
Xita Rubert
Los hechos de Key Biscayne
Anagrama
209 páginas
¿Qué sucede cuando las palabras fallan? ¿Qué ocurre cuando ayudan a la memoria a esconder lo que querríamos recordar de otro modo? De esa desconfianza hacia el lenguaje y hacia una figura paterna hasta entonces mitificada nace la voz que narra esta historia, que reflexiona: «Como casi todas las palabras, me las enseñó él: me mostró su forma y me mintió sobre su significado. Aunque el único modo de enseñarle algo a alguien es mintiéndole. No se accede a la verdad desde la verdad». De verdades, mentiras y palabras habla Los hechos de Key Biscayne, obra con la que Xita Rubert (Barcelona, 1996) se alzó en 2024 con el Premio Herralde —ex aequo con la chilena Cynthia Rimsky—. En sus primeras páginas, la protagonista se nos presenta como una narradora no confiable: nos mira a los ojos y asegura que va a jugar con nosotros. Adentrarse en esta novela es, desde ese momento, aceptar el juego que nos propone su autora.
Los hechos de Key Biscayne empieza con una imagen muy poderosa: un padre con sus dos hijos preadolescentes en el mostrador de facturación del aeropuerto de Boston, sin documentación y con todas sus pertenencias metidas en bolsas de basura en lugar de maletas. El hombre, un profesor universitario de filosofía estrafalario y despistado que ya ha cumplido los setenta y durante ese curso da clase como visitante en Harvard, intenta explicar a la azafata que olvidaron comprar las maletas. Tampoco tiene documentación ni visado. Sin embargo, sin saber muy bien cómo, consigue que les permitan volar. Ya en esta primera escena, Rubert nos ofrece varias claves de la novela: por un lado retrata el carácter excéntrico y quijiotesco del profesor, un genio loco que suponemos muy dotado para la filosofía pero nada capaz para la vida diaria; por otro, plantea que mucho de lo que suceda va a parecer inexplicable, pero este hombre que nunca hace lo que se espera de él logrará salirse con la suya casi siempre.
Tras un divorcio que intuimos complicado, ha conseguido que su exmujer, a cargo de la custodia de los niños, acceda a que pasen un año con él para estudiar en uno de los mejores colegios. Pero a mitad de curso, con un pretexto absurdo —en Boston hace frío en invierno—, decide dejar la prestigiosa Harvard y mudarse a Key Biscayne, Florida, para enseñar en una universidad de medio pelo. Quien reconstruye esta historia es la hija, ahora adulta, que cuando suceden «los hechos» —unos hechos que no llegaremos a saber del todo— tenía doce años; desde la ficción que implica confiar en los mecanismos de la memoria, relata lo que ocurrió —o lo que podría haber ocurrido— los caóticos meses que pasaron en la isla. Porque como ella misma admite, «No sé exactamente, y más vale que lo diga, lo que sucedió durante aquellos meses. […]No se trata sólo de que invente, sin darme cuenta, al recordar. […]El deseo de relatar esconde en mí otro deseo: el de sustituir lo real por lo narrado, el de modificar y suplantar lo que sucedió».
En Miami, en la isla artificial donde vivirán, se relacionan con unos personajes tan falsos como el entorno: niñas que a los trece años se han operado los pechos, hombres que miden su estatus por el tamaño de su yate, gente que se desplaza en carritos de golf mientras acumula cadillacs en el garaje… La conducta errática del padre, que ni siquiera se incorpora a las clases, arrastra a sus hijos; y mientras Nico, el hijo mayor, reacciona y pone distancia, la protagonista —sin nombre y en plena construcción de su identidad— cae presa de su onda expansiva. Y aquí, en la relación entre esta niña y su idealizado padre y en su mirada confusa sobre el mundo de plástico que los acoge, es donde reside el núcleo del relato.
Más que un juego de espejos, la novela es un juego de espejismos. Sabemos que hay fiestas en grandes mansiones donde el cónsul y los empresarios españoles afincados en Miami alternan y hacen negocios—acabarán apareciendo mafiosos, narcotraficantes, defraudadores huidos, prófugos de la justicia…—. Sabemos que las relaciones entre los habitantes de la isla son un simulacro tan falso como la isla en sí —y ahí reside otro de los núcleos del relato: el escenario como incitador y encubridor del fingimiento—. Y sabemos, sobre todo, que no podemos fiarnos de lo que la narradora nos cuenta. Y no sólo porque nos lo haya advertido, sino por la ambigüedad que envuelve como una bruma difusa el texto de principio a fin y que logra transmitir al lector la misma sensación de extrañeza con la que la protagonista observa cuanto ocurre.
La narración sugiere muchas cosas y el lector no llega a saber con certeza ninguna. Hay varios aspectos turbios —uno relacionado con ciertos mareos que padece la niña, que se intuyen provocados por unos somníferos que le administra el padre; otro relacionado con niñas vestidas y maquilladas como adultas que acuden a fiestas con hombres mayores— que no llegan a aclararse del todo y, aunque el lector entiende lo que Rubert nos está contando, no es posible saber hasta dónde llegan las cosas: hasta donde llega la atención o el despiste del padre, hasta dónde las implicaciones para la hija. Depende como se lea, puede ser una historia de descubrimiento de la vida —o más bien de lo que no debe ser la vida—, centrada en la pérdida de la inocencia de la protagonista cuando su padre pierde el halo mitificador que hasta entonces lo recubría, o puede ser el relato incómodo de unos hechos oscuros en los que la ambigüedad narrativa encubre una experiencia traumática disociada.
Los hechos de Key Biscayne está emparentada en muchos aspectos con la obra anterior de Rubert, Mis días con los Kopp: ambas comparten el perfil de sus personajes, unos padres académicos y vinculados al mundo cultural —inevitable ver aquí el paralelismo con la propia familia de la autora, hija del filósofo Xavier Rubert de Ventós y la escritora Luisa Castro— y una hija que se abre al mundo; también la relación padre-hija que vertebra las historias y la idealización de la figura paterna, con el consiguiente desencanto posterior. Aquí Rubert también habla sobre la dificultad de encajar en el mundo y de lo complicado que nos resulta a veces relacionarnos. Hay un permanente cuestionamiento de la memoria y una patente desconfianza hacia el lenguaje y la capacidad de las palabras para reconstruir lo vivido y lo sentido.
El texto también aborda otros temas más delicados. En la conducta del padre, que castiga a su exmujer rechazando sus llamadas telefónicas y manipulando a sus hijos para que no hablen con ella, arrastrándolos hacia esa vida desastrosa, hay un retrato diáfano de la violencia vicaria. El profesor lo vive como algo chistoso, pero en el texto permea la desesperación de la madre, que acaba por viajar a Miami porque no sabe nada de sus hijos desde hace semanas; hay referencias cargadas de cinismo a las bromas entre colegas —hombres, por supuesto— sobre la crueldad de las mujeres y la injusticia de las custodias. También planea sobre el texto una fuerte crítica al clasismo y al racismo que las comunidades latinas afincadas en Miami —todos blancos— despliegan con otros latinos que trabajan en el servicio.
Xita Rubert sabe contar historias y lo hace con humor, ritmo y elegancia en el lenguaje. En Los hechos de Key Biscayne encontramos muchas frases redondas, casi aforismos, que encierran una gran riqueza de ideas: detrás de cada una de esas frases hay un concepto más profundo, una reflexión bellamente sintetizada que deja apuntada para que desarrolle el lector. La autora juega a dejar lo esencial fuera de campo, a no desarrollar ni hacer explícito lo que ha enunciado: las omisiones y las elipsis se convierten en elementos narrativos fundamentales para que el entramado de la historia funcione y el texto destile ese extrañamiento que envuelve la narración.
Y eso, que da sentido a la novela, es a la vez su punto más débil: ese mismo extrañamiento y lo elusivo del cierre tal vez sean demasiado difusos y, aunque se agradece que Rubert exija implicación al lector y no le dé todo mascado, también se hubiera agradecido un poco más de concreción en aspectos que quedan apuntados de un modo demasiado liviano. Es el caso, por ejemplo, de la razón por la que el padre pone en marcha todo este disparate; o de que el comportamiento de su exmujer al llegar sea mucho menos furioso de lo que cabría esperar.
No es fácil mantener este equilibrio sin que el lector quede con preguntas que el texto no puede —o no quiere— responder. Rubert ha asumido el riesgo. Quizás ahí resida la esencia de su propuesta: leer, como vivir, no consiste en entenderlo todo, sino en saber habitar lo incompleto.