Lisandro Pérez
Sugar, Cigars & Revolution. The Making of Cuban New York
New York University Press, Nueva York, 2018
400 páginas, 35.00 $ (ebook 29.50 $)
POR ANTONIO JOSÉ PONTE 

 

Un hombre de aspecto envejecido, aunque en su treintena, aprende a caminar sobre la nieve en el invierno neoyorquino de 1823. Se apoya en otro, más joven. Trescientas páginas después, azota a la ciudad la tormenta de nieve de 1898, la más severa que hasta entonces recordara The New York Times, y un general independentista cubano sube al tren de Washington, y allá delira y muere.

Quien aprende a caminar sobre la nieve al inicio de este libro es el sacerdote Félix Varela, uno de los tres diputados isleños en pos de la abolición de la esclavitud y la autonomía para Cuba. Disueltas las Cortes de Madrid, ha huido de la persecución de Fernando VII, cree que Nueva York es un destino provisional y que volverá a La Habana, a su cátedra de Filosofía y Derecho Constitucional. Sin embargo, pasará los veintisiete inviernos que le quedan caminando sobre nieve. Fundará en Nueva York dos céntricas iglesias, se erigirá en defensor de los derechos de los católicos neoyorquinos y la inmigración irlandesa y morirá en San Agustín, Florida.

El general de las últimas páginas del libro es Calixto García Iñíguez, desembarcado en Nueva York meses después de terminada la guerra en Cuba, dispuesto a reunirse con el presidente McKinley, a preguntar al presidente cuál es la intención de su Gobierno en la isla y a dejar claro que tanto él como los otros jefes mambises están en contra de la anexión. Todos ellos comprenden la necesidad de que el Ejército estadounidense ocupe la isla hasta restablecer el orden, pero ni un día más.

A diferencia de Varela, el general García conoce bien el invierno neoyorquino. Ha vivido allí con su familia durante años y allí esperó su salida a la guerra. Vuelve, pues, a su casa familiar en Harlem, a su mujer y sus hijos. Gracias a él y su tropa, los estadounidenses pudieron desembarcar en territorio cubano sin tener que enfrentarse al Ejército de España. Fueron sus soldados los que cavaron trincheras y se ocuparon del traslado de víveres para las tropas de Estados Unidos. Y fue a él y sus fuerzas a quienes, a la hora de la rendición española, el mando estadounidense prohibió la entrada en Santiago de Cuba.

Viaja a Washington en medio de la gran tormenta y va enfermo. El encuentro con el presidente McKinley resulta amable, aunque no resuelve ninguno de sus propósitos. Los médicos le diagnostican neumonía y él delira en su hotel, da instrucciones para otra emboscada más y fallece.

Lo que va del padre Varela al general García es la búsqueda de la independencia de la isla por diversos caminos políticos: el autonomismo, dados los tiempos liberales españoles; el anexionismo a Estados Unidos, puesto que la autonomía se hace inviable; la guerra contra España y, alcanzada la paz, las gestiones para sacarse de encima la ocupación estadounidense. Lisandro Pérez estudia todos estos intentos dentro de la colonia cubana de Nueva York a lo largo del siglo xix. Hace historia de Cuba, pero también de Nueva York, donde la cubana fue la mayor de las inmigraciones latinoamericanas durante buena parte de ese siglo. «Trazar los orígenes del Nueva York cubano es descubrir los orígenes del Nueva York latino», afirma.

El joven en quien se apoya Félix Varela durante su paseo por la nieve es Cristóbal Madan y Madan, exdiscípulo del sacerdote e hijo de una familia habanera de origen irlandés con grandes propiedades azucareras en la isla. La repetición de sus apellidos habla de una familia como clan e, igual que muchos otros vástagos de la sacarocracia cubana, él ha sido enviado a Nueva York para que aprenda inglés y se haga diestro en los negocios.

Las casas de contabilidad de la calle South, en Manhattan, aceptan como parte de sus obligaciones el velar por la educación de los hijos de sus clientes de Cuba. Nueva York cuenta con fábricas refinadoras de azúcar y destiladoras de ron y, junto con las partidas de azúcar y melaza, las empresas de la calle South tratan la matrícula de un joven criollo en un internado o la compra de un anillo de bodas para unos novios en la isla. No es raro, entonces, que Sebastián Peñalver y Sánchez, tercer marqués de Peñalver, escriba en inglés a Moses Taylor, de Moses Taylor and Company, pidiendo que le envíe a La Habana un mapamundi, los veintidós volúmenes de la Encyclopédie universelle y los veintiún volúmenes de la Encyclopedia Britannica.

Moses Taylor and Company no sólo sirve de corredor de bolsa, sino de corredor cultural (cultural broker) para sus clientes en Cuba. Iniciada la guerra, funcionará, asimismo, como banco para los insurgentes. Tan diversos asuntos y negocios crean un puente entre el bajo Manhattan y La Habana. Hasta el punto de que, según se afirma en este libro, Nueva York, y, en general, Estados Unidos, llegó a reemplazar a España como «el otro lugar» en el pensamiento de los cubanos.

Lisandro Pérez ha examinado libros de cuentas y correspondencias comerciales, prensa neoyorquina en español, anuncios publicitarios, listas de pasajeros, peticiones de ciudadanía y de pasaportes, directorios comerciales de la ciudad y, por lo menos, cuatro de los censos demográficos de Nueva York. Como prueban sus pesquisas, la composición de la inmigración cubana varía mucho entre 1850 y 1880. Predominantemente blanca y adinerada al inicio, con negocios azucareros, más tarde se hará negra también y abundante en gente del tabaco, aunque no propietarios, sino obreros. Será ya no la Cuba de los grandes apellidos del azúcar, sino la del proletariado del tabaco.

De los censos consultados por Lisandro Pérez sale toda una novela catastral, una comedia humana: dos cuadras (calle 13, entre Segunda y Cuarta Avenida) habitadas únicamente por familias cubanas; un puñado de adolescentes y de niños de apellido Apezteguía que vive sin adultos frente a Washington Square; un verano en el cual, según diversas crónicas, los isleños parecen ocupar todo Saratoga Springs; cubanos censados en la cárcel y en el manicomio… Muchas de estas páginas dan deseos de salir a caminar Nueva York o, en su lugar, de buscar en Google Maps los enclaves mencionados. La novela catastral despierta una novela de los mapas. Y, lo mismo que en las lápidas de una visita al cementerio, saltan unos nombres femeninos buenos para no sabríamos qué historias: Liboria Carolina, Carlota Govín, Gerona Fernández, Pucha Socorro…

El aprendizaje del caminar sobre nieve del padre Félix Varela presta a Sugar, Cigars & Revolution un arranque novelístico. Sin embargo, el historiador termina en sus páginas por sofrenar al narrador, y cabría reprocharle a ese historiador que no se haya extendido tanto al tratar el tabaco como lo hace respecto al azúcar. Una desigualdad achacable, seguramente, a lo impar de unos y otros archivos, a la mayor cantidad de documentos de propietarios azucareros, comparados con los rastros dejados por los obreros del tabaco.

Del tercer tema agrupado en el título, la revolución, sí que hay suficiente en sus páginas y brillantemente resumido. Ahí están los cambios que van de una vía política a otra; los enfrentamientos de posiciones entre unos y otros grupos de exiliados; las expediciones armadas de Narciso López, Domingo Goicuría y José Morales Lemus… Cubanos ricos y cubanos pobres apuestan antagónicamente en Nueva York por la independencia y existen grandes diferencias entre el patriciado del oriente de la isla, menos vinculado al azúcar y a la esclavitud, y los patricios habaneros y occidentales.

Lisandro Pérez avisa en la introducción de este volumen que entre sus propósitos no estuvo el estudio de los años neoyorquinos de José Martí, que él considera documentados de manera amplia. A esto último podría argumentarse que no lo suficientemente. No obstante, Pérez consigue ubicar a Martí en la historia de décadas del activismo político cubano en Nueva York y revela el papel excepcional, por completo inédito, que Martí logró dar a ese activismo.

Cruzan por las páginas de este libro un gran número de autores cubanos con residencia en la ciudad o simples visitantes: José María Heredia, José Antonio Saco, Gertrudis Gómez de Avellaneda, la condesa de Merlin, Antonio Bachiller y Morales, Enrique Piñeyro, Juan Clemente Zenea, Cirilo Villaverde… De Zenea se dan los pormenores de conspirador que condujeron a su fusilamiento en una fortaleza habanera, pero se echa de menos información sobre su vida en Nueva York. De Villaverde, quien publicara allí la versión final de Cecilia Valdés, se siguen, sobre todo, las idas y venidas de su esposa, Emilia Casanova, toda una furia por la independencia cubana y todo un personaje.

Hay una mañana de sábado, sin nieve, en mayo, el 11 de mayo de 1850, en la que acompañamos a Cristóbal Madan y Madan en su paseo por Manhattan. No es ya aquel joven en el cual se apoyaba su maestro, pero da igual qué edad pueda tener él o cualquiera que se enfrente ese día al espectáculo de la bandera cubana que ondea por primera vez. Ocurre en la esquina de las calles Nassau y Fulton, ante la redacción del New York Sun. Quienes la admiran han ido a despedir a la expedición de Narciso López y no pueden sospechar que esa bandera del anexionismo terminará por ser la de la nación que se alcanzará un día. El New York Sun publica su imagen por primera vez. Lisandro Pérez recupera el recorte de periódico y conjetura no sólo la asistencia de Madan y Madan al evento, sino también la reacción que habría tenido el padre Félix Varela, fuera de Nueva York para esa fecha, al encontrar aquella instantánea en las páginas de un diario estadounidense.