
Juan Marqués
Creo que el sol nos sigue
Pre-Textos
80 páginas
Lo primero que llama la atención del nuevo libro de Juan Marqués (Zaragoza, 1980) es su título: Creo que el sol nos sigue, que es deslumbrante y nos traslada de un salto al territorio de la poesía. Al abrir el tomo, creyendo que el título es un hallazgo suyo porque el autor también es poeta, llegamos a esta anotación en la página 12, que reconstruye un brevísimo diálogo de Juan con su hija:
–Papi.
–Dime, Vera.
–Creo que el sol nos sigue.
El título proviene de ella, de una de esas observaciones maravillosas que los niños dejan caer a menudo: las sueltan así, como si no fueran algo poético, estupendo y a veces surrealista que muchos de nosotros (o al menos algunos) nos apresuramos a apuntar. Para que no se pierda. Para que no se nos olvide. Más adelante encontraremos otra anotación con la que nos sentimos identificados quienes estamos en el lado de la paternidad, y es esta breve conversación con su hijo:
–Papá.
–Dime, Bruno.
–¿Qué significa «ojalá»?
Los hijos llenan las casas de preguntas lógicas y a menudo incómodas que no siempre sabemos cómo responder. En Creo que el sol nos sigue, subtitulado «(Primer cuaderno de Legazpi)», Juan Marqués también introduce algunas preguntas, algunas de ellas retóricas, pues la misión del escritor, de cualquier escritor, está en abrirnos caminos hacia la duda, hacia la incertidumbre y hacia el interrogatorio interior. Aunque se trata de un cuaderno de apuntes, de observaciones de lo cotidiano, contiene algo de diario, de diario en ciernes, de work in progress o como se diga. Son sólo 74 páginas, y esa brevedad constituye un acierto aunque también su contrario porque nos deja con ganas de más, ávidos de la siguiente entrega que, ojalá, no tarde mucho en publicarse.
Esas 74 páginas se estructuran en cinco apartados y todo en ellas es aprovechable, nada es grasa (como, por ejemplo, me sucedió con la lectura de los Cuadernos de un escritor de William Somerset Maugham, que, confieso, me dejaron agotado con sus más de 400 páginas y sus numerosas observaciones ya obsoletas o incluso descabelladas). Juan Marqués cuenta sus impresiones en ferias del libro, en paseos por Granada, Madrid Río o Zaragoza, sus charlas con algunos escritores, sus opiniones sobre libros y editoriales y personas… anotaciones aderezadas con ocurrencias y alguna observación a la que no le falta mordiente. Se agradece mucho la honestidad absoluta, por ejemplo en ese párrafo de la página 44 donde escribe: «Yo no quiero figurar, yo quiero facturar. Yo no necesito aplausos, yo necesito transferencias. Estoy hartísimo de mí mismo, casi asqueado de ver mi nombre por ahí, firmando cosas que entiendo sólo a medias. Yo sólo quiero vivir, estar vivo, ir funcionando sin demasiados disgustos ni problemas». Esa franqueza, ese entusiasmo por la alegría de vivir y las cosas sencillas me recuerdan a la escritura de Manuel Vilas, quien, aunque nacido en Barbastro, vivió durante años en Zaragoza y la registró literariamente en varias de sus obras.
El escritor, y en estos cuadernos se cumple, debe ser alguien que, como una cámara, observe cuanto sucede a su alrededor y trate de conservarlo en el papel. En la página 15 nos dice el autor, pero en realidad se lo está diciendo a sí mismo: «Si algún día publicas un diario, no salgas a la busca del lector chismoso o infantil, ni quieras informar a tus conocidos de cómo son tus días. Has de pensar en el lector desconocido, en un lector discreto e ideal al que tú le importas bien poco. Que sólo te reconozcan en tus páginas aquellos que te conocen de verdad. No has de informar de nada, y menos aún de nada tuyo: cuenta sin trampas lo que veas». Y, un poco más adelante: «Escribe, pues, pequeñas porciones de tu vida para aquel al que tu vida le dé igual». Ya hemos advertido que esto no es un diario, y sin embargo contiene mucho de diario y de ahí que se cumplan esas «porciones de [tu] vida».
Es curioso que algunos de los diarios y cuadernos que he leído en los últimos meses se desplieguen en pocas páginas y constituyan observaciones cotidianas, donde se levanta acta de vidas en las que no hay grandes alardes ni grandes gestas salvo la de observar el entorno y celebrarlo porque estamos vivos; por ejemplo, el Diario de Koro (Gastón Carrasco), Algunos días (Acoidán Méndez) y este Creo que el sol nos sigue, que hoy nos ocupa y desde este rincón admiramos.