
Tengo trece años, quizás catorce. Cruzo la plaza central escuchando OK Computer en un discman atacado por interrupciones aleatorias, saltos de un segundo o dos que me devuelven de repente al silencio seco y despiadado de mi ciudad natal. Las calles están vacías y los árboles se agitan sacudidos por un viento que, acorazada por la voz de Thom Yorke, no puede tocarme. Tengo la impresión de que las copas verdes se acompasan, en realidad, a la música; que no es precisamente el viento sino lo que suena en mis auriculares aquello que las pone a bailar.
Hay una disquería, a pocas cuadras de ahí, en la que se pueden escuchar las novedades de la temporada antes de decidirse a comprarlas. Internet ya existe pero todavía no sabemos cómo usarla. Frente a las bateas, y como gran atracción, pusieron reproductores fijos en las paredes. Son cajas de plástico transparente a través de las cuales vemos girar el brillo de nuestros pequeños deseos. De esas cajas cuelgan largos cables rematados por una vincha de plástico con orejeras mullidas. Los oyentes se alinean como un ejército en corto, completamente abducidos, y así permanecen durante alrededor de una hora, hasta agotar las canciones disponibles, incluido el bonus track.
El siglo está terminando, comenzamos a acelerarnos, pero lleva semanas conseguir un puesto en la fila para el reproductor de Radiohead. Cuando me llega el turno, imito la solemnidad que he estudiado en mis antecesores. Son tan jóvenes como yo y se mantienen firmes, estoicos, las manos a los lados de la cabeza, atentos a lo que oyen como si el mismísimo dios les estuviese soplando las respuestas correctas a todos los exámenes del mundo.
Al fin me calzo los auriculares. La destrucción es automática.
Los seis primeros acordes de Airbag irrumpen, gloriosos, directamente desde el centro de la galaxia y a la velocidad de la luz. Son seis que se repiten y a la vez cambian, seis como la bestia, seis como el demonio, un dragón devastador dispuesto a regar de fuego el jardín inocente de mi mal gusto, de incendiarlo hasta que queden sólo cenizas, negrura, desperdicios de los que nacerán, tímidas y arrolladoras, las flores ponzoñosas de mi nueva sensibilidad. El riff cruza las décadas, agita el viento, tan extraño en Buenos Aires, que me golpea la cara con los últimos fríos del invierno. Pronto llegará la primavera. Tengo cuarenta años desde hace algunas semanas y no logro desenroscar un poema que me asedia, día y noche, igual que un perro perdido.
Fumo, me abrigo, salgo a caminar. La mañana del sábado se estira por la avenida. Aparece un verso, quizás funcione, pero lo olvido al girar en la esquina y me entretengo con las nubes.
La música lo cubre todo con su manto divino. Esta vez sé cosas que antes no sabía: los coros que le cantan a la lluvia en Paranoid Android no podrían explicarse sin los fantasmas de los monjes que habitaron la vieja mansión alquilada para grabar ese disco. Yorke, durante aquellos días, aseguraba escuchar voces que le daban indicaciones oscuras. Una vez, por ejemplo, le pidieron que se cortara el pelo. También sé que tomó el nombre de ese tema, al igual que el del disco entero, de una novela de Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico. Que el nombre de la banda fue tomado, a su vez, de una canción de los Talking Heads. Que compraron instrumentos y aparatos que todavía no sabían usar, y se encerraron en ese campo hasta dar el trabajo por terminado. Que antes de ellos, ahí había grabado The Cure. Que la mansión pertenecía a una de las chicas Bond, la actriz Jane Seymour. Que Robbie Williams mintió en MTV diciendo que en realidad, la propiedad era suya. Que días después salió a pedir disculpas. Que Radiohead terminó el trabajo en seis semanas y se fue dejando por todas partes notas y papelitos con instrucciones ilegibles, los desperdicios de su salvaje disco perfecto.
«Es como sacar fotos de cosas que pasan frente a vos a alta velocidad», declararon acerca del proceso de composición. Los imagino de gira, encerrados en un colectivo, las luces de los autos corriendo en dirección contraria, un leve mareo. De esa asfixia nacieron los borradores de OK Computer. Nadie querría regresar a un momento como ese. El propio Yorke confesó: «Ni siquiera lo puedo escuchar. Es como si me devolviese a un lugar que me hace sentir enfermo». Y también: «La música es como las matemáticas. Intentás generar patrones que expliquen el mundo alrededor tuyo, patrones que te lleven al día siguiente». Seis, seis, seis. La fórmula merodea el castillo de mi imaginación como un espectro a la espera de su oportunidad.
A fines de los noventas, la radio local desparramaba canciones lisas y relucientes por mi habitación. Yo bailaba, repetía las letras como un loro, me miraba en el espejo, soñaba con el amor. Cuando traje OK computer, tocó luchar. Nada parecido a la experiencia de los hits y los estribillos complacientes. No sé de dónde saqué la idea, pero me empeciné en ordeñar placer de la incomodidad que me producía ese disco abrasivo y oscuro. Al principio, me conformé con soportarlo. Después quise convertir la tolerancia en adoración. No fue simple, y me dio trabajo. Lo recuerdo con especial claridad: ese es el momento en el que torcí mi suerte.
Las melodías alternaban picos de furia y de nostalgia, daban por tierra con todo lo que había conocido hasta entonces, incluyendo los rudimentos de lengua inglesa que había conseguido en clases particulares. En mi humilde colección, Radiohead no tenía precedentes, precursores ni referencias para procesarlo. Era como escuchar por primera vez un trueno, sin haber conocido antes la tormenta. Boca arriba, escuchando el disco en loop, un portal se desplegaba en el cielorraso de mi cuarto. Nada podía compararse a la apertura de No surprises inmediatamente después de Climbing up the walls.
«Cuando comenzamos a grabar, tenía muchas ganas de hacer un disco que pudieras disfrutar sentado en un buen restaurante, un disco que durara, que fuera cool y se integrara al ambiente. ¡Pero no creo que haya modo de almorzar mientras escuchás OK Computer! Te tenés que sentar y dejar de hacer cualquier cosa que estés haciendo», dijo Yorke en una entrevista de 1997 a Jim Irvin.
Las gotitas metálicas repiquetean en mi cabeza, una y otra vez: estoy en la sala de espera de un hospital, en el subterráneo camino a la universidad, en una plaza viendo llegar a un amigo, en un museo con la mirada perdida, en el aeropuerto lista para despegar, prefiriendo la música al libro, infectada de amor, dolor o pereza, y de golpe un ancla de luz me hunde en los laberintos acuosos de mi corazón. Son precisamente esos los momentos en los que aparecen y se escapan mis poemas: los momentos que podrían musicalizarse con el xilofón de No surprises.