
Inés Garland
Diario de una mudanza
Alfaguara
171 páginas
cuando miro hacia abajo puedo ver cosas que,
si las viera una mujer joven,
la harían gritar
Más vieja
Sharon Olds
Está lo que los libros dicen y está lo que los libros dejan. Podríamos pasarnos la vida comentando lo que los libros dicen, en ese juego especular de interpretaciones y proyecciones que hace cada lectora, cada lector. Lo que los libros dejan, en cambio, es mucho más difícil de ponderar porque no siempre se elige y porque una parte importante de la literatura pasa por construir o deconstruir las lecturas que hace una sociedad en un momento determinado. Por ejemplo, una podría enumerar las razones por las que vale la pena leer Suaves caen las palabras de Lalla Romano (Libros del Asteroide, 2015), pero jamás podría admitir por qué, cada vez que pelea con su hijo, siente vibrar dentro la voz de aquella narradora que mostraba con tanta lucidez cómo se puede despreciar a un hijo sin dejar de amarlo.
Diario de una mudanza de Inés Garland dice muchas cosas. Habla de los traslados de una mujer que vive Buenos Aires y que, a través de los cambios de casa, cuenta otras mudanzas: las del cuerpo, las del deseo, las del idioma y en las formas en las que asiste a los discursos de los demás: a las frases de los amantes, las sentencias de los médicos, los comentarios banales de los vecinos, las palabras de un mal polvo después de una fiesta o las respuestas del «hombre-carpintero», que insiste en la memoria de la narradora como el último amor romántico. Es decir, Diario de una mudanza registra la manera en que una mujer se relaciona con los discursos de los hombres. Pero no lo hace desde el listado de las frustraciones o cuentas pendientes, sino desde el anhelo de tacto y comprensión. Y eso, que en este momento podría considerarse poco feminista o demodé, para mí es una hermosa declaración de intenciones que funciona, por usar un término de la crítica literaria, como un efecto realidad. ¿Qué piensa y, sobre todo, cómo vive una mujer de sesenta años su físico, su erotismo y sexualidad, sus ganas de vivenciar al otro en sí misma, y a sí misma en el otro? «En los días malos, se me da por repasar los agravios como si fueran las cuentas de un rosario porfiado. En los días buenos, me asombra la manera en la que di por sentado que merecía cosas que ahora me parecen un regalo fortuito y me pongo a agradecer la bondad de personas que no vi nunca más».
Hay una distancia entre ella y ellos, y el texto repasa los distintos puentes que la mujer cruzó para intentar salvarla. Uno es el cuerpo, el encuentro, el deseo. El otro son las palabras. A la narradora le sobran motivos para odiar al hombre que intentó violarla en su juventud en Londres, pero después de contar la anécdota, piensa: «Sigo sin enojarme del todo con él. No sé de qué se trata esta pregunta. No es un tema de culpas… La emoción que intuyo, pero a la que no accedo, está encerrada, sitiada por la historia de las mujeres». Como si detrás del dedo que asigna responsabilidades a quienes «me humillaron cuando estaba iluminada por la potencia de mi deseo», hubiera un espíritu exigente intentando alcanzar al otro como lo otro. Y esta es una de las principales luces que deja el libro de Garland, su fuerza, no porque la narradora hable fuerte, sino porque jamás justifica ni se avergüenza de su deseo de conectar con los demás.
Inés Garland es escritora, traductora, tallerista y periodista. Ha publicado novelas, cuentos y su literatura infantil y juvenil ha sido traducida a varias lenguas y reconocida con el premio Deutscher Jugendliteraturpreis (Alemania, 2015), el Strega Ragazze e Ragazzi (Italia, 2021) y en Argentina acaba de recibir el Premio Konex de Platino. Ferviente traductora de Lorrie Moore, Jamaica Kincaid, Lydia Davis y Sharon Olds, en Diario de una mudanza despliega esa capacidad para unir cosas diferentes que tienen las personas que se pasan el día trasladando el sentido de un idioma a otro. Como cuando la narradora se agarra el culo y piensa: «Leí la frase y encontré el adjetivo alimaña que describía lo que yo tocaba. Quizá la carne se me volvió arena. Soy una mujer llena de arena, voy dejando rastros de mi propia erosión cada día».
Recuerdo que 2017, cuando Marta Sanz publicó Clavícula (Anagrama), se hablaba mucho del modo en el que el libro “instalaba” literariamente la crisis de una mujer madura que tenía la responsabilidad económica del hogar, con un matrimonio de muchos años y padres mayores a los que cuidar, mientras narraba con desconcierto un dolor sin diagnóstico ni tratamiento en la zona de la clavícula derecha. Entre el pudor y el golpe en la mesa a los temas considerados típicamente femeninos en la literatura del yo, Sanz se detenía en una zona inexplorada y carente de todo glamur: el malestar existencial de las mujeres en un momento muy preciso de la vida. Pero ahí donde Sanz prefería evitar ponerle un nombre al malestar, Garland lo dice con una sonrisa: menopausia.
No se trata de una sonrisa alegre.
Es la sonrisa amable que brota tras un fatigoso proceso de adaptación.
Ese proceso se llama climaterio, y mientras la neurociencia se esfuerza por demostrar que provoca una reorganización total del cerebro femenino, la mujer lo vive como una etapa desconcertante, de síntomas múltiples y esquivos, en la que es «más llevadero distraerse que enfocarse» y en la que «la mancha de un rosa pez/ hace pensar en huesos que se diluyen… No trae noticias / ni malas ni buenas». Garland toma nota de ese nuevo lenguaje del cuerpo, de los fríos nocturnos seguidos por un volcán de calor, de las menstruaciones cambiantes y de una forma de vivir el deseo que incluye, pero no se limita a la estricta penetración. Al igual que hacía Sanz, Garland constantemente evita el tono del lamento, jamás se considera víctima ni del paso del tiempo, ni las relaciones insatisfactorias, ni de la soledad. «No estoy segura de que la menopausia se atraviese. Más bien diría que es ella la que nos atraviesa a nosotras».
El trayecto que va del climaterio a la menopausia es un proceso que puede durar muchos años, pero ya sabemos que la estación final tiene un cartel grande y luminoso con la palabra vieja. En ese sentido, Diario de una mudanza es un libro de iniciación. Acompañamos la evolución física, moral, psicológica y social de una mujer que está aprendiendo a vivir el presente con todo su pasado a cuestas. Y al igual que en una novela de aprendizaje, lo interesante no es el final sino el paso a paso que va del desconcierto a la liviandad, de la nostalgia al arrojo. Los cambios del cuerpo son también cambios del espíritu y la puerta a la vejez se cruza con una importante crisis de identidad. «Lo que me destroza la personalidad es el adjetivo fofo aplicado a mis tetas o la perspectiva de menstruar para siempre». Simbólicamente, dejar de menstruar se parece mucho a liberarse de intermediarios: ahora que el culo y la piel pierden firmeza, ahora que los fríos y calores son una compañía habitual, la narradora puede dejar atrás el runrún dramático de algunas guerras y buscar su propia manera de convertirse en vieja.
Hoy algunos medios hablan de un «boom de libros sobre la menopausia», una ola de novedades que van de la crónica al ensayo, de la autoayuda al poemario coral en torno al climaterio y la última regla. No pienso desperdiciar caracteres de esta reseña analizando esa supuesta categoría editorial, sería como intentar comprender el primer bocado de un melón de verano analizando la cantidad de fruterías del barrio. Más bien prefiero hablar de la naturalidad de la prosa sin pretensiones de Garland, de su capacidad para oscilar entre lo privado y lo mundano gozando el juego de las palabras. «La decisión de buscar otra manera de envejecer acaba de formarse. Todavía no sé envejecer». En ese camino, Diario de una mudanza consigue dejar abiertas puertas y ventanas por las que entra el aire a ciertas zonas de la intimidad a las que tenemos miedo y en las que ya no sirve de nada seguir aferrada a juicios morales.