Miqui Otero
Orquesta
Alfaguara
282 páginas
POR ANTONIO RIVERO TARAVILLO

De entre los nuevos narradores españoles dados a conocer en la segunda década del siglo XXI, Miqui Otero (Barcelona, 1980) es uno de los más reconocidos por la crítica. Hilo musical (2010) tuvo una excelente acogida. Siguieron La cápsula del tiempo (2012), Rayos (2016) y Simón (2020). La que ahora publica, Orquesta (2024), alcanza el póquer, baza que se puede calificar de póquer de ases dada la calidad sostenida en cada uno de los libros, patente en la última de estas novelas: una construcción rica, compleja, polifónica.

Para empezar, la trama se desarrolla en una única noche de fiesta en un pueblo gallego de nombre inventado pero trasunto de aquel al que Otero ha ido recurrentemente verano tras verano porque de él procede su familia. Esa concentración temporal (un poco Ulises) ya denota una voluntad de construcción narrativa exigente, a la que ayudan, además, las voces narrativas del relato: de un lado, la Música (sí, la música que suena o ha sonado, omnisciente de todo cuanto sucede en su presencia) y, de otro, un conjunto de voces en las que los diferentes personajes van dando su versión de los hechos desde sus respectivos ángulos, en un despliegue polifónico que podría equivaler, por ejemplo, al de Mientras agonizo, de William Faulkner. En cuanto al confiar la narración (o parte de ella) a un objeto inanimado o una realidad no física (aunque la Música sea cosa de ondas sonoras y vibraciones), es un recurso infrecuente. Lo empleó Elena Garro en la fenomenal Los recuerdos del porvenir, donde es una piedra que conoce todo sobre su pueblo la que desgrana la historia. ¿Sería forzar demasiado la lectura si se afirma que en el capítulo V de Orquesta, por su parte, se hallan ecos de Rulfo y Cortázar, o al menos de concomitancias con ellos?

Otro elemento decisivo en Orquesta es la inclusión entre los personajes de un tal Miguel, novelista con cuatro obras ya a sus espaldas, que es trasunto o encarnación directa del propio autor, y no solo en el presente sino en un entrelazado de peripecias en el que el hoy y el ayer se enredan, y que engloban el dominio casi feudal de un conde sobre los lugareños, las relaciones de pareja y las infidelidades de estos, los desajustes entre las generaciones, los conflictos entre ciudad y pueblo, las represiones sexuales, el maquis de fondo… Además, aquí y allá, afloran elementos del folklore y los mitos gallegos y Otero recicla anécdotas, sucesos, letras de canciones y versos. Por ejemplo, los de «María Soliña», de Celso Emilio Ferreiro (no extraña que la editorial no haya podido contactar con él, como declara en una nota de la página de créditos, pues para esto haría falta un médium o la varias veces citada Santa Compaña, dado que el poeta murió en 1979), o la incorporación de un breve relato o demostración mágico-científica sobre la formación de los planetas y el universo que en realidad es de la juventud de Álvaro Cunqueiro (en su Mondoñedo Otero tiene familia). En un pertinente epílogo (quizá sobre la bibliografía), aclara este punto y varios otros.

Otero tiene una gran capacidad, afinada en la escucha, para replicar en la página el lenguaje oral de unos y de otros (aunque raro es que no se echen, como sería natural, parrafadas en gallego), y también de poetizar la voz de la Música, dotada de una gran inclinación a lo metafórico. Como botón de muestra, el comienzo del capítulo 3 (en arábigo, que las intervenciones de los personajes «de carne y hueso» con las que se alternan ostentan números romanos): «A veces soy unas gafas de sol de montura blanca en el baúl de los recuerdos o una trenca de tergal que pasó de la percha del recibidor al baúl de los disfraces. Las canciones son esas prendas de ropa que alguien vistió hace medio siglo y que ahora se pone otro. Quizá entonces eran solemnes y ahora dan risa: viajan en el tiempo con nuevos arreglos».

Los personajes de Orquesta son precisamente esta, cada cual tocando el instrumento suyo en diferentes solos armonizados por la Música, que en algunas ocasiones requiere de estas voces complementarias, pues: «No creáis que lo sé todo de esta historia, porque en algunas de sus escenas no sonaban canciones». El compás se confunde con el correr del tiempo, y los diferentes planos temporales se superponen en este palimpsesto coral con el que Miqui Otero firma una de sus mejores obras.