Julián Herbert
Overol
Random House
256 páginas
POR CÉSAR TEJEDA

En algunos de los ensayos que integran Overol, Julián Herbert ejerce la crítica literaria desde el lugar que más me gusta: la lectura solidaria. O, vamos a decirlo de otra forma: la lectura que incorpora, al análisis de la obra ajena, una reflexión sobre la escritura personal. Lo anima el deseo de comprender el universo al que pertenece, claro, pero, sobre todo, el deseo de escribir. Desiste del comentario negativo, acaso por juzgarlo ocioso. Considera que, más allá del muy común juicio de que en México no existe la crítica literaria, lo que no existe «es un público dispuesto a leer la crítica como algo más que un pleito de navajas…». Muchas veces he pensado, y lo digo sin el ánimo de compararme con una figura literaria tan grande como la de Herbert, que resulta innecesario —por decirlo suavemente— sentarse a leer y luego a escribir sobre libros que no nos gustan, animados por primitivos impulsos que se pretenden disfrazar de lucidez o, lo que resulta aún más ruidoso, objetividad. Sobra decir que toda crítica literaria es, en esencia, finita, o que en la selección de libros y autores cumple su más categórico propósito.

Herbert (Acapulco, 1971) comprende, pues, la crítica como un espacio que abarca autores y lo que escriben, pero, lo que resulta todavía más importante, sobre el contexto en el que dichos autores crean sin poder evitar —y sin querer hacerlo— las colindancias, tanto temáticas como formales. Sus ensayos conllevan una clara vocación académica: su principal herramienta de análisis es la comparación y no la reinterpretación; busca la claridad académica antes que la ambición estética —para eso, claro, practica otros géneros.

El ensayo que abre Overol (Literatura Random House, 2024), parte, o parece partir, de una anécdota personal. El autor fue invitado a trabajar con familiares de víctimas de desaparición forzada que debían escribir relatos autobiográficos de naturaleza testimonial. Las participantes, al final, eligieron no registrar por escrito sus testimonios y usaron el taller «como sucedáneo de terapia de grupo», algo que Herbert trató de no entorpecer, aunque, de la experiencia, obtuvo una inquietud que lo llevó, fiel a su espíritu académico, a esgrimir un concepto: el tropo «dar voz a las víctimas». Pero desde la ficción y no desde del testimonio. A continuación, Herbert revisa una serie de obras desde la hipótesis libre —y muy audaz, debo decir— de que las herramientas cognitivas y estéticas de la ficción revelan con mayor intimidad los fenómenos históricos.

En el segundo ensayo, «Archivo Lázaro», Herbert parte de otro lugar, pero también, y a su manera, autobiográfico: el anhelo de comparar, buscar afinidades, entre la obra propia —La casa del dolor ajeno— y otros tres libros de naturaleza híbrida, a caballo entre los géneros, escritos por Cristina Rivera Garza —Autobiografía del algodón—, Verónica Gerber —La compañía— y Yuri Herrera —El incendio de la mina El Bordo—. Un ensayo performativo en la medida en que, como las obras que estudia, pone en juego distintos recursos; puntualmente, la comparación —su herramienta predilecta—, la «poética autorreferencial», la reseña y la entrevista. Es precisamente en la entrevista donde el ensayo se vuelve contestatario: le interesa, además de lo que Julián Herbert concluye sobre las obras, lo que los demás autores concluyen sobre sus propias obras. Le interesa que las voces se superpongan unas sobre otras satirizando, a su manera, la idea de voz crítica. Acaso sea preciso llamarla: voz coral crítica. A las reflexiones de los autores se suman las del académico Luis Fernando Bañuelos.

De nueva cuenta, y como en el ensayo previo, el Herbert que mejor luce es el que utiliza la imaginación para esgrimir conceptos, como, en este caso, «identidad cognitiva». Con él se refiere al lugar donde habría de situarse la conciencia autoral, entre el punto de vista y el nivel de detalle con que se describe una realidad perceptible. Y en esa búsqueda, que podría resultar tan general o tan específica como se quiera, el discurso es intervenido —e incluso contravenido— por las voces de Rivera Garza, Gerber y Herrera, quienes conversan, vía correo electrónico, con el autor. Es un ensayo, vamos a decirlo así, hospitalario.

En los dos siguientes textos, Herbert lleva a cabo una serie de propuestas también conceptuales, que resultan, a mi juicio, temerarias; y van a decir ustedes, a quién le importa tu juicio, y tendrán ustedes razón, pero, aun así, creo que dichos ensayos se desplazan del claro espíritu académico de los anteriores para abrazar la polémica. Son ensayos que proponen, después de describir un contexto cultural, una perspectiva que, según Herbert, podría nadar contra la forma imperante de ver las cosas. Una perspectiva que se dirige, más que a las obras, al inocuo lector, que deja de ver páginas entre sus manos para encontrarse con un espejo inesperado.

En «La angustia de las legitimidades» narra una serie de experiencias, como jurado de un certamen literario, como maestro en una universidad de Estados Unidos, o incluso como usuario de redes sociales, que lo llevaron a cuestionar ciertas tendencias del pensamiento contemporáneo, a preguntarse, por ejemplo, si ha dejado de ser válido que alguien del género masculino ficcionalice un punto de vista femenino, o si la solemnidad con la que se narra el sufrimiento emocional ha minado «la habilidad retórica de internalizar el humor». Esto, siempre según Herbert, provocaría sufrimiento emocional en los nuevos autores, quienes deberían pasar por «un canon de legitimización ideológica enmarcado por conceptos como raza, género, identidad, privilegio, pertenencia, corporalidad, etcétera, y la presión de las redes sociales para intensificar la influencia de ese corpus en el campo literario». El ensayo elude hablar de libros en concreto, por lo menos en la medida en que no escribe sobre algunos que consten como ejemplo de la angustia de las legitimidades. El autor, así, mantiene su postura: la crítica no es un pleito de navajas. La provocación estriba, en mi humilde y no pedida opinión, en que Herbert no dedica palabras a comprender el origen del canon que observa. El ensayo queda abierto. Mejor así, corresponde a los lectores, en el caso de que lo deseen, involucrarse en la polémica.

En el otro ensayo de la veta polémica, «Valeria Luiselli y Fernanda Melchor: la novela como puente», Herbert sí escribe de libros que pertenecen a obras que pertenecen a autoras en concreto, pero su punto de análisis, de nuevo, es el contexto, aunque esta vez desplazado a los lectores. Se propone definir, entre el universo de lectores mexicanos, quiénes de ellos podrían sentirse proclives a la obra de Melchor y quiénes a la de Luiselli, asumiendo que los unos y los otros pertenecerán a ese galimatías llamado clase media mexicana.

A partir del estudio de ciertas características de las obras, como el lenguaje, la construcción de personajes, las estrategias narrativas, y también de algunos aspectos del origen biográfico de las autoras, Herbert concluye que, lo que los lectores encuentran en las novelas de Melchor y Luiselli es, además de lenguaje, otro tipo de angustia: la «angustia de pertenencia lectora» a determinados territorios simbólicos: «las angustias y fantasías de legitimidad que conforman el espectro intelectual de la clase media mexicana». Quien lea Páradais o Desierto Sonoro, siguiendo este pensamiento, se preguntaría si está haciendo lo correcto al disfrutarlas. A Luiselli tendería la clase ilustrada, capitalina y cosmopolita de México; a Melchor, los «venidos a más» —donde se incluye Herbert—: «los primeros de su árbol genealógico en cursar estudios humanísticos, los de provincia, los becarios tardíos del fonca».

En la segunda parte de su libro, Herbert escribe sobre varios títulos en solitario. Ensayos que, al no partir de la comparación, requerirían de otro ángulo analítico. La tiranía del límite de caracteres me impide, en esta ocasión, buscarlo. La angustia me parece, en cualquier caso, un punto de partida interesante para el estudio de la creación de las obras literarias y la manera en que nos acercamos a ellas; una lectura, podría decirse, sobre la consciencia de lo literario.

Acaso el esfuerzo de crear sofisticados —y polémicos— conceptos con base en la comparación, sea el mejor legado crítico posible de un libro como Overol: el tropo «dar voz a las víctimas»; y los conceptos «identidad cognitiva», «la angustia de las legitimidades» y «angustia de pertenencia lectora» son útiles para —en el más modesto de los casos— ordenar una discusión, y—en el más ambicioso— comenzar a comprender los convulsos años que rodearon a la pandemia y parecen haber transformado cómo leemos en México.

Nota al pie

«La angustia de las legitimidades» dedica algunos fragmentos a la novela La ira de los murciélagos, del poeta y narrador de lengua tsotsil Mikel Ruiz. Una obra escrita en español que, a juicio de Herbert, «es un objeto literario relevante en el contexto de la narrativa mexicana reciente» y que no volvió a editarse después de una escasa y mal distribuida primera edición.

Herbert escribe: «Tal vez ha pasado el tiempo suficiente como para que se reedite, pero me temo que las editoriales mexicanas independientes no la tienen en su radar. Quizá porque no se ajusta del todo a los dictámenes de legitimidad del pensamiento contemporáneo». Me llamó la atención, tomando en cuenta que la gran mayoría de las obras recopiladas por Overol fueron publicadas por grandes consorcios trasnacionales, la asunción de que la obra de Mikel Ruiz —que yo, en efecto, no tenía en el radar— debiera ser reeditada por una editorial independiente y no reeditada en general. Pensé, como editor independiente, en una nueva angustia lectora. La llamaré, por lo pronto, «La angustia del consumo literario», una angustia que padezco a menudo y es relativa a la dimensión ético, material y afectiva del lector como consumidor: ¿qué tipo de prácticas comerciales incentivas cuando compras un libro?