POR JACOBO IGLESIAS
El escrito Medardo Fraile. Fuente: wikicommons.

El cuento siempre ha sido un género escurridizo y refractario a la definición. De raigambre oriental —Las mil y una noches, Panchatantra—, la modernidad de la obra de Poe y Chejov estableció también un jardín de senderos que se bifurcan —relato fantástico o realista—, que dio paso al abrumador siglo XX norteamericano —refinada cumbre del género—, o a la maestría de ciertos autores hispanoamericanos —Borges, Cortázar, Monterroso—. El cuento español, que tan buenos inicios compiladores ofreció en el medievo, perdió pie en algún punto del camino y derramó toda la leche al pensar que tal vez la suma de las desventuras de Lázaro y Quijote nos convertiría en un país de ricos novelistas.

El cuento ha recorrido la Historia junto al hombre. Durante miles de años fue narración oral. Después devino en mito y fábula, en ejemplo y romance, en folclore y leyenda, en texto impresionista o artificioso, en epifanía o metaliteratura, en minimalismo y en nada. Curiosamente, el que fuera primer género literario todavía no está aquilatado, y asistimos a su movimiento perpetuo que es también el nuestro. Su estética ha sido vanguardia; sus técnicas, una influencia. Después de tanto tiempo, sigue siendo irritante no saber contestar a esta pregunta: ¿Qué es un cuento?

En el prólogo de Teoría de Lola, Francisco Umbral dice: «Se ha dicho que el cuento está o debe estar más cerca de la poesía que de la novela, más cerca de la lírica que de la épica. Efectivamente, el cuento no debe escribirse para contar algo, ni tampoco para no contar nada, sino precisamente para contar nada».

Desde Chejov, el cuento moderno realista elude las tramas para narrar a través de pequeñas acciones, objetos o escenas que bajo una apariencia anecdótica representan las complejas interioridades del ser humano. Existe en esta manera de acercarse a la realidad una voluntad de trascender el lenguaje y convertir el cuento en un género nuevo que, al igual que la poesía, nos acerque a la realidad más allá de lo que las palabras permiten. El primero que lo intuyó aquí fue Pío Baroja en sus Vidas sombrías. Y nadie lo ha practicado en España con la dedicación y la maestría de Medardo Fraile.

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Dueño de un estilo y poseedor de una poética, Medardo Fraile es nuestro gran cuentista posmoderno. Nuestro gran descubridor de nadas. Sus cuentos muestran la capacidad del género para renovarse y apresar lo inasible de la vida, esas sutilezas que descubren el mundo en un grano de arena. Sus mejores cuentos resplandecen después de ser leídos. Tienen eso que podríamos llamar afterglow o resplandor crepuscular, una iluminación que comienza cuando terminamos la lectura, la creciente sensación de que sabemos algo más de lo que sabíamos al principio.

Medardo Fraile trabaja con los estados emocionales de sus protagonistas. Lo que le interesa son las complejidades interiores de sus personajes. Escribe —nos dice en una entrevista— para «acercarse al ser del hombre». A la manera de Chejov, algunos de sus cuentos nos muestran esos estados interiores a través de ciertas acciones o de simples objetos que funcionan como símbolos. T. S. Eliot bautizó esa técnica como «correlato objetivo». Así, un álbum de cromos, un caramelo de limón o contemplar el mar en la playa sirven al autor para representar la fórmula de una particular emoción.

En otro tipo de cuentos los protagonistas se enfrentan a su propia nostalgia y evocan los años en que la vida no los había engullido aún. Son personajes resignados a la cotidianidad de su existencia. Y mientras esperan que algo suceda, salen al balcón a observar la calle, hacen punto de calceta en el sofá, fuman en silencio o bajan al bar de la esquina por toda aventura. No sabríamos decir de qué tratan los cuentos de Medardo Fraile. Salvo que nos acercan al ser del hombre.

Muchos de sus personajes participan de la historia de la misma forma que lo hace el lector. Intuyen que detrás de la anécdota hay algo más importante que no se está contando, pero no terminan de comprender. Nosotros, como lectores, podemos releer el cuento —y muchas veces lo hacemos— para desentrañar el sentido último de la historia. Ellos, sin embargo, están atrapados en la fábula.

La ambientación de sus cuentos pertenece a un mundo ya perdido. Los protagonistas deambulan por un Madrid de posguerra hecho de bares y espejos, de cafés aguados y porteras con fregona, de cajeras y oficinistas, de vendedores y comerciales arrastrados por su maletín. Sus cuentos no manipulan a los personajes para construir una historia, sino que los propios personajes son la historia.

En años de realismo social se permitió algunas incursiones en terreno fantástico. Para el autor «la realidad en el cuento se sirve de la fantasía para ser real más hondamente». Cuentos redondos como Una camisa, El preso —deudor del Romance del prisionero— o Un juego de niñas así lo demuestran.

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Medardo Fraile buscó una forma que su estilo encontró. Un párrafo suyo basta para identificarlo. A veces, el nombre del protagonista ya nos es suficiente. Obdulias, Rositas y Fermines pueblan sus cuentos con resignación. Pocas voces hay tan inconfundibles como la suya. Su estilo sencillo y coloquial acompaña al personaje o a la voz del narrador sin imponerse a ella. Es decir, estilo y expresividad están puestos al servicio del cuento y no al revés. El propio autor ha dicho sobre esto: «Quería escribir también sin vulgaridad ni pobreza, pero con palabras a la altura de la gente, no más bajas pero tampoco más altas, de forma que lo leyeran con agrado la modistilla lista y el profesor sesudo, aunque la lectura de ambos no fuera la misma. Y con esto quiero decir que intentaba acabar con la superstición nada cervantina de que se es más escritor cuanto más consulta el lector un diccionario».

Hombre bondadoso, su carácter se traslada a los narradores y a la ternura de sus personajes. Un lenguaje natural que en otros escritores sonaría forzado, pero que él sabe calzar con maestría. Un lenguaje humilde para personajes humildes: «Quería hacer que estilo y asunto, o si queréis fondo y forma, estén juntos tan bien acoplados que sean lo que son en realidad: la misma cosa. Ni una sola concesión al estilo para exhibir fuera del tema, ingenio, humor, o cualquier otro hallazgo inoportuno, poniéndose el autor en primer plano y asomando la oreja vanidosamente».

Perteneciente a la generación que mejor cultivó el género, la del Medio Siglo fue un derroche de poetas y cuentistas, entre los que destacan Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Fernández Santos o García Pavón. Leídos con perspectiva observamos que el tiempo ha hecho mella en casi todos ellos. Muchos de esos cuentos suenan hoy algo ajados por el paso de los años. Ajenos a las modas, los cuentos de Medardo Fraile siguen de pie. Y ello porque la materia de sus cuentos no es tanto el realismo social y sus cuitas como el ser humano y sus interioridades. 70 años después de editar su primer libro, Medardo Fraile sigue siendo un clásico del cuento español.

María del Pilar Palomo ya señaló que la actualidad de su obra «coloca a Medardo Fraile a medio camino entre Chejov y el denominado realismo sucio de la actual narrativa norteamericana». Sobre el cuento moderno el autor ha dicho: «Yo siempre he tenido fe ciega en los cuentos en los que no pasa nada. El cuento en verdad bueno no se rellena con sucesos».

Alejado del mercado literario por propia voluntad, Medardo Fraile vivió como artesano del cuento y se preocupó más de su artesanía que de lo que de él se decía. Opacado por su condición de nómada —pasó la mayor parte de su vida en Escocia—, porque el cuento es un género menor en España, y porque su obra no es para todos los públicos, no debe extrañar que haya pasado desapercibido en un país donde el cuento se ha considerado siempre como mero ensayo para la novela. Convertido en un escritor de escritores o cuentista de cuentistas, nunca gozó del reconocimiento que su obra merece. Su narrativa breve se cuenta entre las mejores y más audaces que ha dado este país en el siglo XX. Escritores como Medardo Fraile ennoblecen el viejo arte de escribir cuentos.

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