
Martín Kohan
Dos veces junio
Banda propia
184 páginas
Apenas tres líneas le bastan a Martín Kohan para soliviantar al lector y, al mismo tiempo, introducir varios de los motivos que son objeto de reflexión a lo largo de la novela, como la naturalización del horror o la sumisión incuestionable al poder, por mucho que este último abrace la inhumanidad. «¿A partir de qué edad se puede empezar a torturar a un niño?» es la frase que enciende el motor narrativo y sobre la que pivota buena parte de la acción. El error ortográfico incluido en esta sentencia inicial de Dos veces junio es otra pista más de cómo el lenguaje y su empleo constituyen unas de las preocupaciones del escritor y docente en Teoría de la Literatura. El hecho de que la siniestra cuestión se planteara en un centro clandestino de detención durante la dictadura militar comandada por Jorge Rafael Videla es, además, como confiesa el autor, la inquietante confirmación de que el horror, en esos oscuros días, se formulaba con la frialdad del cálculo racional: la perversidad estaba integrada en el quehacer represivo cotidiano.
Buena parte de la novela se desarrolla en un solo día de junio de 1978, en una Argentina anestesiada por el papel que realizase su selección en el Mundial que acogía como anfitriona, y tiene como personaje principal a un soldado conscripto que obedece sin rechistar al doctor Mesiano. Este último es quien ha de resolver la abyecta cuestión planteada, pero se escaquea de sus funciones para asistir al estadio y ver el duelo futbolístico entre su país e Italia. La última parte de esta novela se desarrolla en el mismo día de junio, pero cuatro años después, coincidiendo con otro partido entre ambas selecciones en el Mundial de España de 1982. El soldado protagonista ya no es el joven en formación y rinde visita al galeno para mostrarle sus condolencias por el fallecimiento de su hijo, Sergio Mesiano, caído en las Malvinas.
El diálogo establecido entre sendas fechas separadas por cuatro años o la narración de los hechos concentrados en una sola jornada demuestran el cuidado con que Kohan despliega el elemento temporal. Este dominio tiene su culmen en esa obra maestra que es Confesión, en la que el escritor entretejía tres tiempos –1941, 1977 y el presente narrativo– de una manera muy singular. Es curioso que Dos veces junio, que acaba de reeditar Banda Propia en 2025, apareciese originalmente en 2002, otro año de Mundial. Por entonces, los albicelestes, al igual que en 1982, no pudieron conquistar el título, siendo derrotados, qué macabra eventualidad, por Inglaterra.
Destaca el empleo de la fragmentación como recurso y se combinan con maestría varias voces narrativas, dando lugar a una novela con cierta polifonía. De forma mayoritaria emerge el relato en primera persona, con focalización interna, del conscripto. Pero, por otra parte, hallamos una voz impersonal que aporta datos aparentemente irrelevantes y, más importante, refiere las penurias de una presa recluida en el centro de detención. Esta mujer es la madre del bebé que protagoniza la triste pregunta inicial, y con su historia Kohan introduce el tema de las apropiaciones de bebés durante el oscuro periodo dictatorial.
De hecho, el más destacado de los pasajes tiene lugar cuando el conscripto relata el momento en que coincide con la prisionera. Esta, desde su celda, pide al joven que le ayude. El conscripto, tras la puerta, se muestra inflexible y recuerda, sin duda, las palabras de su maestro Mesiano: «Hay que pensar que un prisionero ya es un muerto». Por ello, el soldado contesta con rotundidad a la pobre madre que implora: «No hables más, hija de puta, no ves que ya estás muerta». Resulta imposible no evocar aquí, sobre el estatus del desaparecido, las dolorosas palabras que Videla expresó en 1979, preguntado por un periodista sobre el paradero de esta figura enemiga: dijo que era una incógnita y que no tenía entidad: «No está ni muerto ni vivo, está desaparecido». Es, por lo tanto, un espectro. Esos mismos espectros que pueblan tantas novelas magníficas recientes contextualizadas en la dictadura militar, como ha estudiado con brillantez Sandra Gasparini.
Sin duda, también podríamos ver como un fantasma al narrador-protagonista: es el propio soldado quien no se define como persona, sino como un mero chófer de Mesiano, un sujeto que cumple órdenes sin rechistar. Y, como este, tantos otros individuos que engrasaron la maquinaria de la muerte comandada por Videla. La banalidad del mal y la naturalización del terror en una novela inteligentísima –otra más– firmada por uno de los grandes nombres de la literatura hispánica actual.