Iba pensando en Juan Laguna, que era la persona más inteligente que he conocido nunca, inteligente hasta el punto que a una edad temprana se le hizo literalmente imposible seguir entre nosotros; cuando éramos estudiantes venía a mi casa y juntos preparábamos los exámenes, pero en vez de someterse al «yunque fonológico» y demás disciplinas académicas que sabíamos que nos llevarían por los caminos más trillados y bien pautados a la muerte, como si la aceptásemos de antemano y sin prestar resistencia, trazaba sobre el reverso de los apuntes diagramas correspondientes a la relación entre conceptos abstractos y flechas del tiempo: tiempo y lenguaje y la convicción nietzscheana de que «hasta que no hayamos acabado con la gramática no habremos acabado con Dios».

En cuanto al tiempo lineal, el final del trayecto de la flecha es la muerte inevitable, y, en cambio, el tiempo circular, según lo concebían las civilizaciones agrícolas antiguas, los mitos indios y tradiciones babilónicas, y lo explicaba Mircea Eliade en un libro que por entonces acababa de publicarse, una realidad secreta y eterna que lo devuelve todo, una y otra vez. Y recuerdo que una noche, en medio de una discusión altamente filosófica, le dije a Juan Laguna que los conceptos de eternidad, o sea, de infinitud, son inconcebibles y solo un juego del lenguaje, y la negación de atributos que verdaderamente sabemos que corresponden a las manifestaciones del ser, que son lo acotado, lo limitado. Por toda respuesta Juan masculló algo mientras me miraba con aquella distancia infranqueable, con aquella mirada distante, distante infinitamente, distante eternamente…

Pero si hemos de aceptar la infinitud, en la que sí cabría el eterno retorno de lo idéntico, entonces lo que tiene que pasar infinitas veces ya ha pasado también infinitas veces, lo cual, le dije a Juan, se contradice con la certeza que tenemos de vivir la vida como una continua sorpresa, sin ensayos. Así, por lo menos, es como la sentimos, y, por consiguiente, el eterno retorno no cambiaría nada en nuestra experiencia, ni en nuestra conciencia. Iba yo pensando en Juan, en aquellas conversaciones, en su mirada algo despectiva como si él estuviera en posesión de un conocimiento terrible que no considerase que valía la pena compartir con nadie…

La cinta de la carretera se fue elevando, por fin, y lentamente emergiendo de la niebla ascendía, ya a la plena luz del día, por la cuesta pronunciada de un macizo montañoso, y después de una serie de túneles cortos me metí en el túnel del Cadí: una obra colosal de ingeniería faraónica, de varios kilómetros de longitud, última manifestación de la noche de ignorancia de donde venía. Y al salir del túnel apareció desplegándose, majestuosa y colosal a pleno sol, la sierra del Cadí, cadena de montañas pirenaicas de una altura y pureza imponentes, con las crestas y los picos nevados, paisaje que por fuerza debe de parecerse al de los macizos de la Alta Engadina que tanto complacían a Nietzsche. Me iba, pues, acercando con paciencia al conocimiento. La cinta de asfalto serpea entre las altas montañas, salvando los precipicios que se abren a sus pies, por orgullosos viaductos sostenidos sobre pilares ciclópeos, a tal altura que el viajero tiene la sensación de que si baja la ventanilla y estira el brazo alcanzará a rozar con la punta de los dedos las cumbres nevadas del conocimiento, quiero decir, del Cadí.

 

II

Antes de cruzar la frontera hice un alto en Puigcerdà, ciudad a la que no había vuelto desde que era chico y de la que guardaba un recuerdo muy intenso aunque pequeño: un latir arrítmico en la zona del fondo de la memoria. Jirones de visiones. Recordaba unos carritos tirados por burros, alrededor de un estanque con cisnes, y éramos varios…, algo que pasó…

Y ahora, al escribirlo, recuerdo, junto al estanque, a la sombra de los pinos, unos tristísimos autos de choque…

En las mesas de la primera cafetería que encontré varios grupos de jóvenes excursionistas, con las mochilas en el suelo o colgadas del respaldo de la silla, tomaban grandes tazones de café con leche y vasos de naranjada y devoraban bocadillos de jamón con un apetito mitológico, como si regresasen de la larga marcha que aún no habían emprendido, ajenos por completo –o eso me parecía– a preocupaciones filosóficas, y atendidos por una camarera mulata, de origen suramericano, de rostro anodino, de baja estatura, de caderas anchas, de piernas cortas, de zapatos…, de zapatos…

¡Al demonio con los zapatos!

Volviendo al rostro: estaba cortado al hacha y mostraba esa expresión pacífica, sumisa, resignada, de una raza atropellada por un ultraje sistemático, no ya secular sino milenario, tan cruel e implacable que es incomprensible, de manera que su inteligencia se desenchufa del mundo, se apaga y se refugia en una permanente pesadumbre…

Zapatos planos. Y vestía un uniforme descolorido bajo el delantal.

Cuando los excursionistas no le estaban pidiendo otra ronda de bocadillos –era evidente que estaban haciendo acopio de energía para afrontar una jornada de gran esfuerzo y desgaste físico subiendo y bajando alegremente por las montañas–, la camarera volvía junto al mostrador, dejaba la bandeja y reanudaba la interrumpida conversación con una joven de su misma etnia, que tenía una sonrisa muy agradable.

En realidad toda ella era muy llamativa. Estaba a punto de irse, y llevaba a un bebé recién nacido en un cochecito. Aunque las dos eran mestizas y, a juzgar por la melodiosa particularidad del español que hablaban, provenían del mismo país americano, tenían un aspecto muy diferente e incluso diría que inverso. La cliente era alta, fina, de largas piernas, de formas suculentas. Desocupada, enjoyada, lucía un bonito anorak rojo de Benetton, con la capucha ribeteada de pelo artificial; un decorado completo –sí, también unas botas de buen cuero, de medio tacón– que remataba con el gran trofeo de la femineidad: el bebé.

Obviamente, la situación social de las dos mujeres, que se hablaban cariñosamente, como amigas, era también muy distinta. La suerte les había dispuesto destinos inversos, pero a las dos las había llevado precisamente hasta Puigcerdà; y en Puigcerdà, allí exactamente.

Para la camarera, la cafetería era el altar sacrificial de su propia vida; para su amiga alta, un sitio donde entrar en calor con una amistosa taza de café en esas mañanas tan frías del invierno al pie de los Pirineos y detenerse a charlar con su compatriota, y así, en la conversación, reanimar el contacto mental con el cálido país en el que las dos crecieron, lejos, en ultramar, a través de la entonación característica del idioma, tan evocadora de experiencias y recuerdos y muchas otras cosas inefables…

No era difícil deducir, tanto por los datos que me brindan la experiencia como por las estadísticas, que la camarera lleva una vida relativamente apretada, en la linde de la pobreza, sin permitirse lujos ni caprichos de ninguna clase; hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que tenga a su familia en Suramérica, esposo e hijos a los que envía cada mes, con regularidad de metrónomo, las tres cuartas partes de su sueldo, como suele ser el caso de estas mujeres inmigrantes, para pagarles la alimentación y los estudios, y que compren una casa donde supone que pasará con ellos los últimos años de su vida, entonces ya mantenida por sus hijos, que mientras tanto y gracias a su abnegación se habrán convertido en profesionales acomodados, desclasándose hacia arriba, integrándose en las capas burguesas y más acomodadas de la sociedad.

Hay otro alto tanto por ciento de posibilidades de que lleve algún tiempo bregando con la burocracia, haciendo colas ante ventanillas, reuniendo documentos para conseguir «los papeles», nacionalizarse española y regularizar su situación laboral.

Mientras que la bella clienta ya es española desde el día que llegó; su atractivo sexual y juventud le habían permitido casarse con algún burgués catalán. Algún acomodado vecino de Puigcerdà, probablemente, un hombre antes divorciado, y algo resentido con las mujeres, que se prometió no dejarse enredar nunca más, pero pasó por Suramérica en viaje de turismo o de negocios, entró casualmente en contacto con ella y se encaprichó de su belleza.

Como disponía de tiempo me permití perder unos segundos imaginando también la relación que la bella sostendría con su marido, hombre cuarentón y extrovertido, muy ordenado, al que tiene por muy buena persona, sin que esta opinión sea óbice para que ella tenga un amante, quizá un joven parecido a aquellos excursionistas que estaban desayunando copiosamente en las mesas, y a los que yo les encontraba un no sé qué simiesco; solo que el amante es más guapetón, tiene una sonrisa pícara y la particularidad de que en mañanas así prefiere a las excursiones montañesas otro tipo de actividad física, en la que es imprescindible la cooperación de la bella, que salió, iluminando el local con una sonrisa de despedida y empujando el carrito del bebé cuidadosamente para salvar sin tropiezos el escalón tras el umbral: se dirigía a visitarle… Al cabo de quince minutos ya estaría retozando, con el bebé dormitando en el carrito, al mismo pie de la cama…

En cambio, su amiga la camarera seguiría atendiendo a aquella clientela durante varias horas más y…

Le dejé una gran propina: dos euros.

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