A todo esto habíamos acabado de comer, salimos al fresco de la tarde y anduvimos por la ciudad, desierta a la hora de la siesta, una siesta que Llívia había decidido prolongar hasta casi el anochecer. Las sombras de los árboles raquíticos eran más largas. Se había levantado un poco de frío. Andrés había esperado a que nos diera un poco el fresco de la tarde para explicarme sus conclusiones. Iba diciendo que, en realidad, sobre el eterno retorno no se puede discutir, pues la visión y enigma no pasa de ser una hipótesis, pero no un concepto…
Y me hizo entrar en The Wine Palace, una espaciosa y bien surtida tienda de licores, con grandes escaparates, para regalarme, como recuerdo de nuestra conversación, una botella del mejor aperitivo del mundo. Sosteniéndolo en las manos mientras él pagaba, entendí que aquel regalo además de un gesto alegre y amistoso conjuraba un poco la frialdad de la tarde de Llívia, la melancolía de la despedida y la relativa decepción, pues al fin y al cabo mi gestión para descifrar el enigma que hasta allí me había llevado había sido estéril y sabía que para siempre la fórmula nietzscheana seguirá siendo un callejón sin salida. Dentro de ese otro callejón sin salida que es la vida misma. Me tocaba volver a mi monólogo interior en el coche, de vuelta a Barcelona, a mis recuerdos de Juan Laguna y yo, como estudiantes, hablando de Nietzsche y sin ninguna sospecha de lo que nos pasaría luego, lo irrepetible, lo inevitable. El lago de los cisnes, el relámpago en la memoria que ilumina una pista de autos de choque en una feria vacía bajo los pinos. Las dos emigrantes suramericanas, tan distintas….
Viéndome así, con mi botella de Punt i Més en las manos y el ceño fruncido, Andrés se sonrió e hizo un esfuerzo por animarme; y fue como si me palmease la espalda que dijo:
–Este excelente aperitivo, esta alegría embotellada quizá te endulzará el disgusto que mi escepticismo sobre el eterno retorno de lo idéntico te ha causado; es un antídoto estupendo, pero en cualquier caso te recomiendo que para el primer trago lenitivo esperes a haber llegado ya a Barcelona, no se te ocurra ir bebiendo por el camino…
–Descuida.
Lanzó un suspiro y luego dijo:
–Mira… Yo creo…, a veces pienso que él acuñó ese constructo no solo como un desafío moral inmenso, que es el de aceptar lo hecho y lo porvenir hasta el final (pues hace falta ser valiente, y no solo valiente sino heroico, y más aún superhombre para decir «a lo hecho pecho»: ¿Que algo fue horriblemente mal? ¿O bien? «¡Pues que vuelva!»), sino también para tratar de resolver un problema profundamente filosófico, que es el de la conciliación de la idea del mundo fluido de Heráclito con la solidez del ser de Parménides; es un intento formidable, porque durante toda la historia de la filosofía occidental se le ha dado al asunto mil vueltas y nadie ha conseguido nunca hacer compatibles ser y devenir. Pero, si somos un poco rigurosos, «eterno» es «ser», y lo que «retorna» implica una fluidez, significa devenir. Lo que es eterno no puede volver, pues nunca se ha ido ni se irá; y por la misma razón lo que vuelve no puede ser eterno. Así que la idea es contradictoria en sus propios términos. Hay un cortocircuito de la lógica del lenguaje. Estamos ante un enigma esotérico que, igual en esto a los dogmas católicos, solo se aguanta sobre el terreno de la creencia.
Y así se acabó el diálogo que hasta allí me había traído; aunque todavía estuvimos, mientras empezaba a anochecer y la temperatura descendía, un buen rato por la calle Mayor recordando a otros autores a los que ambos veneramos, y también hablamos de temas más ligeros –aunque no mucho más ligeros–. Era hora de regresar, así que me subí al coche y dejé en el asiento de copiloto la prestigiosa botella, que tengo aquí delante sobre mi mesa mientras escribo esto, y luego, antes de arrancar, miré por el espejo retrovisor a Andrés alejándose de espaldas como Nietzsche, como Nietzsche que hubiera vuelto y se volviera a ir, e ir encogiendo en el azogue hasta desaparecer, engullido por las calles de Llívia, y yo también me alejé, en dirección contraria, de vuelta a Barcelona, y, mientras circulaba y pensaba, y recordaba y fantaseaba, reducido a la vida mental, me fui poco a poco reduciendo más hasta ser un punto en la carretera, solo un átomo, y, enseguida, nada.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]