Lyndal Roper
Martín Lutero. Renegado y profeta
Traducción de Sandra Chaparro
Taurus, Madrid, 2017
621 páginas, 27.90 € (ebook 12.99 €)

 

 

 

 

 

POR ISABEL DE ARMAS

 

Tras siglos de mutuas condenas y vilipendios, católicos y luteranos han logrado conmemorar en 2017, por primera vez juntos, el comienzo de la Reforma protestante. Con motivo de su quinto centenario, la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación ha venido presidiendo los encuentros ecuménicos católico-luteranos. Esta importante declaración destaca puntos comunes esenciales como «Todos los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación en Cristo» o «Sólo a través de él somos justificados cuando recibimos esta salvación en fe». Estas afirmaciones quieren insistir en que lo que está en el meollo central no es lo que separa, sino la confesión común de Jesucristo. Se trata, sin duda, de un importante paso hacia una posible nueva unidad de los cristianos; unidad en una respetuosa diversidad.

Cuando el entonces tímido monje Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517, dio inicio a una revolución religiosa que hizo añicos la cristiandad occidental y desencadenó un proceso que cambió sustancialmente el mundo europeo. Las ideas de este paradójico y polifacético personaje —renegado y profeta, creyente atormentado por el demonio y las dudas, violento y depresivo, amante de la libertad y a la vez autoritario, dominante e impositivo, monje riguroso y exmonje casado que liberó la sexualidad humana de la obsesiva idea del pecado— se extendieron con gran rapidez, desencadenando persecuciones religiosas, malestar social y guerras. Pero sus doctrinas también ayudaron a romper el dominio de la religión en todos los ámbitos de la vida.

Lyndal Roper, catedrática de Historia de la Universidad de Oxford, y una de las más prestigiosas historiadoras del Reino Unido, nos ofrece en esta magnífica biografía una completísima imagen de Martín Lutero en sus múltiples facetas: de hijo que consigue liberarse de las imposiciones de un padre autoritario, de esforzado estudiante, de joven monje cumplidor, de reconocido profesor, de destacado líder que arrastra, de brillante escritor, de fiel esposo y padre responsable, de amigo de sus amigos y de enemigo implacable de quienes se atrevían a contradecirlo. «Yo pretendo entender a Lutero —afirma la profesora Roper—; quiero saber cómo percibía el mundo un individuo del siglo xvi y por qué lo veía así; deseo explorar sus paisajes interiores para entender mejor sus ideas sobre la carne y el espíritu, formuladas antes de nuestra moderna escisión entre cuerpo y mente». También quiere dejar claro que ella no es historiadora de la Iglesia, sino historiadora de la religión, formada en la historia social y cultural de las últimas décadas, especialmente, por el movimiento feminista. «No trato —puntualiza— de idealizar a Lutero ni de denigrarlo; tampoco deseo dotarlo de coherencia». Desea, sobre todo, entenderlo y extraer algún sentido de las convulsiones que desataron él y los protestantes, no sólo en relación con la autoridad y la obediencia, sino también en lo referente a las relaciones de género y a cómo hombres y mujeres percibían su existencia. Pero el núcleo duro del presente libro es la evolución interna de Lutero: ¿de dónde sacó la fortaleza necesaria para enfrentarse al emperador y a los estamentos en Worms? ¿Qué lo llevó a hacerlo? Su autora responde: «La Reforma surgió de su valor y de la firmeza con la que persiguió sus metas, pero su terquedad y su capacidad para demonizar a sus adversarios casi acaban con él».

El presente trabajo nos muestra la viva imagen de un Martín Lutero que logró dividir definitivamente a la Iglesia, y que fundó una nueva, en estrecha colaboración con las autoridades seculares, en la que no existía el monacato. Dio origen a un nuevo clero, casado, que pronto empezó a crear linajes de clérigos protestantes que dominarían el mundo cultural alemán en los siglos siguientes. «El tímido monje —observa Roper— se había enfrentado a las fuerzas del papa, la Iglesia y el imperio, y había inspirado a otros con su mensaje de “libertad”, incluidos los campesinos que lo arriesgaron todo para luchar contra sus señores feudales». A propósito de la guerra de los Campesinos de 1524, este libro nos recuerda que el legado político de Lutero era un arma de doble filo, que desarrolló en su tratado Sobre la autoridad secular, en el que distingue entre el reino de este mundo y el reino de Dios, lo que le permite afirmar que el papa no debería ejercer el poder temporal. Y como son los príncipes quienes lo ejecutan en este mundo, los cristianos están obligados a obedecerles y el gobernante, a su vez, debe proteger a su pueblo de los ataques de gentes sin Dios. Lutero sostuvo esta yuxtaposición toda su vida. Pero carecía de una descripción positiva de lo que podía hacer el Estado o de cómo ayudar a los ciudadanos. Así, en la que sería la mayor revuelta social en tierras alemanas hasta el periodo de la Revolución francesa, Lutero fue tachado por los campesinos de «adulador de príncipes», al ponerse de parte de éstos. El aludido respondió con una dura carta en la que decía: «Aún sigo pensando que no habría que tener piedad con los campesinos tercos, necios y crédulos que sólo escuchan a quien sabe talar, apuñalar y estrangular y hacerles sentir como perros rabiosos». En cuanto a su mensaje de libertad, o cuando habla de conciencia, la profesora Roper aclara que el reformador no se refiere a lo que nosotros entendemos al escuchar hoy estos conceptos. No tenía nada que ver con dejar obrar a la gente de acuerdo con su conciencia, «se refería —matiza— a lo que él consideraba una verdad objetiva: nuestra capacidad de conocer con Dios».

La biógrafa apunta que «puede que el mayor logro de Lutero fuera la Biblia alemana», que publicó en 1534 con las célebres ilustraciones de Cranach. Su prosa convirtió la lengua alemana en el alemán coloquial moderno que conocemos. Lutero siempre sostuvo que la palabra de Dios se podía entender con facilidad y que no precisaba interpretación. Su convicción de que la palabra de Dios era clara permitió que la gente corriente leyera la Biblia en los siglos siguientes. Su insistencia en basar su autoridad en la palabra de Dios dio lugar a una Iglesia de pastores con formación teológica, académicos cuya facultad se basaba en un conocimiento intelectual de la religión que demostraban en sus sermones.

El núcleo de la teología de Lutero era su insistencia en la presencia real de Cristo en el pan y el vino de la eucaristía. Negó el libre albedrío, lo que le supuso su ruptura con Erasmo y eliminó el culto a los santos y sus imágenes; se cuestionó a fondo la misión del sacerdocio, lo mismo que se cuestionó la confesión, la absolución, el matrimonio…, hasta llegar a la conclusión de reconocer tan sólo dos sacramentos: el bautismo y la eucaristía. También forma parte de su legado teológico una visión de la naturaleza humana que elimina la característica escisión entre carne y espíritu, responsable de la suspicacia frente a la sexualidad y de la rigidez moral del cristianismo. La autora destaca que su «religiosidad no está edulcorada». Su relación con Dios no es la de un creyente felizmente seguro de haber sido «salvado»: «Tenía su origen —escribe— en sus Anfechtungen y hubo de recurrir a todas sus capacidades intelectuales y emocionales para definirla». Oraba muchas horas durante el día, conversaba con Dios, pero eso nunca le proporcionó una feliz certeza: entendía que la duda era inseparable de la fe. «Era muy abierto —concluye—, fue honesto, lo arriesgó todo y aceptó la gracia de Dios como un don que no merecía; éstas son sus características más fascinantes».

La profesora Roper advierte que, «sin embargo, Lutero es un héroe difícil». Apunta que hay mucho odio en sus escritos y que su predilección por la retórica escatológica y el humor sarcástico que lo caracteriza hace complicado que sea aceptado y asimilado. Podía llegar a ser cortante e impositivo; su autoritarismo arrojó una sombra sobre la vida de sus hijos y distanció a muchos seguidores. «Su intransigente capacidad para demonizar a sus adversarios —añade— fue algo más que un defecto psicológico, pues hizo que el protestantismo se fragmentara muy rápidamente, debilitándolo y sumiéndolo en siglos de guerras». Su gran aptitud intelectual se presenta como un arma de doble filo; por una parte, se reflejaba en su capacidad para simplificar y llegar al corazón de los problemas, pero eso mismo le impedía llegar a acuerdos o ver matices. Su antijudaísmo se presenta como algo más visceral que el de muchos de sus contemporáneos y, además, constituía un elemento intrínseco de su religiosidad y de su forma de entender la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. No podemos olvidar su insistencia en que los auténticos cristianos, es decir, los evangélicos, se habían convertido en el pueblo elegido y habían desplazado a los judíos; este punto sería fundamental para la identidad protestante. Constituía el pilar que sostenía la idea del papel providencial de los luteranos en la historia. «Para asegurarlo —escribe en su biógrafa—, había que apartar a los judíos, desacreditarlos y, de ser necesario, eliminarlos, porque los evangélicos eran mejores que los judíos».

Profunda, rica en detalles, bien documentada, erudita y a la vez asequible para todo tipo de lectores, esta gran biografía es también una conseguida evocación de la Alemania de Lutero. «Resulta imposible concebir —afirma la autora— la cultura alemana al margen del luteranismo; sus ecos han impregnado producciones artísticas de todo tipo hasta hoy». Su honda influencia puede detectarse en pintores, escritores y, sobre todo, músicos. El legado de Bach constituyó la base de la música alemana durante siglos; compositores como Mozart, Beethoven y Mendelssohn buscaron inspiración en esta música profundamente luterana. Resulta imposible negar que el mensaje de Lutero caló en gentes de toda condición social y cambió sus vidas para siempre. Si para muestra vale un botón, este libro nos pone tres ejemplos de cómo inspiró a individuos muy diferentes. El primero es Alberto Durero —que no necesita presentación—, él nunca se encontró con Lutero, pero conoció su mensaje y éste alteró su fe y toda su obra artística; el segundo, Johann Eberlin von Günzburg, un monje franciscano del sur de Alemania, para él, Lutero fue un héroe cuya vida inspiró y transformó la suya; el tercero es Argula von Grumbach, una noble laica de Ingolstadt, casada con un caballero y madre de cuatro hijos, que también cambió radicalmente de vida al oír el mensaje de Lutero. Cada uno entendió su mensaje de forma diferente. «Para Durero —dice la profesora Roper— era la visión de una fusión mundial de religiones; para Günzburg, un nuevo orden social; para Grumbach, un problema de justicia y equidad». El genio del reformador consiste en haber sabido atraer a todos ellos, aunque cada uno oyera algo diferente en sus palabras. Pero todos se sintieron conmovidos por las ideas evangélicas e hicieron cosas que, de otro modo, nunca hubieran soñado realizar.

Impresiona constatar cómo un acto de protesta se convirtió en una lucha que modificaría para siempre la Iglesia y marcaría el comienzo de un nuevo mundo. Con el trabajo de Lyndal Roper, también impresiona que sus lectores del siglo xxi, inmersos en la corriente de nuestro tiempo, todavía podemos encontrar respuestas válidas en la vida y obra de un hombre que nos antecedió en cinco centurias, pero que todavía parece que tiene cosas importantes que decir.