Pilar Adón
De bestias y aves
Galaxia Gutenberg
208 páginas
POR MEY ZAMORA

Cuando el ser humano se sumerge en la naturaleza y esta no es un simple decorado sino que constituye un espacio que todo lo ocupa, siente el peso de su inmensidad y el implacable dominio de sus ciclos. La persona percibe la escala y el papel que le corresponde -la hormiga, incluso, parece como aumentada por una lupa, un ser mayor-. Deviene un animal pequeño, muy pequeño, cuya mejor estrategia será buscar el hermanamiento con el entorno y adaptarse al trasiego de una realidad que funciona con sus propias reglas.

La naturaleza con su doble versión: idílica y hostil, siempre imponente, grandiosa, inabarcable, sometedora y auxiliadora. Esa fuerza superior que empequeñece al más poderoso de los seres vivientes es una de las protagonistas de la novela de la madrileña Pilar Adón (1971). La tierra, el agua y el aire impregnan las doscientas páginas de este poderoso e inquietante relato, donde también aparece una casa llamada Betania y un grupo de mujeres.

Pilar Adón intensifica en De bestias y aves los ingredientes habituales de sus obras. En ellas reinan las mujeres, y los elementos naturales. Traductora y editora, ha escrito novelas, como Las hijas de Sara o Las efímeras, volúmenes de relatos, como Viajes inocentes o El mes más cruel, y de poesía, como Mente animal o Las órdenes.

Coro, o Coro Mae, o Coro Mag, distintas variantes de un mismo nombre que los padres usaban en función de las circunstancias, es una pintora que recala en un paraje aislado huyendo de una pena que la invade: la muerte de su hermana ahogada. Ha salido desaliñada, descontrolada, precipitadamente. Deja atrás su cotidianidad y se aleja –prescindir del móvil es una clara apuesta por la desconexión-. Su coche se ha quedado sin gasolina y azarosamente ha llegado al final de un camino frente a la verja de la finca de una vivienda rodeada de vegetación. Coro lleva en el maletero nueve retratos de la hermana que ha ido elaborando en un intento de retenerla con ella («Como un par de nutrias de río pasando el invierno»). Es un personaje heredero de protagonistas de novelas anteriores.

Dos mujeres la acogen cuando llega al anochecer. La acompañan a cruzar el linde entre lo real y lo fantástico. Coro siente el vértigo de dar el paso. Se aferra a la excusa de que solo necesita combustible para seguir su camino. ¿Hacia dónde? Si no había ruta ni destino predeterminado en su conducción. El destino ha aparecido en medio de la oscuridad y va a ubicar al personaje, y a los lectores, en ese espacio mágico, en el que habitará de ahora en adelante, acompañada de unos perros y de los sonidos de diferentes pájaros. Ese es el andamiaje bien armado de esta novela, que tiene aires de fábula.

En la actualidad abundan los relatos literarios que plasman ese ejercicio de poner freno a una vida asfixiante y alejarse de un entorno «civilizado» para buscar respuestas a tantas incertidumbres vitales. Suelen ser historias con un patrón similar: persona abrumada por el peso de una vida insatisfecha en lo personal y/o en lo profesional, busca equilibrio en el campo. Allí se reencuentra consigo misma para redirigir su vida. Un viaje de ida y vuelta –no siempre- con los pulmones purificados y el alma apaciguada.

De bestias y aves podría parecer una más de esas novelas de huida del mundanal ruido para encontrar armonía y silencio, pero no lo es. Esta novela no se parece a nada más a que a la propia literatura de su autora, Pilar Adón, que lleva tiempo construyendo un universo literario original y potente, que engulle a quien lee. Se trata de una escritura que remueve, que exige, que tiene un tono poético en muchas de sus frases y cuyos personajes se expresan hacia dentro, hacia su interior; explican poco de su superficie y mucho de sus entrañas. Su obra contiene temas de nuestros días como la incomunicación, las relaciones de dominio o el cuidado del entorno pero trasciende a las particularidades. El relato se sitúa en otro plano.

La escritora madrileña construye una ficción que comparte elementos con otras autoras contemporáneas. En Las vencedoras, Laetitia Colombani plasma la convivencia de un grupo multicultural de mujeres en una gran casa de acogida social en pleno París. Aixa de la Cruz sitúa en Las herederas a cuatro primas en un enclave en el campo y destapa sus incertidumbres vitales. Adón reúne aquí también a mujeres pero estos seres no parecen habitar un mundo real con historias concretas, más bien parecen prototipos simbólicos. El poder lo ostentan Catina y Tressa, la anciana Missa Tita es la experiencia frente a la pequeña Adel o la osadía de las jóvenes gemelas.

La comunidad que presenta De bestias y aves es femenina y autosuficiente. Los hombres están al margen, a las afueras. No tienen cabida en el orden establecido. «Además, los hombres siempre se están marchando a otra parte», señala una de las mujeres. Solo hay un personaje masculino, Tobías Mos, quien vive en los confines de una propiedad que dice que construyó y que le pertenece. Sin embargo parece resignado a la marginalidad y a no intervenir en ese microcosmos.

Betania es otro lugar de la marca Adón. La casa aislada y apartada es una constante en sus obras (Las hijas de Sara, Eterno Amor o Las efímeras). La vivienda de esta novela aparece despojada de artificios. La visualizamos esquemática, con espacios compartidos en la planta baja, un sótano donde habita Gloria encargada de controlar a los animales y la poza, un piso superior con un pasillo y sobrias habitaciones, iguales para todas las habitantes. Una suerte de austero internado sectario –hay incluso una vestimenta a modo de uniforme -.

En ese lugar Coro va pasando los días. La dicotomía entre buscar una salida o quedarse atraviesa la narración. Y arrastra a quien lee, tan deseoso de salir corriendo de esa jaula de cristal, de esa especie de secuestro, como de dejarse caer rendido y aceptar lo establecido.

También es constante la sensación de aislamiento personal a pesar de la compañía. Cada personaje carga con su mochila. Sabemos que Coro convive con la culpa de la hermana muerta en un canal, pero el dolor no se comparte. Van intercalándose las voces de esas mujeres que viven juntas pero que se comunican muy poco («Mejor no decir nada»). Quizá porque la vida es eso. Vivir rodeados de otros seres pero acompañados solo por uno mismo, por un interior frondoso donde se posan episodios que no se pueden socializar.

«Un árbol. El olor de la lluvia. El caos de la/tormenta./Y la perenne impresión de estar sola. No me/dejes sola» rezan unos versos de la escritora del poemario Da dolor. Y ese espíritu es el mismo que impregna estas páginas. Coro está sola y querría «una coraza que cubriera la zona del cerebro en la que se generaban la pena y la añoranza».

La naturaleza, como decíamos, es fuente de energía y de vitalidad y allí esta mujer encontrará certezas. Las raíces de los árboles creando redes de conexión por los que transitan nutrientes, las ramas de los árboles absorbiendo la luz…movimientos en cadena que fijan la vida: «La vida como energía. La vida como esencia». Los murmullos y gritos animales la rodean y ella se funde con ellos («pegó la frente al tronco y siguió chillando»).

Hay algo ancestral, primigenio, que lleva a un reconocimiento del terreno y a reconocer los límites. Lejos del apacible espacio vegetal que arropa en su enfermedad a la italiana Pia Pera, sola en su vergel (Aún no se lo he dicho a mi jardín). En ambos relatos se reivindica el cuidado del entorno y la necesidad de los libros, las plantas y los cuadros.

El agua también tiene en el texto de Adón una doble cara: sanación y oscuridad. La hermana ha muerto ahogada, en la finca hay un lago y una poza que inquieta, pero es también un elemento de purificación y limpieza (de las hormigas en el cuerpo o del alma herida).

Sospecharán los lectores de estas líneas que el clima del relato no es complaciente ni cómodo. Y así es. Son escasos los instantes de sosiego. Se impone el tono inquietante, misterioso e incluso siniestro, el estado de alerta ante la amenaza -¿por qué las mujeres guardan un cuchillo?-. La presencia de una roca que parece abalanzarse y proyecta su sombra en estas páginas crea un escenario opresivo. La escritora ha sabido escoger y situar con acierto los elementos para generar un efecto impactante en los lectores.

De bestias y aves es una obra puro estilo Pilar Adón (1971) y ese es el mejor elogio que se le pude hacer. Fiel a su universo literario, ha trabajado una escritura con sello propio, alejada de tendencias y modas, perturbadora, que se adentra en las profundidades del ser.