POR EDUARDO SAN JOSÉ VÁZQUEZ
El escritor chileno Jorge Edwards. Fuente: wikicommons.

En marzo pasado se cumplieron dos años del fallecimiento en Madrid del escritor chileno Jorge Edwards (1931-2023). Es momento de ensayar su posteridad y pensar cómo seguiremos leyendo a un autor que en ocasiones se adelantó a su hora literaria y preludió modos que pasaron inadvertidos o con la etiqueta de orden secundario en las décadas del Boom hispanoamericano pero que apuntaban en direcciones inexploradas.

La suya fue una generación en la que el éxito se franqueaba con una novela total, la «acromegalia» de la que se quejaba José Donoso en su Historia personal del boom. Mientras, Edwards entregaba obras que, lejos de la ambición del fresco histórico, del panóptico político o de la suma cultural, se limitaban a iluminar la cuña de realidad que abarcaba con la mirada, cuando no a hablar, con insultante aburguesamiento, de sí mismo, pidiéndole poco a la imaginación. Y así, no solo se puso a hacer crónica, sino crónica del yo, y hasta crónica ficticia del yo, si ello parecía posible, antes que la autoficción recibiera ese o cualquier otro nombre.

De novela, pues, se revistió la crónica familiar de su debut en la narrativa larga, El peso de la noche (1965); como novela volvió a presentarse la crónica política en Los convidados de piedra (1978) o El sueño de la historia (2000); de novela se disfrazó la crónica sentimental de La mujer imaginaria (1985) o El origen del mundo (1996); novela aparentaron ser las crónicas artísticas de El inútil de la familia (2004), La casa de Dostoievsky (2008) o El descubrimiento de la pintura (2011), obras de aparente afán menor que están entre las mejores suyas. Incluso los dos magistrales tomos de memorias, Los círculos morados (2012) y Esclavos de la consigna (2018) no son sino una dilatada crónica familiar y generacional. Y, sin embargo, el libro que lo singularizó en la historia literaria, Persona non grata (1973), es en realidad una novela embozada de crónica, la de sus meses al frente de la Embajada chilena en la Cuba de 1970, su involuntaria implicación en el caso Padilla y su expulsión del país por orden de Fidel Castro.

Sin duda, Jorge Edwards será recordado siempre por esta obra; y así no habría más cuestión. Pero es necesario concretar el orden y el uso de esa memoria: Persona non grata ¿es solo una crónica política sobre la revolución socialista en América Latina?; ¿la crítica acusatoria de quien, a pesar de un baño izquierdista y nerudiano no podía evitar su apellido patricio ni ser un recalcitrante?; ¿de verdad esa era la única crónica que tenía para ofrecer un autor chileno en el año de desgracia de 1973? La respuesta invariable es que ciertamente no, así como que las preguntas por las que espera esta obra son otras; porque la genialidad de Persona non grata, a la que la agudeza lectora del editor Carlos Barral dio ese título, está en ser una novela sin ficción sobre las relaciones entre el individuo y la historia, entre la conciencia y la política: una vindicación no solo individualista sino humanista, que por eso seguirá leyéndose en tiempos de la nueva alienación por venir, ahora de la mano del populismo algorítmico y la inteligencia artificial.

En alguna entrevista, Edwards declaró que le gustaría ser recordado como cronista, al igual que otros dos escritores chilenos diplomáticos: Vicente Pérez Rosales, autor de la prosa indefinible de los Recuerdos del pasado (1882), que bajo sus peripecias es una cabal historia de la vida privada; y el Alberto Blest Gana de Los trasplantados (1904), novela de latinoamericanos en París, de la mediocridad provinciana, de la melancolía chilena.

Podrían anotarse en la obra de Edwards dos modelos evidentes, Montaigne y Stendhal, que el chileno reivindicaba como hitos en la literatura del yo. Pero, más que de modelos, ambos le sirvieron quizá de precursores elegidos, como es conocido que Borges opinaba de la ansiedad de la influencia, a la que luego se refirió un crítico. Al autor de los Ensayos dedicó Edwards el autorretrato en tercera persona de La muerte de Montaigne (2011), interesado en los paralelismos políticos con quien, fiel a su conciencia personal hasta para aconsejar a los príncipes, pareció güelfo a los gibelinos y gibelino a los güelfos; conforme, al fin, en ese ostracismo. Al creador de La cartuja de Parma, maestro en oponer al sujeto con la historia —Fabrizio del Dongo perdido en un caos bélico que solo los lectores sabemos nombrar Waterloo—, planeaba dedicarle un ensayo. Pero poco hay que identifique de hecho su escritura con la de estos sedicentes modelos. Más bien, el alma y el espíritu de la obra de Edwards fueron otros dos ejemplos de la literatura francesa.

La comedia humana: escenas de la vida privada

Dice la leyenda que Balzac tenía un bastón de especial gala con el que se paseaba por salones, teatros y despachos, y que, cada vez que lo cambiaba de mano, tenía el poder de hacer invisible al escritor. Esto le permitía el sigilo para moverse sin ser visto, desde el gran mundo a los bajos fondos, y así tomar a sus anchas el formidable apunte del natural que es el ciclo de La comedia humana.

Pues bien, en la obra de Edwards, la política ha sido ese objeto mágico que permitió al autor deambular oculto por las estancias y alcobas de su verdadero oficio de historiador de la vida privada. No pocos cayeron en el señuelo político, y unos hicieron notar el bastón cambiado de la mano izquierda a la derecha y otros, qué hacerle, a la inversa: «momio» en traje de artista u oveja negra de su clase social. Notemos, es cierto, que el bastón balzaquiano era de especial gala, con puño de brillantes engastados en marfil, y que no aconsejaba internarse en los bajos fondos ni en las anchas alamedas. Podía acaso el autor —quien, al contrario que el advenedizo Balzac, era un legítimo Edwards de la alta burguesía chilena— hacer sus incursiones, pero siempre honesto y respetuoso con su condición de visitante. Así que el corte oblicuo con que Balzac atravesó la sociedad francesa Edwards lo ciñó a su clase. Ahí, espiando en el álbum familiar o en el boudoir, la historia o la política se revelan meros pretextos de las pasiones.

El loco amor

Arribamos, ahora, al inefable centro de la escritura. Si lo que anima el cuerpo material de la prosa de Edwards es la curiosidad balzaquiana ante la comedia humana, el espíritu —aquello que habla más profundamente de su creador— es Proust. En las páginas autobiográficas del chileno, la evocación más intensa del despuntar de la pasión lectora coincide en torno a los tomos rojos de la Recherche en la Biblioteca de la Pléiade. La escritura sin dirección, el derroche de tiempo, talento y ambiciones, imagen a su vez de la pasión gratuita, del amor insensato, superior: todo lo aprendió, maravillado, de Proust. El alegato humanista de la obra de Edwards se nutre de ese amor fou, aquel loco amor del Arcipreste, si se quiere: los amores imposibles de La mujer imaginaria, los celos artificiales de El origen del mundo, los cornudos enamorados de El museo de cera y El sueño de la historia; y, por ahí, el atolondramiento bohemio, las economías desarregladas, las vidas estrafalarias de todos los artistas, excéntricos, melancólicos y locos que pueblan sus páginas. El valor más hondo de la narrativa de Edwards es elevar la demencia a acto de resistencia. Hombre por demás prudente y medido, buscó la irracionalidad como reducto humano ante la razón política o la de estado.

Cuando su vida apuntaba al final, Edwards entregó dos novelas, La última hermana (2016) y Oh, maligna (2019), que no desmerecen su mejor literatura. La primera recuperó el caso real de su pariente María Edwards, la temeraria enfermera que en el París ocupado salvaba a los bebés de mujeres judías sentenciadas a muerte; y en su última novela volvió sobre Neruda, sobre el tema de los dos Nerudas: el poeta de orden e intelectual orgánico, frente al surrealista oscuro y hombre enamorado. Aquí es el joven cónsul en Rangún, loco de amor por una femme fatale, la nativa Josie Bliss, que había querido asesinarlo por celos.

En cuanto a Edwards, su gran locura fue quijotesca. Se lo preguntó Juan Cruz, en entrevista que viví como un regalo en su piso madrileño de Núñez de Balboa: cuál había sido su mayor locura. «Haber ocupado tanto tiempo con libros y papeles», respondió, «demasiados libros». Murió releyendo a los maestros de su más temprana vocación, que no fueron otros que Clarín y los noventayochistas españoles. Sobre todos, Azorín y Unamuno: del primero tomó el oído de la frase, en forma e intención; del segundo, la inquietud polémica, paradójica, la aversión a los sistemas y la mirada intrahistórica. Horas antes de fallecer, su hija Ximena, que protegió su última, insensata, vital voluntad de irse a vivir a Madrid, le sacó una foto leyendo junto a la cama una biografía de Pío Baroja.

Pocos lo saben: le gustaban las flores. Un ramo de pequeñas flores blancas, azules, amarillas; hinojo o espliego engastado en otras hierbas del camino, ¡ningún ramo buchón! Ese era el mejor presente que podías llevarle a la casa en sus últimos días madrileños. Testigo excepcional de su época, fue un hombre vividor y mundano, en el mejor sentido de las palabras.

LECTURAS ESCOGIDAS

Persona non grata (1973)

El libro que cambió su vida y confirmó su obra. En 1970, Edwards, diplomático de carrera, fue destinado por Salvador Allende a reabrir la legación chilena en La Habana, interrumpida desde el triunfo de la Revolución cubana. Las tensiones entre el parlamentarismo allendista y el totalitarismo castrista coincidieron sobre el joven agregado, quien además cometió la torpeza de frecuentar a figuras tan incómodas como ingenuas de la sociedad literaria habanera: Heberto Padilla, Severo Sarduy, Lezama Lima («¡Cuente usted que aquí pasamos hambre!») y el círculo de Casa de las Américas protegido por Haydée Santamaría. El caso Padilla, con la desaparición del escritor y su autoconfesión pública, tomó de lleno a Edwards, quien inició un registro escrito de esos días, hasta su expulsión del país tras un tenso encuentro con Fidel. Pero lo que leemos no es, se nos dice, aquel manuscrito original, robado al autor en un hotel, sino una crónica reconstruida de memoria y plagada de errores cervantinos: aviso contra la arrogancia de la verdad. Los prólogos y epílogos de las ediciones sucesivas han añadido capas de interés, al acoger reacciones y episodios fuera del foco. Una obra maestra de la literatura siguiente.

La mujer imaginaria (1985)

Quizá la novela que el autor habría destacado y la que más explica su vida. Su reescritura fue el proyecto más íntimamente reservado por el escritor, que manifestaba esta deuda pendiente. En el fondo, se pasó buena parte de su carrera esbozando y reescribiendo esta historia bajo apariencias diversas: la vida de acatamiento de Inés Vargas Elizalde, sumisa al orden de las apariencias y expectativas de una familia santiaguina de tono, su deseo sublimado a través de una modesta vida artística, hasta que al cumplir los sesenta años se rebela mediante el escándalo. Junto con algún relato, como «El orden de las familias», es su mejor representación de la hipocresía y la decadencia de la buena sociedad chilena. Inaugura el elenco de sus protagonistas femeninas. Madame Bovary c’est moi…

El sueño de la historia (2000)

Edwards pintó en esta novela histórica una de sus pasiones amorosas más vivas. La trama une dos planos: el ficcional, donde el personaje autobiográfico del Narrador regresa a Chile del exilio, en plena dictadura pinochetista y a punto de convocarse el Plebiscito de 1988; y el histórico, al que el Narrador accede documentándose para su discurso de ingreso en la Academia, y que traslada a otro tiempo de cambio, el final de la Colonia a fines del siglo XVIII. Descubre así la historia del arquitecto italiano Joaquín Toesca, comisionado en Chile para construir, entre otras modernas obras públicas, la Casa de Moneda, después palacio presidencial. El arquitecto vive un tormentoso matrimonio con la criolla Manuelita, que le es infiel con un discípulo y envenena al marido. Pese a ser castigada por la Inquisición, Toesca nunca depuso su enamoramiento, llegando a espiar morbosamente el adulterio, y la perdonó. La escritura coincidió con un momento crítico de la transición democrática, tras la detención de Pinochet en Londres en 1998, por la orden internacional del juez Garzón. Edwards, activo en la campaña por el No en el Plebiscito del 88, advirtió, sin embargo, que la detención arriesgaba los pactos de transición y comprometía la reconciliación nacional. Los hechos terminaron quitándole razones; queda, a cambio, una inmortal historia de amor superior a su parábola.

El inútil de la familia (2004)

La vida novelada del tío abuelo escritor Joaquín Edwards Bello (1887-1968) es, también, una buena puerta de entrada a las historias de la vida bohemia de Edwards. La lista merece abrirse con Adiós, Poeta… (1990), etiquetada habitualmente como biografía, que es su reencuentro póstumo con Pablo Neruda, a quien conoció quizá como nadie, y debe seguir con el resto de las novelas del ciclo bohemio antes citadas, que podrían incluirse en unas balzaquianas y joyceanas Escenas de la vida artista. El tío Joaquín era la oveja negra de la familia, un tabú en la memoria del clan: inmoral, pendenciero, jugador, siempre atento a la racha buena que lo sacara de la ruina y necesitado de apostar doble en sus descabalados proyectos, el dandi literato recorrió Europa, conoció personalidades y midió con ellas el tamaño de su fracaso, confirmado en el retorno a Chile. Quiso triunfar rompiendo el círculo de su destino.