Antonio Muñoz Molina
No te veré morir
Seix Barral
238 páginas
POR CARLOS BARBÁCHANO

Cuando todavía estamos degustando ese singular diario recreado de la pandemia que es Volver a dónde, aparece la última novela de un autor que camina ya con el aplomo de los maestros pero con la humildad de los principiantes. Puede parecer paradójica tal afirmación y no por ello menos cierta. Como contradictoria y apasionante es la vida de los protagonistas de esta novela que, en formato de música de cámara, retoma el tema del gran amor, admirablemente orquestado por Muñoz Molina en La noche de los tiempos. Al igual que Ignacio Abel, el arquitecto republicano exiliado en los Estados Unidos poco antes de la contienda, el joven Gabriel Aristu debe salir de España, esta vez dejando atrás la patria inquisitorial de la posguerra, para graduarse en Inglaterra y desarrollar de inmediato una exitosa carrera como economista en California donde creará una familia americana desdoblándose entre quien fue, aquel joven apocado que siguió mansamente la ruta que le marcó su abnegado y destruido padre, y quien ahora es, el imprescindible asesor de empresas, bancos y corporaciones internacionales de prestigio. Extranjero en su nuevo país, pese a su éxito e impecable inglés, y extraño en las puntuales visitas que hace a su patria. Abel y Aristu se verán obligados a dejar las mujeres de sus vidas; alejamiento físico, de nuevo la paradoja, que hará más presente su recuerdo.

No te veré morir, verso prestado de un emocionante poema de Idea Vilariño, se estructura en cuatro partes: en las impares toma la palabra Gabriel Aristu; en las pares su amigo ocasional, el experto en arte y profesor visitante Julio Máiquez, recién llegado a Estados Unidos, que funciona a modo de contrapunto de Aristu: este, desenvuelto, triunfador, conocedor de los ambientes que pisa, con el don de convertirse en el centro de atención de todo el mundo; aquel, torpe e inseguro, con un conocimiento deficiente del idioma, huido de un divorcio traumático que grava su presente. Ambos, eso sí, dolientes de añoradas ausencias: Gabriel de su gran amor, Adriana Zuber; Julio de la hija que ha dejado en España, quien nada quiere saber de su padre, pese a los constantes y conmovedores esfuerzos que hace por recuperarla. Hija que casualmente resulta ser el lazo de unión entre Aristu y su antigua amante. Cuatro partes cuyo tono –como confiesa el autor- lo marca los cuartetos tardíos de Beethoven, composiciones musicales en las que cada fragmento es independiente. El tono confesional atraviesa todo el relato, con sus momentos cumbre: las dos confesiones de amor absoluto de Gabriel a Adriana: a ella misma, en la tercera parte; por sujeto interpuesto, Julio Máiquez, en la segunda. Y más que de tono, cabría hablar de tonalidad, pues la novela entera -y muy especialmente la primera parte- es pura música. No es casual que la vocación velada de Aristu sea la de violonchelista, instrumento al que vuelve cuando sus obligaciones se lo permiten. Ni que en algunas ocasiones la atmósfera intimista de la entrevista en que el ilusionado Aristu y la derrotada Adriana se reencuentran casi medio siglo después, y con la que arranca la novela, nos lleve al recuerdo de Zarabanda, la última película de Bergman; no solo por el reencuentro de un gran amor sino por el trasfondo musical que impregna ambas obras.

Evocada la primera parte de la novela (73 páginas divididas en 14 fragmentos en los que el autor utiliza exclusivamente comas), algunos lectores se sorprenderán por el reto narrativo de un autor que logra, con tan escaso procedimiento, mantener la tensión del relato. No es algo nuevo. El Nouveau Roman y sus secuelas usaron recursos parecidos. El último Nobel de Literatura, Jon Fosse, lo usa con frecuencia. La novedad aquí es la musicalidad emanada de un texto cuyos fragmentos nos evocan, además de a Beethoven, las suites de Bach; tanto en la reiterada evocación de la definitiva escena de amor entre la joven pareja protagonista, plena de erotismo -a modo de un tema central en el que el autor se recrea-, como en los recursos con los que se enlazan muchos fragmentos del texto; lo que en retórica poética llamamos anadiplosis o concatenación. El resultado es notable: un texto enormemente fluido cuya lectura ininterrumpida acaba por dejarnos sin aliento. La clave de este recurso la da el propio novelista en boca de Aristu en la cuarta y última parte, cuando recibe a Máiquez en su estudio, junto al Hudson, mientras escucha una de las suites de Bach: “Oyó mis pasos y detuvo el disco, levantando delicadamente la aguja. Me dijo que escuchar esa música era como seguir del principio al fin una frase muy larga de Proust, un fluir natural que sin embargo contenía un orden riguroso y flexible, una forma perfecta. Ni la frase de Bach ni la de Proust parecía que estuvieran construidas: sucedían orgánicamente, como asciende desde las raíces hasta las últimas ramas la savia de un árbol; fluían como el río Hudson o como ese arroyo que hasta hacía menos de un siglo movió la rueda del molino al costado de la casa”.

Música y poesía. Esa máxima concentración que exige el texto poético se traslada a la prosa del novelista, ese empático intimismo, ya presente en obras anteriores y de los que pocas veces se ha separado. Pienso en El viento de la luna, la novela evocadora del padre y de su infancia rural; en Tras tus pasos en la escalera, cuya génesis: la frase inicial (“me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”), resulta ser tan similar a No te veré morir, que se genera a partir de la escena primera. En otro sentido, cabría recordar asimismo Un andar solitario entre la gente, redescubrimiento del mundo a través de los ojos del paseante; título que, como el relato que nos ocupa, parte también de un verso inolvidable.

Admirable poema torrencial, esa primera parte podría perfectamente acercarse al anhelo superrealista de la escritura automática.

No te veré morir no se limita a ser una apasionante historia de amor, es igualmente un sintético relato de nuestro tiempo. Con pinceladas muy precisas el autor evoca momentos de la contienda civil, de la triste posguerra y del franquismo tardío, épocas que contrastan con esa arrebatadora California de finales de los sesenta que acoge a nuestro joven economista. Como en La noche de los tiempos, donde Muñoz Molina revivía a Negrín, Moreno Villa o Bergamín, entre otros, aquí vuelve a la vida fundamentalmente a músicos relacionados con el padre de Gabriel, melómano impenitente: Igor Stravinski, cuya poquedad física contrasta cómicamente con su grandeza musical, y Pau Calsals, sobre todo; también al musicólogo Adolfo Salazar y al poeta músico García Lorca. Aristu conserva, por ejemplo, y muestra cuidadoso a su amigo Máiquez en el retiro campestre junto al Hudson, la partitura de la Suite nº 1 de Bach, anotada a lápiz por el mismo Casals y dedicada a su padre, quien, exponiéndose a nuevas represalias dictatoriales, iría valientemente a visitarlo a Prades en el verano del 54.

Madrid una vez más presente. Ahora una ciudad incómoda, agresiva, sus habitantes absortos en las pantallitas de sus móviles; ciudad en la que las personas mayores, como ya Gabriel Aristu, temen ser embestidas por esos autómatas ajenos a todo lo que no esté dentro de sus celulares. En Volver a dónde se nos recordaba con nostalgia aquella no tan lejana ciudad donde la naturaleza había vuelto deslumbrante a las calles y a los parques al final de la pandemia. Madrid de nuevo y ese recurrente barrio de Salamanca que el autor habita.

Aquella tarde/noche de amor total cuyo término supone la separación de los amantes (al día siguiente el joven Aristu marchará a Londres obedeciendo las directrices paternas y no el ruego de la amada), alimentará el mundo onírico de Aristu; más poderoso que el mundo real. Esa tarde/noche (cada miembro de la pareja tiene distinta versión de lo sucedido) y el soñado reencuentro, ya real, delante de una Adriana gravemente enferma que le pide lo imposible; sin constatar si el momento que ahora vive es real o uno de esos sueños que siempre le han acompañado. De nuevo ante ella repasa su vida, el origen humilde pero culto, la huella del padre que logró sacarlo de la sordidez posbélica al tiempo que lo separó de la mujer de su vida. Esa doble vida de Gabriel Aristu, escindida entre el exitoso economista, felizmente casado con la bella Constance, con dos hijos americanos que nada saben de su verdadera vida, y el músico oculto, el soñador, ese otro hombre –él mismo- que no ha dejado de anhelar volver a revivir, aunque solo sea por unas horas, el amor de su vida.

Inmenso poema de amor convertido en relato, Muñoz Molina se supera a sí mismo y nos regala una de las obras más hermosas de su fecunda trayectoria.