César Aira
El arqueólogo
Blatt & Ríos
104 páginas
POR JESÚS CANO REYES

César Aira escribió alguna vez que en todo crítico literario conviven dos personajes opuestos: el científico y el juez. El primero se concentra en comprender cómo se construyó una obra y evita valoraciones estéticas; el segundo, en cambio, debe dictar sentencia sobre si esa obra es buena o mala sin pensar en los mecanismos de creación. La tarea se complica porque la objetividad del crítico, que además es un lector y un escritor, está comprometida por el amor a la literatura con el que empezó todo; semejante mezcla lo convierte en un monstruo abigarrado. En ese sentido, la literatura de César Aira parecería haber calculado su fuga de la crítica complicando el trabajo del científico y del juez mediante estrategias contrarias: ha transparentado tanto el proceso de creación al exponer una y otra vez su procedimiento de escritura que la labor del científico se volvería redundante; por otra parte, ha dinamitado hasta tal punto los criterios sobre los que descansa la apreciación estética (la estructura, el estilo o la verosimilitud) que el juez no tendría nada a lo que aferrarse para emitir un veredicto.

Un arqueólogo recién retirado –y un tanto misógino, dicho sea de paso, lo que se lee como una elección un tanto confusa–, el más famoso de Moldavia, protagoniza esta novela. Se trata de un relato sin peripecia en el que cada uno de los breves capítulos aborda una faceta distinta del balance que el personaje hace de su vida: las inconveniencias de la fama, el despertar de la vocación, la productividad de su trabajo. La profesión de arqueólogo y la localización en Moldavia son apenas un disfraz para exponer su poética y defender la autonomía de la literatura frente a la instrumentalización de las ciencias sociales: «A él lo acusaban de practicar una arqueología gratuita, la arqueología del jarrón por el jarrón mismo, sin alzar la vista a los grandes temas de la Humanidad, a la Economía y la justa distribución del ingreso, a la educación de las clases sumergidas y todo el resto de su cotillón de Importancias». El protagonista añora esa arqueología entendida como una «poesía del pasado», pero que hoy ha perdido todo su lirismo.

La nostalgia que atraviesa el texto no es una rareza en la obra tardía de Aira, como saben los lectores de En El pensamiento (2024), uno de sus libros recientes más cautivadores; tampoco lo es la pregunta por cómo ocupar el tiempo libre al momento de jubilarse, que aparecía como un temor prematuro en Las noches de Flores (2004) y se ha repetido en Prins (2018) o Los Hombrecitos con Sobretodo (2024). Es interesante comprender el significado de este gesto melancólico en un escritor como Aira, cuyo credo vanguardista ha pivotado siempre sobre el principio de que el artista es aquel que busca incesantemente otra cosa y que antepone la novedad a la calidad. Sin embargo, ¿cuántas veces puede un artista inventar lo nuevo? Una vez que su procedimiento experimental y vitalista se ha instaurado en el canon de la literatura latinoamericana de las últimas décadas, la apertura a la nostalgia permite ensayar una salida frente a la amenaza de repetición.

No sorprende entonces que lo más audaz de la novela en el plano formal se encuentre en un penúltimo capítulo que rememora una antigua experiencia amorosa del arqueólogo durante una expedición en Zanzíbar, lo que rompe la estructura hasta ese momento simétrica con un capítulo seis veces más largo, de corte onírico, deliberada ambigüedad e imágenes poéticas: «El ojo prismático de la hiena, la encuadernación del cocodrilo y hasta el rodar de los ríos se confundían con las caricias sonoras del arqueólogo y la fotógrafa». En esas páginas se enciende de nuevo el ardor revolucionario de Aira, como para subrayar la idea de que, cuando las grandes pasiones –el oficio, el amor– han quedado atrás, la vida presente no es más que el eco de lo que alguna vez fue. En el instante retrospectivo aflora la pregunta de si se ha tenido la mejor vida posible, y a ella ofrece el arqueólogo una brillante respuesta: «Uno se encariña con su propia vida, se decía, así sea esta la más insatisfactoria. Ahí está ella ejerciendo un chantaje emocional, haciendo creer que lo ha dado todo de ella, que se ha agotado y ha envejecido y le ha dado sus mejores años al hombre del que ha sido su vida. Miente descaradamente, pero no hay más remedio que creerle porque es uno mismo el que habla por boca de ella». En esa paradoja compuesta de ironía y resignación se reconoce la originalidad del mejor Aira.