Munir Hachemi
Lo que falta
Periférica
208 páginas
POR ANTONIO RIVERO TARAVILLO

Once son los cuentos que reúne Munir Hachemi (Madrid, 1989) en Lo que falta, su primer libro de relatos tras haber publicado también en la editorial Periférica las novelas Cosas vivas (2018) y El árbol viene (2023), obras que siguieron a otras dos autoeditadas, el poemario los restos (2022) y la aproximación biográfica al hijo más tarambana, un auténtico maudit, de Gonzalo Torrente Ballester: Torrente Malvido: arqueología del fracaso (2023), del que hay una reciente semblanza en Los ilusionistas de Marcos Giralt Torrente y del cual se anuncia una exhaustiva biografía futura a cargo de J. Benito Fernández. Con ello, el también traductor Hachemi parece volverse al Borges quintoesencial, el de los cuentos (aunque no olvidemos su gran poesía), al cual dedicó su tesis doctoral presentada en la Universidad de Granada, donde se formó, sobre la influencia de Borges en la narrativa española. En futuras recensiones y balances de esta influencia habrá que añadir la suya propia.

El peso de Borges se hace notar en este libro, pero con frescura e irreverencia, como tiene que ser. Afortunadamente para Hachemi, no tendrá que vérselas ya con María Kodama, que persiguió casos de recreación borgeana como el de El Aleph engordado del argentino Pablo Katchadjian (autor importante para Hachemi) o El hacedor (de Borges). Remake, del español Agustín Fernández Mallo. En el «Epílogo» a Lo que falta, el autor declara que las piezas de este volumen son «variaciones de otros cuentos». Así, «Manual de escritura por correspondencia» del escritor de origen argelino se basa en «Tigres azules» del argentino. Pero hay más, bastante más, sin que la de Borges sea ni mucho menos la única influencia del volumen.

Las atmósferas de estos cuentos suelen ser irreales, distópicas, fantasmales, apocalípticas y un punto pesadillescas. Como de una humanidad que se ha ido por el sumidero. A veces recuerdan, para entendernos, a la película Mad Max o las novelas de Cormac McCarthy. Es lo que sucede con el inicial «Los restos», con forma de diario. Hay aquí un cambio de narrador a mitad del relato, y luego en este discurrir de ordenadores o computadoras, en este mundo vencido por la robótica, la narradora Paula se convierte en la despersonalizada «la humana» en palabras de una inteligencia artificial que se apodera del discurso. Lo borgeano está aquí presente, además, en el uso de una falsa etimología (recurso caro al nobel que no fue), la de la palabra «ironía», a la que se buscan raíces que no tiene, pistas falsas, trampantojos filológicos. Abundan también los dobles, los espejos físicos o no, lo desasosegante.

«Manual de escritura por correspondencia» presenta una realidad también extraña, con unos objetos misteriosos y un proceso llamado «proliferación» (de unos llamados täkis, sean estos lo que sean). Hay vagos signos de que la acción se desarrolla en Buenos Aires (el Cabildo, rasgos del lenguaje porteño). Esto es explícito en «Un juego al que se juega»: «Una noche, a altas horas, en la única librería de la calle Corrientes que quedaba abierta, di con una traducción de Las mil y una noches que, según la contratapa, había sido “vertida” por Borges desde el inglés». Lo borgeano es aquí manifiesto también en una Biblioteca que «es el centro del Imperio y acaso también el centro del mundo». Se habla igualmente de un bibliotecario ciego (y loco). El Sha está no menos enloquecido: «cuando no despachaba, pasaba las horas en un estudio hexagonal releyendo los delirios del bibliotecario ciego a cuyas ideas había fiado el destino del Imperio». El homenaje a «La Biblioteca de Babel» es obvio.

En «El idioma analítico de John Wilkins», Borges ideó una enciclopedia china (y la querencia china de Hachemi es evidente) conocida como Emporio celestial de conocimientos benévolos, donde hay una clasificación muy arbitraria de los animales («pertenecientes al Emperador», «embalsamados», «amaestrados», «perros sueltos», «innumerables», «dibujados con un pincel finísimo de camello»…). Tan arbitraria y fantástica es la ordenación que preconiza el Sha inspirado por el bibliotecario ciego: «El sistema recorría los temas humanos e incluía los oficios, la economía, las bellas artes, la anatomía, la guerra… Y dentro de cada categoría, una serie de clasificaciones que no dejaron de sorprender a los elegidos y que se repetían para todas las series: lo de fuera, lo de dentro, lo que no tiene nada que ver con las manos, lo vertical, lo diagonal, lo que parece que se refiere a los colores pero en realidad se refiere a otra cosa, lo que parece ajeno a los colores pero en realidad se refiere a los colores, lo angular, lo perverso, lo ligeramente trágico, lo que podría dibujarse, etcétera».

No se agotan aquí las coincidencias. Por ejemplo, en «La ventana» leemos: «Se acuerda de una frase: “La lluvia es una cosa que sucede en el pasado”. Es de unas bulerías del Cabrero». Estupenda pirueta, pues como todo el mundo sabe la procedencia es, en realidad, de uno de los sonetos más justamente famosos de Borges, alojado en la cisterna de la memoria que se desborda cada vez que caen cuatro gotas (el Cabrero lo cantó, es cierto, en versión memorable). «Lo que falta», cuento que da título al volumen, tiene también otro guiño borgeano, concretamente al cuento «El acercamiento a Almotásim», de Historia de la eternidad (luego parte de El jardín de senderos que se bifurcan y posteriormente de Ficciones).

Hachemi propende a dividir sus cuentos en secciones numéricas. Esto otorga dinamismo a la narración, en fragmentos cortos que acaso alivian lo opresivo de las narraciones. En otra ocasión («Porras Dei») el cuento es la mera transcripción editada de una entrevista desarrollada en varias sesiones, de las que se omiten las preguntas y, en elipsis estas, se dejan solo las respuestas. Es el relato más disonante del conjunto, con su carga social que procede de la situación de un centro de internamiento de extranjeros. Aberraciones hay, anormalidades patológicas, como en «La Comuna», resueltas en circunstancias fantásticas, acordes con el tono general del libro.

En el epílogo, Hachemi asevera que «la mayoría de los cuentos se pueden leer como ejercicios fallidos de crítica literaria». ¿Es así? Dejemos la captatio benevolentiae del escritor y reconozcamos que se bastan por sí solos, que adquieren la condición de autónomos, aunque dependan de fuentes, y no tanto de tramas como de tonos o aires, como también declara el autor. «Confesaré también que a algunos cuentos les he inventado o descubierto la genealogía sólo después de haberlos escrito (o alguien lo ha hecho por mí)», agrega. Otros autores que planean sobre estas páginas son Nicolás Cabral, Rafael Pinedo, Agustín Fernández Mallo, Jean Cocteau, Franz Kafka, Roberto Bolaño o, con una palabra aislada, Tomás Downey.

La pregunta es ineludible: ¿tienen valor estos cuentos, tan confesadamente inspirados en obras ajenas? ¿Ha llevado demasiado lejos Hachemi su devoción por otros, hasta el punto de restar valor a lo propio? El autor, seleccionado por la revista Granta como uno de «los veinticinco narradores mejores en español» en 2021, sale airoso porque subyace una unidad palpable a los diferentes cuentos, y las influencias se armonizan sin estridencias. Hay aquí una voz madura que sabe qué toma y de quién, y qué clima desea conseguir. Y lo logra, ya sea en ciudades en ruinas, en un confinamiento, en un secuestro, en un restaurante en el que se producen extraños nacimientos de entes un poco lovecraftianos, en la historia de un libro titulado Los sinólogos o interrogándose sobre la forma de escribir. Hay mucho aquí de posmodernismo literario bien entendido.

La historia de la literatura no es la cadena de obras que sucesivamente comparecen en su discurrir, sino la relación que los eslabones de esa cadena establecen entre sí, tanto de forma sincrónica o simultánea como diacrónica o cronológica. Un autor original no será tanto el que pretenda sacarse nuevas liebres de la chistera como el que se ponga sombreros que ya han cubierto las cabezas de otros, cuentas de un rosario que él enhebra a veces de manera imprevisible. Este es el caso de Hachemi, que reconoce su tradición y la incrementa. «Al evaluar una obra, postulamos una horizontalidad según la cual un libro estaría más relacionado con aquellos rematados por la misma firma que con los de otros autores. Ese modo de sucesión es irreal; las verticales y las diagonales imperan sobre las horizontales», anota el autor de Lo que falta al final del libro.

De entre los escritores españoles e hispanoamericanos es posible hallar concomitancias no con el realismo mágico pero sí con elementos góticos, fantásticos y de ciencia ficción presentes, por ejemplo, en Aura de Carlos Fuentes, varias novelas y cuentos de Edmundo Paz Soldán y las narraciones de Alberto Chimal (ninguno de ellos nombrados en el epílogo y tal vez no leídos por Hachemi). Puede el lector moverse por estos cuentos como el caballo por el tablero del ajedrez, con esos desplazamientos verticales y diagonales de los que habla el autor, pero esa disección motriz no deja de ser el diseño de un árbol genealógico en el que más de una rama será engañosa o postiza. Al final, lo que prevalece es la libertad de componer historias sin demasiada atención a un género u otro, sin pleitesías a antecesores o maestros (con la salvedad, quizá, de Borges). Se insertan algunas palabras en árabe o chino, el volumen se abre con una dedicatoria empecinadamente agramatical que predispone en contra, seguidora de una moda ya pasada de moda («Para mis amigues»). Pero Lo que falta se disfruta por su imaginación, la variedad de escenarios y tiempos, su catálogo de sombras, la maestría de un joven narrador que se abre paso por terrenos incómodos, que son (¿hay que recordarlo?) los territorios de la mejor literatura.