Eduardo Arroyo
«Panamá» Al Brown. Una vida de boxeador
Fórcola, Madrid, 2018
328 páginas, 24.50 €
POR FERNANDO CASTILLO

En el ya lejano 1987, cuando aún existía el muro de Berlín y la Unión Soviética, apareció en español un libro del pintor y escritor —o escritor y pintor, es difícil precisarlo— Eduardo Arroyo, dedicado a un singular boxeador panameño llamado Alfonso Brown, tan delgado, alto y elegante como de familia humilde, campeón de los pesos gallo durante más de una década. El reinado de Panamá Al Brown en el ring y fuera de él se extendió durante algo más de una década y coincidió con la última parte de los años de entreguerras, cuando se caminaba, en medio de una crisis tan atroz como la abierta en 1929, hacia el apocalipsis que acabaría con la parte del mundo de ayer de Stefan Zweig, que todavía no había desaparecido con los cañones que comenzaron a disparar en agosto de 1914.

El libro de Eduardo Arroyo es una original quest consagrada a un personaje fuera de lo habitual, tanto por su carrera en el boxeo como por la vida excepcional que llevó en las ciudades en las que residió, de Nueva York a París, pasando por Londres o Barcelona. Unas ciudades en las que transcurrió la existencia de Panamá Al Brown, que vivió y murió como Francis Scott Fitzgerald, entre sastres de Savile Row o del entorno de los Campos Elíseos, Bugattis, fiestas interminables con chicas guapas, cocaína y Mumm Cordon Rouge —el champán de Tintín en El cangrejo de las pinzas de oro—, que incluso bebía en el ring, en las que se codeaba con la crema de la sociedad y de la intelectualidad, que decía el chotis castizo, como Jean Cocteau. Una vida de dandi y derroche consumida durante años, los que le duraron el dinero, el hígado y los huesos de las manos. Luego, lo previsible: el calvario que supone el descenso hacia el infierno del olvido y la pobreza en una Nueva York siempre hostil para los pobres, a la que regresó en 1939 desde el París de su gloria, venteando la guerra que iba a destrozar el continente.

Dicho todo esto, ¿por qué ha editado ahora la editorial Fórcola el libro de Eduardo Arroyo, «Panamá» Al Brown, en la colección Siglo XX y ha recuperado un texto transcurridas más de tres décadas desde su publicación? Pues, seguramente, porque el boxeo es uno de los espectáculos del siglo, en especial, en sus años centrales, en el que era más que un deporte de masas y los púgiles, unos héroes populares que encarnaban la ansiada movilidad social que permitía salir de la pobreza, aunque esto sea, cuando menos, discutible, visto el destino de la mayoría e los boxeadores.

Porque la biografía de Alfonso Brown, «artista, bailarín y poeta», es también una excusa del autor para mostrar y contar la vida de unos personajes que están determinados por las grandes cuestiones universales, como son el deseo, el poder, la vida y la muerte.

Porque el boxeo es uno de los deportes más literarios, tanto que incluso en España aparece ya en la vanguardista y granviaria novela de José Díaz Fernández, La Venus mecánica, por medio del combate celebrado entre Eusebio García y Max Schmelling, el boxeador que descendería sobre Creta como paracaidista alemán. Una novela publicada cuando Al Brown triunfaba en el ring y vivía la gloria que sigue a los combates victoriosos y brillantes.

Porque la vida de Al Brown se desarrolla en lugares desde los que se ha hecho la historia del siglo, unas ciudades que han sido la capital del mundo durante la centuria, como París, Nueva York o Londres.

Porque el libro de Arroyo aúna lo moderno, lo periodístico, el aire de crónica pugilística, la mirada castiza y cosmopolita, entre José Gutiérrez Solana y Paul Morand, con la tradición literaria, como muestra la ingeniosa unión de una oportuna cita de La dama boba, de Lope de Vega, y la revista neoyorquina Harper’s Bazaar.

Porque en París, Al Brown boxea en algunos lugares que están ligados a las luces y sombras del siglo xx, especialmente, en París, como la sala Wagram, donde años más tarde se celebrarán exposiciones contra el bolchevismo y mítines para complacer al ocupante; la sala Pleyel, en la que el bailarín Vicente Escudero, tras retratarlo Man Ray, bailó al sonido de un motor, mezclando flamenco y vanguardia, o el Vel d’Hiv, antes de convertirse en la estación previa a Drancy y a los campos del este para los judíos, como fue el caso del boxeador tunecino y judío, Young Pérez, uno de los adversarios de Panamá Al. Un destino muy diferente del seguido por André Gabison, asimismo judío y tunecino, pero también agente del Abwehr y colaborador en los bureaux de compra del mercado negro durante la Ocupación. Un personaje de las obras de Patrick Modiano, del que hemos contado su vida en Noche y niebla en el París ocupado.

Porque en el libro de Eduardo Arroyo aparecen tipos como Simon Sabiani, el cacique de la extrema derecha marsellesa y del colaboracionista Partido Popular Francés (PPF) de Jacques Doriot, y Pierre Drieu La Rochelle, que acabó muriendo en el exilio collabo de Barcelona, y los mafiosos, asimismo marselleses, François Spirito y Paul Carbone, quienes crearon luego la Gestapo francesa de la parisina Rue de Bercy. Unos personajes modianescos que fueron amigos de Étienne Léandri, otro gánster de la colaboración que, él sí, aparece en Domingos de agosto, la novela meridional y magnífica de Patrick Modiano.

Porque en 1935, Manuel Azaña, sin saberlo, hizo de telonero de Panamá Al Brown en la plaza de toros de Valencia, en un mitin previo a su combate contra un tal Sangchili, un valenciano cuyo verdadero nombre era Baltasar Belenguer Hervás.

Porque los personajes del mundo del boxeo que rodean a Alfonso Brown tienen una novela que Arroyo sabe trazar en su obra y porque la descripción de los combates tiene mucho de torneo, de épica.

Porque es un libro lleno de paquebotes transatlánticos que parecen salidos de los carteles de Cassandre o de Paul Colin, de aviones brillantes, de automóviles veloces, como el Bugatti que usaba Al Brown, y de expresos que cruzan Europa, inspirando canciones como Paris-Méditerranée (1938) a Edith Piaf, o Błękitny Ekspress (1934) a la polaca Hanka Ordonówna. Es decir, porque es un libro de viajes por Europa, América y África un tanto morandiano.

Porque la vida de Al Brown en ocasiones encarna las tensiones del siglo xx, como sucede con su simbólico triunfo sobre el racista Eugene Huat, el boxeador francés ídolo nacional, en París. Un triunfo que es también el de la negritud parisina de la época, más allá de los éxitos de Joséphine Baker, de Louis Armstrong, las jazz band y de la moda de lo negro que proclamaba, entre otros, André Breton, preso de admiración hacia Aimé Césaire, el poeta martiniqués.

Porque Al Brown conoce a Coco Chanel y a Jean Cocteau y porque trabaja en el Caprice Viennois para Suzy Solidor, la musa surrealista que, durante la Ocupación, cantará Lili Marleen, naturalmente, en francés, en La Vie Parisienne. Sorprende que el púgil, frecuentador de ambientes cuyos personajes acabarán luego convirtiéndose en el milieu de la colaboración, no conociera a Maurice Sachs, estandarte de los dandis crápulas y literarios del París de la época, quien, curiosamente, tampoco lo cita en El sabbat, sus memorias tan explícitas.

Porque cuenta la historia de los pupilos del gimnasio barcelonés de Ángel Artero —Gironés, Ros y Flix o, si se prefiere, el Canario, el Tulipán y el Bohemio—, que es, asimismo, la historia de la España republicana, derrotada y peregrina, con su recorrido de fusilamientos y exilios.

Porque el libro de Eduardo Arroyo es el reverso del relato de Ignacio Aldecoa, «Young Sánchez», convertido en extraordinaria película por Mario Camus, experto en hacer largometrajes inolvidables a partir de las obras de un escritor que asombra que haya caído en el olvido, como el propio Panamá.

Porque en el Small’s Paradise, el club de bonito letrero art déco de Harlem, Malcolm X, futuro luchador por los derechos de los negros americanos y entonces joven camarero del lugar, le sirve alguna copa a Panamá Al Brown en su penúltima agonía americana.

Porque el entierro de Alfonso Brown en Nueva York es tan solanesco como propio de las andanzas de Pedro Luis de Gálvez, el poeta ultraísta y de la más arrastrada bohemia madrileña que, posteriormente, devino en chequista pintoresco en el Madrid tremendo de la Guerra Civil.

Porque Eduardo Arroyo es un modelo de lo que ya se conoce desde hace unos años como la «doble militancia», un término acuñado por Juan Manuel Bonet en «El poeta como artista», exposición celebrada en 1995. Se trata de la doble actividad que practican los escritores que pintan y los artistas que escriben, a veces unos y otros de manera tan sobresaliente que es difícil saber en que grupo está cada cual. En el primer caso, el de los escritores que se acercan al arte, suele citarse, en primer lugar, a Goethe con sus acuarelas de paisajes italianos; a Victor Hugo con sus abstracciones realizadas en la plaza de los Vosgos, verdaderamente adelantadas a su tiempo; a Bruno Schulz y sus dibujos fantásticos y eróticos; luego, Henri Michaux y, sobre todo, Jean Cocteau, quien quizás sea el más brillante de los citados. Por aquí se pueden citar a escritores como Max Aub, quien se inventó al medio picassiano Jusep Torres Campalans; a Federico García Lorca, cuyos dibujos entre populares y surrealistas son ya reconocidos; al entonces ultraísta Rafael Alberti, autor de unas obras muy en sintonía con el -ismo más hispano; a Ramón Gómez de la Serna, sus greguerías ilustradas para el ABC y sus dibujos en Pombo; al poeta Adriano del Valle, uno de los excluidos de la antología de Gerardo Diego que cierra la generación del 27, autor de unos collages surrealistas a lo Max Ernst; a José Hierro…

En lo que se refiere a los artistas que escriben, la nómina no es menos interesante y, además, plantea un problema para los aficionados a las taxonomías, pues el valor de su obra pictórica y literaria es comparable y de calidad, lo que dificulta la clasificación. Podríamos empezar con el citado Jean Cocteau, quizás el más acabado ejemplo en este siglo, pero lo mejor es acudir a los nuestros, a los admirables ejemplos que comienzan con José Gutiérrez Solana y Ricardo Baroja, escritores y pintores del 98, autores de una obra literaria sobresaliente, especialmente, en el caso del primero. Luego, Alfonso R. Castelao, el ilustrador y narrador del modernismo galaico; Gabriel García Maroto, impresor genial; Rafael Múgica, que en la Residencia de Estudiantes, antes de ser el poeta Gabriel Celaya, hacía las primeras abstracciones tras los ensayos de Alberti; José Moreno Villa, afortunado poeta y narrador de la nómina del 27; Ramón Gaya, autor de ensayos sobre… Un largo elenco que cierra con brillantez y dedicación Eduardo Arroyo, de quien se puede decir que no sabemos qué es: probablemente, un artista cuando pinta y un escritor cuando escribe. Así lo demuestra este libro.