
Carlos Pardo
La Comedia de la carne
La Bella Varsovia
144 páginas
La Comedia de la carne (La Bella Varsovia, 2025), último libro del escritor madrileño Carlos Pardo, es un poemario que apuesta por el carácter roto, fallido y no domesticado de la poesía. Ya desde el título nos enfrentamos con ironía a un yo lírico que se desliza por la carnavalización del amor y la impotencia como categoría política. Se intuye una novela en verso donde sus personajes se visten de pieles vulnerables y la fiesta se reduce a dos cuerpos atravesados por la falta.
Dividido en siete apartados que funcionan como actos de una tragicomedia contemporánea, el libro despliega un mapa afectivo que va del fracaso amoroso a la epifanía en lo cotidiano, pasando por la sombra larga de la muerte. A Pardo le bastan siete estaciones de tren, habitaciones de hotel y playas out of season para cartografiar el eros del siglo XXI.
Es cierto que las casi 145 páginas y la recurrencia temática del libro podrían fatigar a los lectores habituados al consumo voraz de nuestra era, pero esta supuesta pecata minuta se revela más bien como estrategia: la insistencia es aquí método clínico para diseccionar hasta el agotamiento las capas del deseo, porque los cuerpos de los personajes que habitan esta comedia son restos de algo que pudo ser orgánico y ya no lo es.
El devenir de los protagonistas de estos poemas, lejos de ser línea de fuga hacia la libertad se transforma en caída controlada, donde el reverso oscuro de la operación poética del autor, en vez de conectar, amputa. Como esos «dos mirones / sobre un tejado en obras» que aparecen en «Primer año» observando su propio derrumbe —que es el nuestro— con una ironía que apenas disimula el pánico y donde «La espada flamígera» que corta cabezas dentro del poema ya no es un símbolo mítico, sino el meme definitivo: la alegría como acto de violencia autoinfligida en la era del like.
Si Catulo convirtió el odi et amo en grito existencial y Ovidio transformó el amor en exilio, La comedia de la carne hereda su legado para vaciarlo de solemnidad. «allá donde otros sangran / al entrar, encontramos / un camino intuitivo». La épica del llanto ha sido reducida a heridas cotidianas.
La voz de Pardo elige la risa ácida para exponer la carne como territorio. En «Qué responsabilidad», la cotidianidad del amor se reduce a «las casetas de la playa» y «dos viejos con bastones» como el espacio literario donde el lenguaje fracasa.
El poema largo «Me enamoré de ti un día lejano» condensa esta anatomía lírica del desastre. El accidente automovilístico que atraviesa el canto número cinco funciona como alegoría del eros contemporáneo: un choque entre la pulsión de vida y la conciencia de la muerte. «Nunca he estado más viva» nos dice la voz poética después de haber chocado en su Mini Cooper. El sujeto se disuelve y solo queda «el murmullo de lo neutro». Así, «tonteábamos por nuestro lado» no es confesión, sino testimonio de una generación que ha convertido el amor en performance fallido.
La comedia de la carne podría leerse como un eco persistente de los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes, sólo que, donde el francés veía un sistema de signos, el poeta español muestra un campo de batalla donde los significados se han vaciado y es tarea de quien lee desde el solipsismo de la posmodernidad volverlos a llenar. Se trata, en todo caso, de un libro posclásico. Ni redime, ni une, tampoco cree en gritos de puro dolor. Su mérito está en mostrar lo que parece la única metafísica válida hoy: cuerpos que se rozan sin esperar salvación, poemas que no sólo interrogan al mundo, sino que vuelven el lenguaje contra sí mismo en un acto de autopsia literaria.
Carlos Pardo nos deja riendo ante el vacío, donde la tradición amorosa ahora es el eco de una canción de The National rebotando entre las paredes de una galería vacía. Porque si existe un acto de resistencia en el siglo XXI, nos recuerda el poeta, es el de quien sigue escribiendo aunque sepa que el lenguaje —en el mejor de los casos— camina sobre un tejado en obras bajo el que dos cuerpos desnudos comparten el mismo refugio precario.