Juan Antonio Masoliver Ródenas
La inocencia lesionada
Acantilado, Barcelona, 2016
144 páginas, 11.00 €
POR JULIO CÉSAR GALÁN

Nos enseña Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939), en La inocencia lesionada, el retrato de una generación –la suya– arrinconada contra la negrura de una realidad de posguerra. El autor barcelonés ya había publicado otras novelas como Retiro lo escrito (1988), Beatriz Miami (1991) y La puerta del inglés (2001). Esta vocación tardía tanto de poeta como de novelista suele ser garantía de calidad, ya que, como decía Guillermo Carnero, «nos ahorra la delicuescencia adolescente en la que incurre en sus comienzos la mayoría de ellos». Afortunadamente estamos en este último caso, en el de la certidumbre de esa afirmación, de esa madurez narrativa. Asimismo, se le ha calificado como rara avis (algo que en España, como el exilio o publicar tarde, no se perdona y significa entrar en el limbo literario) por su querencia e inclinación, entre otros rasgos, hacia lo intergenérico. En sus anteriores entregas narrativas (también encontramos un buen número de libros de relatos como La calle FontanillsEl ciego en la ventana o Monotonías), las retrospectivas hacia lo vivido, sus intentos de interpretarlo, sus ajustes de cuentas con lo muerto, lo idealizado o lo inventado representan una constante.

Desde el pensamiento de Masoliver Ródenas, la ficción de La inocencia perdida podría definirse como hacer la realidad más real, pues ya desde la «Nota del autor» nos envuelve a modo de liberación esa historia imaginada. Su obra se inserta en el tiempo que se fue y no es pasado sino presente en ruinas: «He decidido –escribe el autor– romper por fin el silencio que pesa, como una maldición, en la historia de mi pueblo de veleros y habaneras, de banderas y sardanas y de dulces sueños limpios de las pesadillas que siguen persiguiendo a los que vieron lesionada para siempre su inocencia». En efecto, trata de desmitificar la autobiografía y la memoria con contundencia a través de un narrador con «un estilo reconocible, sobrio, seco, tensado en la palabra». En esta Inocencia lesionada hay una realidad que podríamos llamar histórica y otra psicológica, las cuales se van entrelazando y surgen para ser denunciadas. Los años de represión en los que se educó intensificaron la conciencia de los atropellos contra el cuerpo y la niñez. Dicho todo en ocasiones con una claridad desasosegada, discursiva, paradójica y elíptica.

Aspereza y ternura, desolación e ilusiones en la ruptura del silencio. Resulta admirable la manera en que forja, por ejemplo, a sus personajes a partir de gestos o situaciones tras las cuales podría apuntarse, por un lado, que hay una conciencia unitaria representada en Masnou y, por otro y de manera individualizada, que a lo largo de la trama se conforma un manojo de pulsiones dentro de una prosa llena de musicalidad pero también repleta de significados: la historia, la posguerra, la barbarie silenciosa, los tabúes…

Las fracturas de la sociedad española de posguerra se sufren sin posibilidad de denuncia en una aparente tranquilidad, en una indefensión callada, y se hacen presentes en estas páginas de personajes marcados. La familia, con sus cantos de sirena, con su felicidad encima de la mesa de madera podrida, con infancias llenas de vejez, es absorbida por la liberación de la palabra literaria y sus espejos. Y en ese cristal vemos pasar un mundo de claroscuros por los ojos de Carlitos o de Óscar (que se presenta como el protagonista, pero que en realidad es todos los protagonistas), testigos y sufridores de la sordidez; vemos el lugar de las pesadillas y los sueños (Masnou, otro protagonista, en donde el cobijo de los años mórbidos picotea el tronco de la memoria con sus voces); vemos aquello que no pudimos –no pudieron– ver en su momento.

Habíamos mencionado con anterioridad la palabra denuncia, palabra que en esta novela se asocia a censura. Ambas poseen un vínculo con lo que se ha denominado autoficción, pero en la narrativa de Masoliver Ródenas tanto esa idea de autoficción como de novela se resquebraja de un modo intencionado y eficaz. Escuchemos al propio autor: «Perquè això que escric no té cap definició. La teva idea de novel·la es correspon amb la novel·la del segle xix, però hi ha molts altres textos de ficció que no encaixen en aquest model. La paraula novel·la no hauria d’existir». Así que ya no utilizaremos la palabra novela (ni tampoco autoficción, al menos no como se suele utilizar por estos lares) para La inocencia lesionada, y vayamos a uno de los aspectos permanentes del Masoliver Ródenas narrador: vayamos esos juegos de espejos, a esos desdoblamientos sutiles de los personajes –Óscar y Carlos–, a ese romper el silencio a base de soñar el recuerdo, de imaginar la realidad.

Entonces, podemos decir que, como en la novela Beatriz Miami, el narrador se plantea un modo de escritura en el que lo individual se hace colectivo, en el que lo real se cruza con lo inventado. El azogue de la historia no enseña la verdad, y la experiencia de los sujetos que la sufren se olvida (aunque no siempre). Hablar de ellos desde sí mismo, sin saber también si ese sí mismo puede ser ficticio. Esta peripecia se lleva a cabo ya sin censura o al menos no con tanta reprensión como si se realizara a cara descubierta. Las máscaras y sus verdades entregan –en silencio– casi todos los secretos y, finalmente, hacen valer la libre apariencia de lo ido. En La inocencia lesionada, Masoliver Ródenas ofrece la oportunidad de experimentar la vida de su entorno y la ficción de la misma, siendo a la vez él y otro. La inclusión en la historia de diversos componentes en apariencia «reales» (que remiten a la vida del autor) junto a otros totalmente inventados hacen que narrador y protagonista se entrecrucen y no se sepa, en ocasiones, quién es quién.

De esta manera, la historia provoca un acto lector que promueve un acuerdo tácito de referencialidad y, al mismo tiempo, un espacio pactado para que la ficción pueda desarrollarse en su justa medida. En estos ámbitos de indefinición se mueve, en parte, el discurso narrativo, cuya progresión se realiza por estos márgenes y se caracteriza por poner el acento en palabras como vulnerabilidad, indefensión y represión. Todo ello se encarna en personajes que van derivando hacia el miedo y el castigo, cuestiones que no se pueden borrar por medio de la palabra confesa.

Todos esos sentimientos, que dan lugar a diferentes situaciones, producen un cúmulo de paradojas, ya que la culpabilidad de las víctimas se conjuga con la observancia y la obediencia. Todo ello arraiga, por una parte, en la hipocresía y, por otra, en el cuidado de sí mismo; además de ese marco que cubre una sexualidad desconocida, pecaminosa y llena de oscuro testimonio. Esa oscuridad se transforma en la invisible apariencia de la muerte, temática constante en la obra de Masoliver Ródenas, quien la expone en sus diversas vías creativas para contemplarla serenamente, como algo familiar y, como ha dicho, a través de su admirado Jorge Manrique. Si el contrapunto de esa parca estaba normalmente en su obra en el humor, ahora, aquí, en La inocencia lesionada, «lo ha sustituido por la ternura».

Nos decía Ana Casas sobre Retiro lo escrito (1988), Beatriz Miami (1991) y La puerta del inglés (2001) lo siguiente: «Así, las tres novelas pueden leerse como un puzle cuyas piezas, aunque desordenadas, trazan la trayectoria vital y sentimental de un sujeto obsesionado por el recuerdo, que trata de encontrar las claves de su existencia»; y, en ese puzle, La inocencia lesionada agranda la corpulencia narrativa del autor barcelonés. Y, desde este punto de encuentro, podemos asegurar –para finalizar y con palabras transmutadas de Gabriel Celaya– que estamos ante un novelista de sí mismo que, haciendo uso de esta facultad, se novela para reinventarse en alguien mejor, en alguien que no es y, quizás, no pudo ser…