
Diego Garrido
Libro de los días de Stanislaus Joyce
Anagrama
320 páginas
Durante el confinamiento derivado de la pandemia de coronavirus, mientras hubo quienes se aficionaron a preparar pan casero o a los vídeos de Patry Jordán, a Diego Garrido (Madrid, 1997) le dio por James Joyce. Todo empezó cuando, siendo estudiante de la ECAM, en un curso sobre cine y literatura impartido por Víctor Erice, descubrió el cuento «Los muertos», incluido en Dublineses y adaptado al cine por John Huston. A las puertas del centenario del Ulises, tradujo y preparó las ediciones de la narrativa breve y de las cartas, todo ello publicado por Páginas de espuma. También tradujo Stephen Hero, una primera versión del Retrato del artista adolescente, publicada por Firmamento; y el diario —real, publicado en inglés— que el hermano pequeño de James, Stanislaus Joyce, escribió entre enero y mayo de 1903, mientras aquel, en el cuarto de al lado, ya acumulaba notas para la novela acaso más influyente de su siglo. Esta traducción no fue publicada y Garrido escribió una versión ficticia del diario, Libro de los días de Stanislaus Joyce (Anagrama, 2024). El propio Diego, como Stanislaus, también tiene un hermano mayor artista: Arturo Garrido es el autor de las ilustraciones de los volúmenes de cuentos y cartas así como de la cubierta de la novela, un «Busto de Giacomo Leopardi con buganvilla».
La familia Joyce estaba en descomposición en los meses del diario: con una economía a la deriva, la madre había muerto de cáncer, el padre era alcohólico, otro de los hermanos un meapilas frecuentador de burdeles… En aquel hogar sórdido y decadente, destaca la figura de un James talentoso y determinado en su vocación de escritor, pero también veinteañero de vida desordenada —«No entiende que, para ser un bohemio, antes hay que tener dinero. Que los bohemios aparecen en las épocas de riqueza, y no en las de miseria total»—, interesado y desdeñoso con su hermano pequeño, a quien no considera más que un sparring o leal escudero gracias a quien sacar brillo a sus propias ideas: le llamaba whetstone, su «piedra de afilar». Por su parte, las anotaciones del diario de Stanislaus urdido por el autor madrileño revelan celos —aunque los niegue: «creo que a día de hoy no envidio a nadie, y que este es un primer síntoma de madurez»— y un deseo de emulación —y protección— a su hermano mayor, pero también delatan una aversión al error, una rectitud y una clarividencia tales que resultan deprimentes y castrantes para la creación artística. En ese autorretrato involuntario que asoma de la escritura de diarios recuerda, aunque con diferente psicología, al de Yo que fui un perro de Antonio Soler, cuyo protagonista maltratador llegaba incluso a tachar, arrepentido de sus mezquinos desahogos, determinados pasajes de su diario íntimo. Soler, por cierto, es uno de los miembros fundadores de la Orden de Caballeros del Finnegans, sociedad dublinesca —a la que pertenece Enrique Vila-Matas— dedicada a honrar y celebrar el Ulises. También Sally Rooney le rendía homenaje en su última novela, Intermezzo, asimismo sobre la relación entre dos hermanos.
De los escépticos apuntes de Stanislaus acerca de arte, filosofía o literatura, resultan particularmente mordaces e hilarantes algunos sobre egos y vanidades: «Aquel que se piensa artista (el ser más especial del universo, el único) detesta a los artistas sin probar, no los aguanta, quizá porque en ellos ve una caricatura de sí mismo (es la gente que nos recuerda a nuestro yo inmediato la que se nos hace más intolerable), quizá porque con ellos se siente corriente, vulgar —duplicado»; «Creo que todo autor, leído con cuidado, revela al fin su tontería; la cosa, el talento, consistiría en demorar lo máximo posible esta revelación». Otras entradas discurren sobre religión, envejecimiento y muerte; sexo, amistad y amor. En esto último hoy no estaría alejado del discurso misógino de un incel tan enamoradizo como reprimido. En los meses del diario es su idealizada prima Kathleen, de catorce años, quien le ocupa la cabeza.
El narrador de Tu rostro mañana daba comienzo a aquellas monumentales mil seiscientas páginas, no sin cierta ironía, con un «No debería uno contar nunca nada». El 2 de enero de 1903, el Stanislaus ventriloquiado por Garrido, estrena su cuaderno anotando «Jim dice que jamás seré capaz de escribir prosa». Pero avanzado el diario, comienza a preocuparse por la forma, muy Josep Pla: «El mejor estilo en literatura es siempre sencillo, luminoso, preciso, profundo —y transparente». También a autocitarse en fechas anteriores. Y es en esa toma de conciencia quijotesca cuando Stanislaus es capaz de escribir prosa, consumando la venganza contra su hermano mayor, y Garrido un libro inopinado e inteligente.