
A.J. Ponce
Vivero
Editorial dosmanos
160 páginas
La narrativa del Alzheimer cuenta con pocos representantes, imagino que por lo poco festiva de la misma o incluso el temor que le tenemos a esa máxima de que la literatura es un oráculo que nos caerá encima. Ahora bien, a pesar de esto, sí destacan autores magistrales que abordan este tema como la novela ¿Quién sabe si mañana seguiremos aquí? del autor coreano Kim Young-Ha, donde se narra un asesinato supuestamente cometido por un paciente con demencia senil; o la francesa Annie Ernaux y No he salido de mi noche, donde se sumerge en el Alzheimer sufrido por su madre; o Desarticulaciones de Sylvya Molloy que nos habla de la amistad y este padecimiento.
La novela Vivero del escritor chileno A. J. Ponce (1994) narra, desde la metáfora de las plantas, la enfermedad de Alzheimer que padece el padre del protagonista, «El liquenhongomusgoserderramado que es papá hoy no se enfrenta al mundo con las palabras y la lógica», «podé las cejas de papá», y todas aquellas vicisitudes en que entra el olvido a propósito de esta enfermedad, como por ejemplo, el olvido que sufre este personaje con demencia senil, del propio mundo del personaje que lo padece, pero también aquella pérdida que es forjada y reiterada por su entorno. «1. Papá tiene demencia senil tipo Alzheimer en etapa moderada. 2. Mamá decide cuidarlo a pesar de sus repetidas deslealtades. 3. A los otros hijos no les importa qué ocurre ni ocurrirá con él».
Este último ha decidido olvidar a su padre, asume ese abandono y en cierto punto lo celebra, «comencé a ser una persona que abandona». Se pone en tensión el amor al padre v/s una planta que ha sido comprada por internet en la época de la pandemia, cuando ya no puede ver a los padres y solo les envía dinero. «Compré una planta por internet, la obtuve de esos viveros boutique que tienen perfiles de palabras verde brillante sobre fondo blanco por curiosidad». «No alcancé a hablar con él. Tengo que buscar cómo cuidar una planta de interior».
Este ejercicio de sustitución de su padre por una planta pone en jaque las labores de los cuidados, la tensa, y así como en los discursos de las madres arrepentidas, a propósito de las escrituras de la maternidad, este libro se vanagloria de ese amor al padre que se sintió cuando niño, pero aparece la imagen del hijo arrepentido, o esa distancia que siente hoy en día a propósito de la enfermedad. La imagen del padre se trastoca. Bañarlo, alimentarlo, pasearlo. Todo es distinto a cuando ese padre con fuerza lo levantaba desde niño. «Levantar al padre es levantar la herencia triste de un parentesco torcido. Alzar el peso de lo que en algún momento se sintió estoico y seguro, pero que ahora se deshilacha en el cosmos doméstico».
Ahora bien, como todo vivero, y para que funcione su título, alguien deberá cumplir la labor de los cuidados. La madre es quien baña, cuida y le habla al padre del protagonista, porque el hijo pasó a ser una persona que abandona, poniéndose así en juego las tensiones familiares de los que perdonan los años de engaño y los que no. «Compara los años que papá te engañó con tu tiempo cuidando plantas».
Por otro lado, la metáfora de las plantas y sus ramas también se deja ver en la poética del texto, una narrativa que simula una suerte de fuga de sí misma, que se desplaza por los senderos de lo narrado hasta olvidar el centro e insertar fragmentos o una acumulación desordenada de imágenes que nos recuerdan, por un lado, la ramificación de las plantas, esas largas raíces o ramas que sostienen las hojas, pero además las formas de narrar de autores como Macedonio Fernández y su Museo de la novela de la eterna (1967).
Porque así como Zambra hizo de la poda del bonsái la poética de su novela homónima, A. J. Ponce, admirador sin duda de Zambra (en la página 111 subtitula a uno de los fragmentos: «Formas de olvidar un bosque») hace de este libro-vivero que se debe cuidar un viaje por las ramificaciones, saltando de un tema a otro sin continuidad, de una forma de narrar a otra sin la exigencia impuesta de los textos canónicos, sino desde una libertad que se agradece. Listas, epígrafes, reflexiones, dibujos, poemas, fórmulas conviven en este texto y arman su escenario.
Celebro así el universo de esta escritura ramificada, que pone en el centro una de las mayores problemáticas de quienes padecen el Alzheimer, el olvido de sí mismos, pero sobre todo el olvido de quienes lo rodean.