
Agustín Fernández Mallo
Madre de corazón atómico. Una historia verdadera
Seix Barral
240 páginas
Se descubre tarde al padre, demasiado tarde. Solamente se le echa de menos cuando falta. Entonces se añora su presencia. Cuando ha muerto o está próximo su final, nos arrepentimos de no haber sido más cercanos y cariñosos. Es un hecho común a todas las generaciones. No sé si se trata de la razón que anima el aforismo del poeta: «se canta lo que se pierde», o de la consabida incomunicación intergeneracional. Sea como sea, qué duda cabe, que la muerte del padre es una experiencia decisiva para cualquier persona. En nuestra literatura, desde Jorge Manrique a este siglo nuestro, en que la fractura de la familia tradicional podría hacer pensar que este género ha perdido vigencia, la elegía al padre se revela como un venero inagotable.
Doce años después de la muerte de su padre en 2012, Agustín Fernández Mallo, autor de culto por su trilogía Proyecto Nocilla (2006-2009), inspiradora de la «generación Nocilla», adalid de la literatura experimental y supuestamente vanguardista de los primeros años del siglo en curso, aterriza en la autobiografía con Madre de corazón atómico. Una historia verdadera, aunque el texto del editor en la contraportada lo denomine «novela», lo que convierte, de facto, este relato en una «autoficción». Para ser justos, esta no sería la primera vez, porque, en el título que cerraba la trilogía del proyecto, Nocilla Lab (2009), ya había utilizado el dispositivo de la autoficción.
Las referencias intertextuales, que aparecen en la portada, ponen en estado de aviso al lector. En primer lugar, el título es deudor del célebre disco de Pink Floyd, Atom heart mother (el de la vaca en la portada), traducido aquí por Madre de corazón atómico. El subtítulo, Una historia verdadera, evoca, a mí al menos, la traducción española que se dio al film de David Lynch, Straight story (1999), que trataba del simbólico viaje que un anciano emprendía por la América profunda en un tractor. En el relato de Fernández Mallo es su padre quien, en circunstancias distintas, en 1967, el año del nacimiento del autor, viaja por Estados Unidos, para comprar unas vacas con las que mejorar la cabaña española (¿o eran cerdos?).
Madre de corazón atómico, que la contraportada describe como «su libro más personal y, a la vez, más universal», rinde homenaje al padre muerto con el que tuvo una relación determinante pero distante. Lo hace de manera discreta, comedida, incluso fría, sin sentimentalismo ni adherencias manidas. No es este un relato de duelo, porque este sentimiento se encuentra ya sedimentado por el curso del tiempo, sino un relato de filiación paterno-filial, en el que el hijo a través de la figura del padre y de su perdida va a tener la vivencia íntima de la muerte, o mejor, de lo que la muerte transfunde a la vida: «La muerte de un ser querido es un proceso muy misterioso, muere para renacer en ti […], esa revelación dota de sentido a la contemplación de la muerte». O como apostilla en otro momento del relato: «La imprescindibilidad [sic] de la muerte radica en revelarte todo lo que de ti mismo no conocías». El autor reconoce la profunda huella, la herencia que el carácter curioso, científico y heterodoxo del padre le habría de trasmitir: «…esa educación [sin fantasía] ha condicionado mi manera de inventar historias, realistas sin que ello impida su infusión en lo irreal». Con ser esto trascendental en su formación, con su muerte le habría dado la última y gran lección de vida: la muerte no como el término del camino de la vida, sino su inicio.
Sorprende, sin embargo, que, en un relato de filiación paterno-filial, esté ausente la madre. O casi. Al final del relato tratará de arreglarlo, utilizando una solución que no convence. Se cumple aquí lo que destacase André Gide en sus memorias, Si le grain ne meurt. Decía el escritor francés que no se solía prestar atención a la figura de la madre en la vida de los escritores: su decisiva influencia en la formación y destino de los hijos como creadores. Sería una prueba más de la invisibilidad con que se ha condenado por siglos a las mujeres. Casi cien años después de la advertencia de Gide, se incurre aquí en la misma falta.
Fernández Mallo es un novelista de impronta ensayística, a veces excesiva, en el sentido que el deseo de definir los marcos teóricos del relato lo llevan a una deriva mucho más reflexiva que narrativa. En este relato la deriva hacia el ensayo está plenamente justificada, porque nace de la necesidad de llegar a comprender o explicarse la parte imaginada de los hechos, lo que se nos oculta tras ellos. La observación del progresivo deterioro físico y mental, que la enfermedad produce en el cuerpo del padre, le obliga a plantearse cuestiones vitales, que son esenciales en la vida de las personas. Así confiesa que «…estaba preparado para la degradación física de una persona, pero no para la degradación mental». Intenta comprender el misterio que introduce en el sujeto comprobar los efectos que producen la evaporación paulatina de la vida y la llegada de la muerte. Su conclusión es lúcida y aterradora, porque la experiencia de observar la degradación de la vida demuestra que la pérdida de la memoria y de la conciencia de lo que es real, hace «trizas» la identidad del padre y descompone también una parte de la suya. Son hechos que se convierten en vivencias íntimas: «La identidad es el único asunto acerca del que merece la pena pensar y también el único del cual es imposible llegar a resultado alguno. Desde entonces dos ideas dominan mi día a día: 1) la realidad no es la realidad, sino un deseo; 2) la identidad es una alucinación del ego». Ambas, realidad e identidad, están fuera de nosotros y solo son accesibles, concluye Fernández Mallo, a través de la imaginación y del sueño, que permite acercarnos a lo que no nos pertenece.
Hasta aquí las razones aducidas por el autor son satisfactorias y compartidas. Pero debo confesar que experimento una especie de interés intermitente (sobre todo en la segunda parte, «Después»), cuando lleva la narración al terreno de la especulación, más que personal, caprichosa, porque se me antoja arbitraria en exceso. El camino de búsqueda de «la parte soñada de las cosas», justo en el borde de lo vivido, más exactamente, en el lado de lo nimio, hace que la historia verdadera, cuyo papel protagonista encarna el padre, se desvanezca y resulte banalizada. Al dar paso a las obsesiones, legítimas sin duda, pero carentes de justificación y sin encaje en el relato, hace que este bascule hacia el lado «friki» o inverosímil: tales como el reparto, por diferentes lugares de la Tierra, de los seis problemas matemáticos sin resolver, la realización del mapa con fragmentos pixelados de distintos papeles higiénicos, las elucubraciones en torno a las garrapatas o las filmaciones de veinte segundos a lo largo de cada hora del día en veinticuatro días sucesivos desde el mismo encuadre… Son preocupaciones que no consiguen interesarme ni captar mi atención. Lo reconozco. En esos pasajes me siento fuera del relato, expulsado, chapoteando en la nada, tratando de no ahogarme en esas digresiones, que me parecen insustanciales, alejadas de «lo real».
Pero dejando al margen mis objeciones, aprecio y, sobre todo, agradezco esta «historia verdadera» de Agustín Fernández Mallo. Frente al común y desabrido comentario de «no me cuentes tu vida», espetado por algunos críticos literarios, que consideran la autobiografía o la autoficción una tabarra, aprecio el regalo que alguien tenga la deferencia de hacerme partícipe y cómplice de sus dudas, certezas y secretos personales. Al exabrupto de esas críticas antibiográficas, yo opongo otro más comprensivo y empático: «¡Cuéntame tu vida, por favor!».
Hay críticos que entienden la literatura como un patrimonio elitista y exclusivo de la ficción. Desconocen tal vez la intrincada y compleja fusión de vida y literatura, que no siempre es posible separar totalmente, pues como dice Fernández Mallo en un momento de su relato: «La vida escribe la ficción que nosotros jamás nos atreveríamos a escribir». Sírvanos el aforismo de Jacques Lacan «la verdad se construye en una línea de ficción», para señalar que la frontera entre lo real y lo ficticio existe, pero se infiltran de manera tan sutil, que no siempre somos capaces de separarlos, siendo precisamente este uno de los enigmas que la autoficción pretende indagar (Alberca, El pacto ambiguo, El Toro Celeste, 2024).
No, la autoficción no es una demostración de falta de potencia inventiva ni de imaginación fabuladora. Hay otros mundos en este mundo que no entran en esa mirada sectaria, como viene a demostrar el relato de Fernández Mallo. El yo no existe sin el nosotros, nos conocemos a través del reflejo en ellos, porque lo individual y lo íntimo están intrincados indisolublemente con lo público y lo colectivo.