiritual que se traslucía en el aprecio por la buena educación, la naturaleza y el arte». Ella, tal vez por su origen norteamericano, tenía un punto puritano, y le incomodaba profundamente cualquier alusión erótica en los poemas de Juan Ramón, así como cualquier exceso en ese sentido en las cartas entre ellos, pero, con el tiempo, fueron complementándose. Quienes hayan leído el diario de Zenobia saben que la pareja atravesó momentos críticos y que ella llegó a desesperarse por el carácter maniático e hipocondriaco de su marido, que describió de un modo muy amargo, aunque también es cierto, como afirma la editora, que, por regla general, «Los esposos viven en armonía: él la quería intensamente y ella trataba por todos los medios de propiciarle las condiciones necesarias para la creación». Seguramente, Domínguez Sío exagera un poco al decir que, «tal como a don Quijote y Sancho, a Zenobia y Juan Ramón la convivencia los hizo parecerse», pero es verdad que en todo matrimonio prolongado se produce una suerte de ósmosis, de influencia mutua, y que las peculiaridades de uno acaban condicionando los hábitos del otro, de modo que se acaban compartiendo esas rarezas.

En este grueso volumen, en el que las páginas de antes de la boda ocupan más de tres cuartas partes del total (la convivencia, naturalmente, hizo innecesaria la comunicación por escrito, aunque las convalecencias de Zenobia volvieron a producir una correspondencia, en este caso dramática, herida, final…), se aprecia, sin embargo, esa evolución, esos altibajos. Lo que comenzó con el sublime Diario de un poeta recién casado desembocó en una vida económicamente mejorable, pero, en general, apacible, que, como tantas cosas, fue destruida por la guerra. Zenobia afrontó el exilio con mucha más habilidad que el poeta, y no sólo por sus mayores aptitudes sociales, sino porque en su caso el destierro fue muy relativo, ya que, en realidad, regresaba a la América familiar, donde pudo desarrollar sus talentos, tal vez de una forma más satisfactoria que en España. Él, por el contrario, se vio perdido, y sólo gracias a la presencia de su mujer, y muy paulatinamente, fue acostumbrándose a lo que ya fue definitivo; sin su idioma, sin su patria, sin su familia, sin sus círculos sociales, pero sin perder hasta casi su propio final la presencia más importante y benéfica de su vida. Y lo que la vida unió la literatura lo preserva en este libro extraordinario, insólito, entretenido y reconfortante. Monumental, como casi todo lo relacionado con sus protagonistas.

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