Para envolver, para explicar su idea del tiempo, escribió su propia Biblia, los cuatro libros de Así habló Zaratustra, casi en raptos de inspiración. Y como tenía que combatir precisamente contra la Biblia, los redactó en ese solemne, majestuoso, pomposo tono profético…, que tan insoportable se me hizo en su día hasta el punto de que no he vuelto a consultarlos más que a regañadientes.

Estábamos en estas cuando el patrón de El Yunque se acercó otra vez:

–¿Qué van a querer de postre? Tengo flan, tengo cuajada; como fruta, tengo plátano o melón, tengo…

–…

Se quedó remoloneando por nuestros alrededores –con la mascarilla tristemente caída hasta la prognata barbilla–, fingiendo anotar el pedido en una libretita, lo cual era innecesario siendo nosotros los únicos clientes, o sea, espiándonos para saber qué nos llevábamos entre manos.

–En cuanto al eterno retorno… –mascullé, lanzando en dirección al patrón una mirada tan fulminante y homicida como sus mismos aerosoles, una mirada que tuvo la virtud inmediata de alejarle a buscar refugio en las cocinas.

Andrés, ajeno, como sabio al que no distraen de sus meditaciones las contingencias culinarias de poca importancia, dijo:

–Lo sorprendente viene ahora. Porque ni en sus obras, ni en sus apuntes, Nietzsche trata apenas de ello. En los miles de páginas que escribió menciona esta noción contadas veces y, en esas pocas veces en que la menciona, no la explica ni siquiera sumariamente. ¿Por qué? Bueno, la idea misma le daba miedo.

Entonces se entretuvo en reconstruir las circunstancias académicas y vitales, ciertamente extraordinarias, que llevaron al filósofo a acuñar ese sintagma peligroso.

En la segunda mitad del siglo xix la máxima autoridad en filología en el ámbito germánico era Friedrich Wilhelm Ritschl, catedrático en Leipzig, especialista en Plauto y una eminencia académica; él era quien decidía quién era digno de ejercer la docencia en las cátedras de Filología de las universidades y quién no. Ningún nombramiento se decidía sin su asentimiento. Ahora bien, Basilea, que ya entonces era una ciudad próspera y con un formidable aliento financiero e industrial, tenía una excelente universidad financiada por los patricios locales, que eran gente con visión de futuro y consciente de la importancia de la educación superior para la formación de generaciones que, llegado el momento, tomasen el relevo en la exitosa dirección de los asuntos públicos. En 1869 había en la Cátedra de Filología Clásica una plaza vacante y los patricios de la ciudad le pidieron a Ritschl que les recomendase un nombre para ocuparla.

Ritschl les respondió algo así como: «Mi mejor alumno es el hombre que necesitan. ¿Quieren ustedes para esa cátedra un genio? Se lo mando mañana. Aunque está el inconveniente de que aún no ha presentado la tesis doctoral» (que era condición académica sine qua non para acceder a la cátedra).

Entre otros muchos elogios y ditirambos, la carta de recomendación dice: «De todos los talentos jóvenes que he visto desarrollarse en estos treinta y cinco años, nunca había encontrado a un joven tan tempranamente maduro como este Nietzsche. Ahora tiene veinticuatro años: fuerte, vigoroso, saludable, valiente moral y físicamente, con una constitución que impresiona a los de naturaleza similar. Además de esto, posee el don envidiable de presentar ideas, hablar libremente, con la misma tranquilidad como penetración y claridad. Es el ídolo y, sin quererlo, el jefe de toda la joven generación de filólogos aquí en Leipzig».

Ante tan cálido entusiasmo, los gentiles burgueses de Basilea, encogiéndose de hombros, decidieron saltarse la normativa y otorgarle la titulación al recomendado de Ritschl, reconociendo como tesis algunos artículos que había publicado en una revista universitaria de Leipzig y excusándole de la exposición pública de la misma; algo extraordinario, e impensable en Alemania, pero posible precisamente en Suiza.

Así se convirtió Nietzsche en el catedrático más joven de su tiempo en la especialidad de Filología, cuando precisamente él ya estaba pensando en cambiar el campo de sus estudios hacia la ciencia y la filosofía. En cualquier caso, las previsiones de Ritschl distarían mucho de cumplirse, y fueron desmentidas por los hechos. Nietzsche durante aquellos diez años en Basilea (1869-1879) impartió cursos competentes sobre la escritura y el estilo de Platón, sobre la retórica, el ritmo y la historia de la literatura griega y, en fin, sobre todos los temas que la universidad le pidió, pero El nacimiento de la tragedia, su primer libro, publicado mientras ocupaba la cátedra, presentaba tesis atrevidas, intuitivas y provocadoras apenas sustentadas en un aparato documental científicamente discutible. Y, aunque allí Nietzsche se «inventó» los filósofos presocráticos, y luego ha sido el libro que ha proporcionado todos los conceptos de la moderna filología grecolatina, entre ellos el de la dicotomía entre lo apolíneo y lo dionisíaco, fue piedra de escándalo y desautorizado por la academia. El mismo Ritschl lo definió como un ingenioso galimatías.

Tampoco resultó, el pobre profesor, físicamente «fuerte, vigoroso, saludable», sino más bien todo lo contrario. Su salud estaba seriamente quebrantada y deteriorándose, perdía la vista a gran velocidad, padecía unas migrañas dolorosísimas, y al cabo de diez años, a los treinta y cinco de edad, incapaz de asumir sus obligaciones docentes, tuvo que retirarse de la enseñanza. La universidad le trató muy generosamente y le concedió una pensión modesta pero suficiente.

Con el sustento así garantizado, jubilado a los treinta y cinco años, liberado del yugo del trabajo asalariado pero cargando a cambio la cruz de una salud pésima, en adelante pudo dedicarse exclusivamente a pensar, a escribir y a viajar por los lugares más bellos de Europa en busca del que fuese más adecuado a su salud, que iría empeorando fatalmente, hasta llevarle a la demencia, el manicomio y la muerte prematura. Pero entonces todavía estaba lejos de ello. Lejos todavía del año de su catástrofe, 1889, anunciada por la carta a Jacob Burckhardt que decía: «Querido señor profesor, al final preferiría ser catedrático en Basilea que Dios, pero no podía llevar mi egoísmo al extremo de no crear el mundo».

Ahora peregrinaba por las alturas europeas buscando el lugar ideal donde vivir con el mínimo dolor. Todos los que visitaba eran demasiado altos, o demasiado bajos, o demasiado fríos, o demasiado cálidos… Hasta que en 1881 descubrió Sils-Maria, en la Alta Engadina: una estrecha franja de tierra entre dos lagos, rodeada de agua, cielo y montañas. Y desde entonces pasó en aquel lugar perfecto todos los veranos.

Había en aquel pueblito algunos hoteles, pero resultaban caros para él y le obligaban a socializar más de lo que le convenía, de manera que alquiló una habitación espartana, al precio de un franco al día, en la casa del alcalde, una casa con huerto donde cultivaban verduras, jardín y gallinero y un colmado donde podía adquirir algunos alimentos, aunque él solía hacer sus comidas en alguno de los hoteles. Este era un arreglo extraordinariamente ventajoso para pensar. Aunque aquel verano pasaba un frío y sufría unos dolores tremendos. Cuando podía levantarse daba desde allí los largos paseos, las caminatas meditabundas que le gustaban. Y el día 3 o el 4 de julio de 1881 cuando andaba a través de los bosques, junto al lago de Silvaplana, camino a las faldas del imponente pico Corvatsch, y «a seis mil pies más allá del hombre y del tiempo», entonces, «junto a una imponente roca que se eleva en forma de pirámide, no lejos de Surlei, me detuve. Entonces me vino este pensamiento»…

Buscamos la primera formulación del «eterno retorno de lo idéntico», el aforismo 341 de La gaya ciencia, que se titula «El peso más pesado», que Andrés leyó en alemán y a renglón seguido tradujo para mí. Aquí lo copio de su traducción impresa:

¿Cómo te sentirías si un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más solitaria de tus soledades y te dijera:

«Esta vida, tal como la estás viviendo ahora y tal como la has vivido [hasta este momento], deberás vivirla otra vez y aún innumerables veces. Y no habrá en ella nunca nada nuevo, sino que cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro y todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida deberá volver a ti, y todo en el mismo orden y la misma secuencia –e incluso también esta araña y esta luz de la luna entre los árboles, e incluso también este instante y yo mismo–.

¡El eterno reloj de arena de la existencia se invertirá siempre de nuevo y tú con él, pequeña partícula de polvo! ¿Acaso te lanzarías al suelo rechinando los dientes y maldecirías al demonio que te hablara de esa forma? ¿O has vivido alguna vez un instante extraordinario, en el que hubieras podido responderle: «¡Eres un dios y nunca he oído algo más divino!»?

Cuando un pensamiento así se apoderase de ti, te metamorfosearía, tal como eres, o tal vez te trituraría; ¡la pregunta sobre cualquier cosa «¿quieres esto otra vez y aún innumerables veces?» se impondría sobre tu actuar como el peso más pesado! O, [podríamos preguntarnos] ¿qué tan bien dispuesto debes estar hacia ti mismo y hacia la vida para no desear ninguna otra cosa que no sea esta última, eterna confirmación, este sello?

 ¿Si un demonio, comentamos, después de leer el aforismo entero, si un demonio se infiltrase en la más solitaria de mis soledades? ¿En la más solitaria de mis soledades?… Lo que me ha gustado de Nietzsche siempre, y ya cuando lo leía y comentaba con Laguna, ha sido, más que las ideas, los recursos de su estilo lapidario, ese relampagueo de frases vigorosas y exaltantes, ese humor juguetón un tanto tenebroso y amenazador, esa alquimia de las palabras que el profesor se esforzó en preservar en sus estupendas traducciones, de manera que estoy seguro de que no se pierde nada en la traducción cuando me sorprendo recordando algún aforismo especialmente brillante. Este, en cambio, deja perplejo, porque… es infantil. «¿Qué pasaría si un día un diablo se introdujese…?». Es una niñería….

Total
2
Shares