Año 2010, era la primera vez que regresaba a Madrid después de haberlo intentado fuera, pero no sería la última. Volver a Madrid fue un poquito claudicación y un poquito cielo azul precioso (empate). Había vuelto de Granada, tras terminar Letras, para estudiar teatro en la escuela de arte dramático. No sólo lo estudiaba sino que descubría el teatro en sí, todo lo que me podía ofrecer la capital, la verdadera dimensión que podía ocupar en mi vida. El teatro era mucho más de lo que yo había imaginado. Mientras estudiaba asistía a dos o tres obras cada semana. Casi siempre iba solo. No necesitaba que ir al teatro fuese un acto social (aunque lo sea por definición). Asistir a una representación solo, a veces, se siente como el náufrago sobre un pequeño madero en medio del océano, o el senderista en el bosque profundo cuando anochece, o el alpinista que se pierde en la montaña en plena tormenta de nieve.
Inauguración del Festival de Otoño. La Casa Encendida. Quizoola! de la compañía británica Forced Entertainment. Era viernes. Entré en el patio de la Casa Encendida que tenía sillas desplegadas en abanico en varias filas llenando el espacio. No había casi nadie. Las sillas apuntaban a un pequeño espacio al fondo. Tiradas en el suelo, unas guirnaldas con bombillas blancas formaban un pequeño círculo a modo de candilejas. Dentro del círculo dos sillas. Nada más. Al empezar, dos actores vestidos de calle pero con las caras pintadas de payasos entraron al precario escenario. Lo que siguió fue uno de los eventos más importantes de mi vida: los dos payasos, sin salir del círculo de candilejas, se hacían preguntas y se las contestaban. Ni siquiera se las sabían de memoria. Tenían un gran cuaderno con más de dos mil páginas que iban consultando. A veces las preguntas eran complicadas, a veces eran sencillas. Los minutos pasaban. A cada pregunta, un payaso contestaba pero también contestábamos cada uno de nosotros en nuestra cabeza. A veces, las respuestas eran tontas o procaces, a veces personales e incluso de una intimidad dolorosa, a veces el payaso que contestaba lo hacía a su pesar, a veces al payaso que preguntaba no le valía la respuesta y repetía la pregunta. Las horas pasaban. La gente entraba y salía. Se fue haciendo de noche y la oscuridad cayó sobre el patio de La Casa Encendida. La pieza duraba seis horas. La gente se fue yendo. Los payasos permanecían en su empeño; iluminados por las precarias candilejas. Una pregunta tras otra, una respuesta tras otra. Cuando llevábamos cinco horas levanté mis pies y los apoyé en la silla de delante. Llevábamos tanto tiempo juntos, que me parecía estar en el salón de mi casa escuchando una vieja conversación entre mis padres. ¿Cuántas teclas hay en un piano? ¿Crees en el matrimonio? ¿Tienes las uñas limpias? ¿Te aburren estas preguntas? ¿Crees en la fotosíntesis? ¿Estamos perdiendo contacto con la realidad? ¿Crees en los fantasmas? Y entonces lo entendí: ese parsimonioso y perseverante empeño de dos payasos tristes por contestar preguntas hablaba de un fracaso. El fracaso de querer nombrarlo todo, conocerlo todo, atraparlo todo. El fracaso de vivir en un Universo del que no conocemos ni la más ínfima parte. El fracaso de saber que hay preguntas que no tienen respuesta. Y, sin embargo, qué conmovedora insistencia, pregunta tras pregunta, respuesta tras respuesta. Sólo para saber lo pequeños y hermosos que somos al mismo tiempo, lo irrelevantes y magníficamente singulares. Todo esto contado a través de una insistencia. Una repetición. Como el cantero que golpea la roca una y otra vez en el mismo sitio hasta que consigue abrir una grieta. Así: pregunta tras pregunta, respuesta tras respuesta, hasta abrir una grieta en la lectura del presente, los dos payasos de Forced Entertainment empeñados en contestar un quiz infinito.
La segunda vez que regresé a Madrid fue seis años después. Esta vez regresé de Praga y sus inviernos silenciosos y oscuros. Volver a Madrid fue un poquito huir de mi exmujer y un poquito el aperitivo de los domingos al sol con los amigos (empate). Volver de Praga fue tomar la decisión de construirme y contenerme en una aburrida cotidianidad. Aceptar que lo malo conocido era mejor que cualquier bueno por conocer. Nada más regresar mi amigo Juan Ignacio me regaló El discurso vacío, de Mario Levrero. Necesitas disciplinarte, me dijo, como si supiese a lo que me enfrentaba.
En El discurso vacío, Levrero decide dedicar su tiempo a unos ejercicios caligráficos bajo la premisa de que sólo mejorando su letra podrá mejorar su alma, podrá mejorar su vida. ¿No es preciosa la idea? A través de su diario asistimos a su empeño en someterse a los ejercicios y al discurso que surge de ese empeño. Pero si la perseverancia del gesto nos ofrece una primera belleza es cuando entendemos su imposibilidad que de verdad se produce la conmoción. Si en Quizoola! la imposibilidad era contestar a todas las preguntas y eso nos mostraba la grandeza del mundo y la pequeñez del individuo, en la novela, cada día, Levrero se sienta a hacer sus ejercicios y es interrumpido por el hijastro, la mudanza, el perro, una petición editorial, el gato, la desidia… Ningún momento parece el adecuado. Sin embargo, él insiste. Repite una y otra vez sus ejercicios, siempre que puede, día tras día. Se centra en la forma de las letras, el dibujo en el papel, el baile del bolígrafo. Pero he ahí un segundo imposible: vaciar el discurso. En cuanto el discurso es vaciado, expulsado de su continente como se expulsa de una casa al inquilino que no paga el alquiler, siempre hay un discurso nuevo dispuesto a ocupar (o incluso mejor: okupar) su lugar. Concentrado en el gesto de hacer una buena letra sin que el discurso moleste, es el cotidiano el que invade el discurso. Precisamente, lo cotidiano es lo que ejerce el doble fracaso: el de realizar lo ejercicios caligráficos que eleven a Levrero y el de vaciar el discurso. Mientras Levrero se queja por no tener un lugar en el que poder domesticar su letra entendemos que el discurso es indomesticable, y que, pese a nuestros empeños, muchas veces es el discurso el que nos lleva, nos trae, se impone, baila, se recuesta y nos mira, desaparece para ser sustituido inmediatamente, se transforma, persiste. Es el discurso el que niega el vacío y nos muestra la encadenada procesión de palabras y pensamientos que nos acompañan siempre.
Escribo esto en un tren. Me marcho, una vez más, de Madrid. Repito el gesto. No sé cuándo ni cómo volveré. Pero esta vez creo que entiendo que regresaré. Pues, de alguna manera, irme no es más que permitirme el regreso. O insistir en irme no es más que saber que es imposible irme para siempre. Que regresaré a Madrid y que será un poquito esto y un poquito aquello (empate). Y que será ese regreso el que dé la dimensión de lo que fue el viaje, qué significa este empeño, cuál es su belleza, dónde su fracaso.