POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA

«Dinos lo que buscas y lo encontraremos para ti». Cuando enciende el cigarro, en la puerta del bar, del que ha salido para fumar con su cerveza en la mano, advierte en mí un gesto de desagrado instintivo del que yo mismo no he sido consciente. Tiene unas facciones atractivas, una presencia distinguida, pero el tabaco le ha dado una gravedad algo lúgubre a su voz y le ha quitado el lustre a la piel de la cara. Me cuenta cómo volvió a fumar, todavía muy joven, hace veintitantos años. La brisa que viene del Retiro le aparta el pelo de la frente y hace que el humo del cigarrillo se aleje rápido de sus labios sin pintar. Las uñas sí las lleva pintadas de rojo. Fue en Barajas, en la terminal antigua de vuelos internacionales, en la sala donde estaba a punto de embarcar hacia Nueva York con su marido de entonces. Mira hacia el Retiro, a través de la anchura de la calle Menéndez Pelayo, y con la brisa en la cara parece que estuviera asomada a la barandilla de un barco, o que estuviera mirando hacia el tiempo lejano en el que se proyecta su recuerdo. «Llevaba tiempo queriendo separarme de él pero no me atrevía. No porque no estuviera segura, o porque temiera la reacción de él. Sólo que lo pensaba y lo iba dejando de un día para otro». Se ponía plazos cada vez más apurados que luego no cumplía: mañana, esta tarde mismo, dentro de una hora, después de la cena, nada más despertarme mañana, dentro de un rato, cuando salga de la ducha. Por fin se puso un plazo más objetivo, una raya irreversible en el tiempo: cuando acabaran las vacaciones y llegara el momento de regresar a Nueva York. Pero el día antes no dijo nada: ni a la hora de la comida, tal como se había prometido que lo haría, ni a la de la cena, ni al quedarse solos al salir del restaurante donde se despedían de unos amigos.

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«Sensaciones increíbles para el recuerdo». Por la mañana llegó el taxi a recogerlos y subió a él. Se hizo cargo de la bolsa con los documentos y los billetes mientras él empujaba las maletas hacia el mostrador de facturación. Las maletas no llevaban ruedas todavía. Habían llegado temprano y después del control de pasaportes tomaron algo en la cafetería. Se ponía nuevos plazos secretos, desolada por su pasividad, irritada contra sí misma, proyectando todo su encono hacia él, encontrando en su presencia o en su manera de hablar nuevas razones mezquinas para abandonarlo. Cuando vuelva a la mesa con la bandeja, cuando haya pagado, cuando salga del baño. Llamaron al embarque. Como había mucha gente en la cola se sentaron a esperar en unas sillas de plástico. La cola se iba reduciendo. Una azafata decía por el micrófono los nombres de las personas en lista de espera que podían embarcar. Él se levantó y ella se quedó rezagada un momento.

Te permite vivir la vida que quieres. «Ahí fue donde pasó», dice, el cigarrillo entre el dedo índice y el corazón, muy alto, cerca de las uñas, el gesto marcando una fisura en el tiempo. «Él se levantó y yo me quedé sentada, aunque no había pensado hacerlo, no lo había decidido. Sólo que no me levanté a la vez que él». Le dijo que no se iba. Se lo dijo tan bajo que al principio él no lo oyó. Volvió a decirlo más alto, mirándolo a los ojos, y él tardó en comprender. Le preguntó si estaba mareada, si le pasaba algo. Ella le dijo: «No voy a irme a Nueva York contigo». Vio que él abría más los ojos y que movía los labios sin que se formara en ellos ninguna palabra. Lo vio intentar una sonrisa que solía poner cuando algo no le había hecho ninguna gracia, un aviso sarcástico de su desagrado. Alrededor de ellos la gente había ido desapareciendo de la sala de embarque. Algún viajero llegaba con el aliento perdido, con la tarjeta de embarque y el pasaporte en la mano, o buscándolos con el pánico del último momento. Él hizo un ademán de ira y a la vez de hartazgo y capitulación y le tendió a ella su tarjeta, mirándola de arriba abajo. El estupor y la irritación agrandaban su estatura. La tarjeta voló apenas como un tosco avión de papel y cayó a sus pies, entre las zapatillas de deporte que se había puesto para el viaje. La recogió del suelo brillante y pulido y, cuando alzó los ojos, él ya no estaba. Vio cómo el personal lo recogía todo. Luego se acordó de que había oído que repetían su nombre en el altavoz. En el ventanal aviones silenciosos levantaban el vuelo contra un fondo de terraplenes rojizos. El silencio y la sensación de alivio suspendían el tiempo. Volvió a la realidad al advertir que alguien se había sentado en el asiento contiguo, el mismo que había ocupado su marido. Por un momento pensó con irrealidad y espanto que era él, que no se había marchado, que había vuelto. El hombre sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció uno. «Marlboro, como éste —me dice—. Entonces no llevaban letreros y esas fotos horribles de tumores y operaciones». En esa época las maletas no llevaban ruedas y se podía fumar sin limitaciones en los aeropuertos y hasta en los aviones. Ella iba a decirle que no fumaba, pero de nuevo una decisión ya tomada se adelantó a su conciencia. Sus dedos repitieron con destreza el gesto olvidado de sujetar el cigarrillo. Al ponerse en los labios notó por primera vez en años el olor fuerte y dulzón del tabaco rubio. Le dio la primera calada y tuvo tales náuseas que temió perder el conocimiento, y más todavía despertarse luego y descubrir que iba en el avión y que había estado soñando que no tomaba el vuelo.

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«Tómate la vida con sabor». Es el arqueólogo impaciente de lo que todavía está sucediendo, del instante en que lo valioso o lo intacto se convierte en residuo, el modo en que las imágenes y los eslóganes de los anuncios pasan de la omnipresencia a la desaparición. Es el coleccionista escrupuloso de las hojas de propaganda que hombres maduros sin trabajo intentan repartir en las puertas de los centros comerciales, las que todo el mundo tira y él solicita y agradece, o rescata de la papelera en la que ya se amontonan y de la que se desbordan, «Superoferta de colchones personalizables. Últimos días», «Menú turístico Spanish Paella», «Samanta. Sacerdotisa reencarnada hechicera del amor». Es el archivero que quiere salvar algo de la gran catarata permanente de lo que todavía recién hecho se despeña hacia la basura, el folleto de ofertas del supermercado que huele aún a tinta fresca y ya está tirado en la acera, «Acostúmbrate a nuestros precios increíbles», el cartel escrito a mano por un mendigo sobre un trozo de cartón, la foto de una mujer desnuda que muestra el esplendor de una depilación láser. Todo es presente y todo es también una reliquia anticipada que los arqueólogos del porvenir apenas podrán rescatar porque casi todo se habrá degradado y desaparecido o habrá sido sepultado. Es el recolector de los paquetes vacíos de tabaco que la gente estruja y tira cuando se le acaban y el enviado del futuro o de una potencia extranjera que ha de hacer acopio indiscriminado de materiales que otros expertos clasificarán y estudiarán. Colecciona las fotos atroces de pulmones cancerosos y bocas devastadas y hombres moribundos que vienen en los paquetes de cigarrillos igual que las de señoritas asiáticas o latinas que prometen masajes con final feliz. Imagina con un atisbo de compasión la jornada diaria del publicitario encargado de elegir los actores y dirigir las sesiones fotográficas, la luz pálida de clínica, la palidez de los niños enfermos por culpa del vicio de fumar de sus padres; y más aún la del otro, el escritor anónimo, el que redacta los mensajes, sobre una mesa en la que habrá desplegadas fotos no de jóvenes saltando felices por el aire con teléfonos móviles, sino de pies gangrenados y bocas y cadáveres de fumadores. Quizás enciende un cigarrillo para activar la inspiración antes de ponerse a escribir, como los escritores de las películas.

Una mandíbula en 3D te devuelve la sonrisa. Fumar puede dañar el esperma y reduce la fertilidad. Fumar provoca cáncer mortal de pulmón. Fumar provoca infartos. Fumar puede matar al hijo que esperas. El tabaco es muy adictivo. El humo del tabaco contiene más de setenta sustancias cancerígenas. Fumar obstruye las arterias. Fumar provoca riesgo de impotencia. Su humo es malo para su familia y amigos. Fumar provoca cardiopatías y accidentes cardiovasculares. Fumar provoca el envejecimiento de la piel. Fumar reduce el riego sanguíneo y provoca impotencia. Fumar te quita años y calidad de vida. Fumer tue. Smoking kills.

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«Para regalar momentos mágicos». Es (o podría ser sin gran dificultad) el autor de meticulosas monografías académicas sobre los códigos visuales y verbales de los anuncios de masajes asiáticos y calientes amiguitas latinas que aparecen cada mañana en los limpiaparabrisas de los coches. Aunque quisiera ya no podría darse de baja de ese oficio ni renunciar a los instrumentos que le son propios, el cuaderno de notas, el lápiz, la chaqueta o la gabardina de bolsillos hondos, la cartera insondable en la que cabe todo. Es el inspector de las listas de los menús del día que se cuelgan a mediodía a las puertas de los bares y el de los contenedores aparcados junto a las aceras donde se van echando los escombros, los aparatos viejos, los muebles desguazados que nadie quiere, los que tiran cuanto antes los nuevos propietarios impacientes por hacer tabla rasa de todo lo que hubiera en la vivienda que van a reformar, pompeyas ingentes de basura. Los contenedores parecen contener escombros de terremotos, ladrillos y cascotes derrumbados sobre el cabecero de barrotes de una cama antigua, aparatos sanitarios despedazados, todavía con repugnantes manchas amarillas, mangas que asoman como cadáveres sepultados. Un día encuentra en un contenedor un gran cuadro en color de la Virgen de las Angustias y debajo de él un uniforme de almirante, con la cinta de una condecoración arrancada colgando de un ojal.