Orlando Mondragón
Epicedio al padre
Elefanta Editorial
64 páginas
POR LAURA MARÍA MARTÍNEZ MARTÍNEZ

Hace unos meses Elefanta Editorial reeditó Epicedio al padre, el poemario con el que Orlando Mondragón dio inicio a su carrera literaria en 2017 y que fue merecedor del IV Premio de Poesía Alejandro Aura. Cuatro años antes del celebrado Cuadernos de patología humana de Mondragón y todavía ajena su voz poética a su profesión de psiquiatra, en ese primer libro el mexicano se acercó a la enfermedad desde una forma más personal y dolorosa, desde un sujeto poético que cuida a un padre enfermo de Alzheimer hasta su muerte, sin olvidar sus agravios.
A pesar de que la palabra «epicedio» remite al mismo canto fúnebre que lo hace la elegía, el vacío de significado del vocablo en desuso difumina la intención elogiosa y abarca los vaivenes de la voz poética. Aunque el poemario sigue un hilo narrativo lineal respecto a la enfermedad y al cuidado –el padre enferma, agoniza y muere–, el sujeto lírico vuelve constantemente al recuerdo de su juventud para indagar en los temas que envuelven la muerte y la matizan: la homosexualidad del hijo, el rechazo categórico y homófobo del padre, la masculinidad, la culpa y el perdón. Son estas dolorosas diferencias las que particularizan el duelo de Mondragón y colocan su libro en la línea doliente mexicana de Algo sobre la muerte del mayor Sabines de Jaime Sabines, y también al lado de dedicatorias al padre más conflictivas de la literatura universal como Carta al padre de Franz Kafka.
Los paratextos del libro juegan hábilmente entre la universalidad de la figura del padre («al padre» dice el título) y la individualidad de la dedicatoria («A mi padre»), situándonos a los lectores entre el efecto del reconocimiento y el de la empatía. El poeta retrata la masculinidad volviendo a su origen, volviendo al padre, que es el centro «del sistema solar» y también la figura que da sentido al significado etimológico del patriarcado –como patria, autoridad y linaje, como gobierno del padre.
En la contemplación de la enfermedad, la voz poética muestra al padre callado como «un poste de luz ante la muerte», con el rostro imperturbable durante las intrusivas intervenciones médicas y con una mirada sostenida en los ojos del hijo, para aleccionarle sobre el estar en el mundo de los hombres, «para decirme que no era un maricón como yo». Es una masculinidad que Mondragón contrapone con detalle a la no hegemónica del hijo, caracterizada por el «andar torcido», por las «manos amariconadas» y por una figura que parecía «había crecido chueca / como si la homosexualidad no fuera crecer hacia arriba / sino a los costados».
La masculinidad del padre abre las distancias paternofiliales que solo se acortan ante la vulnerabilidad del cuerpo enfermo, cuando el padre se cae y llora. Es ahí, en el estado avanzado de la enfermedad, donde la voz poética parece reconciliarse con sus anhelos de infancia, despliega una sinceridad lacerante y confiesa que le gusta la vejez de su padre, «me complacía saber / que me necesitaba». El hijo ama al padre en sus derrotas, en los recovecos donde la hombría no llega, porque la masculinidad del padre es ante todo una masculinidad que hiere.
Lejos de limitarse a llorar la enfermedad y la muerte, Epicedio al padre destaca por la crudeza con la que se poetiza el daño del hijo. «Se quedaba callado, mi padre, / cuando alguien contaba chistes de maricas», dice la voz poética y complejiza la quietud: el silencio deja de ser una característica fundacional del padre, para revestirse como rasgo cómplice que lo violenta y lo deja indefenso ante el rechazo homófobo del resto.

Mondragón despliega su maestría escritural de distintas formas: en la resignificación constante de símbolos como la sombra, la luz o la casa, en la corporeización continua de los insultos recibidos en la escuela, en la fiereza con la que describe el glande de su padre y en los juegos de mínimas variaciones que urden el orden del poemario. Sin embargo, la mayor belleza está en la desnudez del reclamo, en mostrarse como «el hijo que no quiso», en ansiar ser «sin esta cruz de soledades a la espalda».

El poeta mexicano es franco, quirúrgico, con las demandas del hijo y el dolor es tan palpable que abre preguntas de difícil solución. ¿Hace falta ficcionalizar la muerte del padre para conversar con él? ¿Es necesario matar al padre para asimilar su daño? ¿Se puede perdonar a un padre?