Director Cuadernos Hispanoamericanos

Todo intento de establecer un orden o una jerarquía, y más en un panorama tan amplio como el de la literatura escrita en español, será una aproximación siempre insuficiente y fallida, o más bien un esfuerzo que no se ajusta a la naturaleza de la materia que se trata de abordar. Es lo que sucede con cualquier premio o antología o programa académico, que intervienen con su estructura fija, con cierto aire definitivo y una aspiración de resumir un caos previo y proponerlo como una sabiduría sólida para el futuro, en un lugar donde sólo cabe la discusión. De ahí que en este número, en el dossier coordinado por Sergio Ramírez y titulado «Los Cervantes que no fueron», Cuadernos Hispanoamericanos haya pedido a cinco colaboradores que ayuden, más que a corregir ninguna lista siempre equívoca, a ensancharla o a negar su posibilidad, porque todo intento de enmienda implicaría una nueva confusión.
Atendiendo a la única premisa de que sean autores o autoras ya fallecidos, Juan Villoro, Marta Sanz, Sergio del Molino, Piedad Bonnet y Denise Phé-Funchal dedican sus textos a la obra de Ricardo Piglia, Gloria Fuertes, Carmen Martín Gaite, José Watanabe o Luis Cardoza, no en busca de ninguna reparación, sino para ofrecer reflexiones o matices que añadan algo más de claridad sobre la lectura sus libros.
La propuesta, por supuesto, no trata de ofrecer un canon alternativo —si es que hubiera uno central— sino de aumentar las dudas, a conciencia de que abierta la posibilidad de rebatir una selección previa, sólo se percibirá con mayor contundencia ausencias a ojos de algunos injustificables. ¿Qué sucede, para algunos lectores, con Juan José Saer, con Hebe Uhart o con Javier Marías, por citar escritores que han sido comentados de manera recurrente en estas páginas? Esta misma breve relación de nombres, y cualquier otra que se haga, adolecerá del mismo problema elemental: que realizar lista con un cupo acotado siempre será una limitación, frente las posibilidades infinitas de la argumentación caprichosa sin otra voluntad que remover un cuerpo establecido.
Las razones de la imposibilidad de establecer un canon son variadas. En el caso aquí abordado, una sería los desconocimientos e incomprensiones existentes en una geografía tan amplia y difícil de precisar como la literatura escrita en español. Pero también otros motivos más mundanos, como el apoyo o el esquinamiento editorial, la popularidad o el secretismo de un autor, y toda una suma de influencias azarosas ajenas al valor de una obra. O todavía explicaciones más sutiles y quizá más decisivas: la dificultad de aguzar el instinto para comprender algunas propuestas más audaces o novedosas, que tendrán mayor o peor recepción según el momento en que vean luz, y pueden quedar condicionados a una segunda oportunidad que las rescate en el futuro.
Pero los intentos de proponer un orden o una jerarquía, ante todo, pueden esconder otro tipo de fallo esencial: que sugieren un recorrido que completar, una ruta externa a la que acomodarse o de la que apropiarse, un mapa tan cerrado y definido como insuficiente y exangüe desde su aparición.
Por el contrario, una aproximación desde el desorden y la discusión presenta un panorama cambiante e indeterminado: un canon que no es un canon, pues, sino una voluntad de curiosidad insaciable, una mirada dispuesta a la renovación y al cuestionamiento de los modelos prefijados, una conciencia de hallarse en una geografía inestable siempre abierta a expandirse y refutarse sin descanso una y otra vez.