
Hiram Ruvalcaba
Todo pueblo es cicatriz
Random House
232 páginas
Existen pocos emplazamientos mexicanos tan potentes desde lo literario como la zona sur del Estado de Jalisco. Paisajes de esta parte de la entidad federativa fueron recreados por la pluma de Juan Rulfo, y Juan José Arreola ubicó La Feria (1963) en su natal Zapotlán el Grande, en el contexto de las celebraciones en honor a su patrón. También nació en este último municipio Hiram Ruvalcaba, quien sitúa en la región su novela Todo pueblo es cicatriz (2024), publicada por Penguin Random House. Se trata de una obra repleta de fantasmas. Por una parte, con estos homenajea al genio creativo de dos grandes maestros de la escritura latinoamericana como Rulfo y Arreola, evocados en diversos pasajes del libro; y, por otra, y de mayor importancia, simboliza y recuerda a diferentes víctimas de la violencia en un territorio no menos fantasmagórico donde sus paisanos se han acostumbrado, tristemente, y desde hace mucho tiempo, a convivir con ella.
Ruvalcaba, periodista y profesor de Literatura, se sitúa en esta obra en el lábil terreno de la autoficción, apostando por la hibridez genérica y la ambigüedad a la hora de combinar lo factual con lo fabulado, como constata en la advertencia inicial: «Todo lo que se lea a continuación deberá considerarse invento de la imaginación. Una mentira. Excepto lo que es verdad». En las páginas de Todo pueblo es cicatriz se evocan, especialmente, tres asesinatos que han marcado la existencia del autor: el de su vecina Sagrario, el de su tío Antonio Ruvalcaba y el de la maestra Rocío. Casos individuales que no son excepcionales en una región bañada por la sangre, pero cuya rememoración le sirve como punto de partida para reflexionar sobre la violencia estructural en múltiples dimensiones, desde las matanzas de los narcos hasta los recurrentes feminicidios, aportando cifras reales escalofriantes.
El caleidoscópico retrato de la violencia se despliega desde una singular estructura formal, con una narración no cronológica en primera persona en la que su autor confiesa como gran propósito comprender el corto paso por el mundo de tantas vidas arrebatadas antes de tiempo. Así, Ruvalcaba se mueve de víctima a víctima, recuperando detalles de los diferentes casos, en un proceder que tiene concomitancias con el empleado por la chilena Nona Fernández en La dimensión desconocida (2016), donde el recuerdo a las víctimas reales de la represión dictatorial de Pinochet se realizaba apelando a la imaginación.
Ruvalcaba, también como protagonista, ejecuta un continuo viaje entre el pretérito, desde donde recupera la memoria de los asesinados, y el presente narrativo, en el que especula sobre cómo ha cambiado el panorama en los últimos años, incurriendo en guiños metaficcionales. Sus conclusiones, no obstante, son pesimistas: un cuarto de siglo después del asesinato de Sagrario en 1996, la primera vez que escuchó unos disparos, –«La última vez que dormí tranquilo tenía ocho años» es la impactante sentencia con la que empieza la novela– nada ha cambiado, pues hacia 2018 aún el 90% de los asesinatos del país permanecían impunes.
Otra temática de gran relevancia es el lenguaje. Explica que los feminicidios, hasta hace muy poco tiempo, se denominaban «crímenes pasionales», concepto popularizado por los medios periodísticos y con una intención atenuante para el asesino –tema objeto de reflexión destacado, por cierto, en El invencible verano de Liliana (2021), la premiada obra de Cristina Rivera Garza con la que pueden trazarse singulares paralelismos–. También se denuncia la ranciedad de comentarios expresados por el personal de justicia o de la policía como inequívocas formas de violencia verbal y, no sin autocrítica, se explica el daño que ha tenido siempre el silencio cómplice del vecindario, o los rumores esparcidos con malevolencia, siendo las mujeres las principales víctimas: entre 1985 y 2016 fueron asesinadas en México 52.000 mujeres, según recoge un informe de la ONU citado por el escritor.
También incide el autor en cómo ha cambiado el país desde 2006, con el inicio de la Guerra contra el Crimen Organizado, o en el impacto agroindustrial que transforma su región. Es una novela donde la memoria resulta clave, y en la que se alerta del peligro que trae el olvido: ¿se puede volver la muerte violenta, cuando se normaliza, un suceso soportable? Es desde este punto, en la parte final de Todo pueblo es cicatriz, donde se atisba un pequeño halo esperanzador: como expone la hermana de una de las víctimas, quizás haya que perdonar y recordar, apostar por la justicia y no por el odio y la venganza. Tal vez esta sea la manera de que, en el futuro, los únicos fantasmas que pueblen el sur de Jalisco sean los de la literatura de autores como Rulfo o Arreola.