Diamela Eltit
El cuarto mundo
Editorial Periférica
184 páginas
POR PEDRO PABLO GUERRERO

Fue Agota Kristof quien manifestó, por boca de Sándor Lester, el protagonista de la novela Ayer, que «uno no puede escribir su propia muerte». Se lo hace ver el psiquiatra, y el personaje está de acuerdo con él, porque obviamente cuando uno está muerto no puede escribir. «Pero, en lo más profundo de mi ser, pienso que puedo escribir cualquier cosa, incluso si es imposible y aunque no sea verdad», se rebela el alter ego literario de la narradora húngara.

Simétricamente, así como no se puede escribir acerca de la muerte propia, o mejor dicho sobre lo que ocurre tras ella, tampoco se puede escribir de lo que sucede antes del nacimiento. Los dos extremos de la vida son inefables. Solo escritores audaces, por lo general inclasificables, se han atrevido a traspasar estas fronteras. En lo que respecta al comienzo de la existencia, tal vez sea Sterne el primer escritor que concibió una novela literalmente ab ovo: el protagonista de su Tristram Shandy (1759) es capaz de narrar, con un detallismo que llega a ser cómicamente absurdo, el momento exacto en el que fue concebido. Con un tono muy distinto, el narrador inicial de El cuarto mundo recuerda el día en que fue engendrado por su padre y, a continuación, los meses de vida intrauterina y el parto.

Publicada en 1988, El cuarto mundo es la tercera novela de la escritora chilena Diamela Eltit, después de Lumpérica (1983) y Por la patria (1986), textos formalmente más rupturistas y exigentes, motejados con cierta liviandad por algunos críticos como «experimentales», en el sentido de que no hacen concesiones al lector y exhiben una escritura «opaca», de arduo desciframiento, que reproduce el flujo de conciencias alteradas propio de personajes marginales, quienes deambulan entre la indigencia y la locura. Contrastada con sus predecesoras, El cuarto mundo exhibe en su primera parte un lenguaje menos ríspido, una prosa más trabajada, de mayor transparencia a nivel de la enunciación, por mucho que bajo la superficie se agiten pulsiones tan violentas como las que dominan a los personajes de Por la patria. De este libro, precisamente, retoma Diamela Eltit, en El cuarto mundo, la escena liminar de una voz que precede al nacimiento del narrador, testigo desdoblado de su propia concepción, producto de un acto de sojuzgamiento nada compasivo, llevado a cabo por el hombre cuando su esposa se encuentra en un estado de suma debilidad por culpa de la fiebre. Al día siguiente, con el mismo oportunismo, el padre engendra a una niña, la melliza que asume la voz en la segunda parte de la novela, ostensiblemente más breve.

Unidos de forma inextricable, los hermanos comparten el espacio fetal, cada vez más exiguo, en una lucha por hacerse un lugar en el mundo que se prolongará luego del nacimiento. Una vez fuera, competirán por captar la atención de los adultos, abstraídos en sus propias guerras de poder. Ella logrará dominar primero el lenguaje articulado, mientras que su mellizo caminará antes, conquistando así los rasgos más distintivos del animal humano. Ambos niños quedarán marcados por la mirada de sus progenitores, pero sobre todo por su palabra. Él recibe el nombre del padre; ella, «otro nombre». Ninguno de los dos se menciona en el texto. Solo conocemos aquel no oficial que la madre le da, secretamente, al hijo hombre, travistiendo de esta forma su identidad: María Chipia. En una entrevista, Diamela Eltit ha explicado que lo tomó del libro Las brujas y su mundo, de Julio Caro Baroja, que estaba leyendo mientras escribía la novela, debido a su interés en las mujeres juzgadas por la Inquisición. Del mismo estudio sacó el nombre de María de Alava, la nueva hermana que nace cuando los mellizos son todavía niños, desatando otra escalada de celos y envidia. Este quinto integrante trastorna aún más el frágil equilibrio de la familia. Surgen dos bandos: la madre estrecha su vínculo con los mellizos mientras que el padre se acerca a la recién llegada, a quien intentará moldear a su imagen y semejanza luego de fracasar en su intento de hacerlo con el hijo.

Casi de más está explicitar que, en El cuarto mundo, «la familia, pilar intocable de la ideología oficial nacional, es desmontada en su realidad más profunda y oculta», tal como advierte la investigadora chilena Marcela Prado Traverso.

Frente al opresivo espacio cerrado del hogar, el mundo exterior es, a los ojos de los mellizos, una fuente constante de amenazas, pero también de nuevos objetos del deseo. Declara el narrador: «La ciudad, tibiamente sórdida, nos motivó a todo tipo de apetencias y activó nuestras fantasías heredadas de mi madre. Se podía palpar en el espesor ciudadano el tráfico libidinal que unía el crimen y la venta. Los bellos torsos desnudos de los jóvenes sudacas semejaban esculturas móviles recorriendo las aceras. En ese breve recorrido nuestros ojos caían en una bacanal descontrolada».

Un día, el hermano se pierde entre las calles de la urbe, alcanzando en la periferia una ambigua experiencia sexual cuyo recuerdo lo obsesiona y que termina por confesar a su hermana melliza, induciendo en ella, como por contagio mental, un estado de enfermedad y delirio. Los sueños, sobre todo aquellos que maduran al calor de la fiebre, juegan en El cuarto mundo un papel determinante. Conectan a los personajes con sus miedos y deseos secretos, y hasta son capaces —de una forma que está más cercana al pensamiento mágico que al psicoanálisis— de transmitirse de la madre al hijo en gestación, modelando su identidad sexual y su personalidad. El inconsciente, libre de su guardián por un tiempo, se abre paso mediante la actividad onírica hasta hacer estallar las compuertas que mantienen a raya los tabús más arraigados.

Transcurridas las dos terceras partes de la novela, y luego de sobrepasar un punto de no retorno en materia de trasgresiones, ni el lenguaje empleado hasta ese momento ni su capacidad de representación parecen ya suficientes. La revelación necesita echar mano de la alegoría. La hermana melliza asume la voz narrativa subvirtiendo el simbolismo mariano de la anunciación para proclamar que un hijo viene en camino. En este nuevo ciclo, el encierro uterino se extiende a toda la casa. Los personajes se enclaustran en ella cortando toda comunicación con el mundo exterior. Los tres hermanos se entregan a ritos inenarrables mientras sus padres se convierten en testigos horrorizados y, a la vez, morbosos.

A partir de este punto, Diamela Eltit adopta un estilo más cercano a sus primeros libros. Sin llegar a los extremos neobarrocos de Lumpérica, el lenguaje se enrarece: tan pronto da rienda suelta al erotismo como asume extrañas formas hieráticas o histéricas que incomodan al lector. «Quiero hacer una obra sudaca terrible y molesta», confiesa la hermana melliza en cierto momento del relato. En uno de sus gestos autorales más reconocibles, Eltit configura situaciones y elabora imágenes perturbadoras que cifran la alienación del momento histórico por el que atraviesa la urbe sudaca a fines de los años ochenta, entregada al «maleficio» de la codicia y las privatizaciones que le había lanzado «la nación más poderosa del mundo».

Si bien El cuarto mundo es una novela «situada» —como diría Enrique Lihn—, en la medida en que pertenece a un contexto ideológico y cultural irrepetible, su vigencia radica en que propone una respuesta que trasciende a las limitaciones de la época y resuena hoy con toda su potencia oracular. Como se puede leer en el libro: «[María Alava] Dijo que la nación más poderosa cambiaba de nombre cada siglo y resurgía con una nueva vestidura. Afirmó que únicamente la fraternidad podía poner en crisis a esta nación».

Nacida en 1949, Diamela Eltit es adscrita por Cedomil Goic a la «contestataria» generación de 1972, «cuya experiencia se vio afectada por los golpes de estado militares y la represión y el exilio», pero también por la «desglobalización ideológica y el derrumbe del socialismo», como apunta el crítico chileno en su Brevísima relación de la historia de la novela hispanoamericana (2009). En una sincronía casi perfecta, comprobamos que El cuarto mundo se publicó en 1988, un año antes que la caída del Muro de Berlín y dos años después que apareciera El gran cuaderno, de Agota Kristof, primera parte de la trilogía «Claus y Lucas», sobre dos gemelos abandonados por su familia, en un país en guerra, que quedan al cuidado de su abuela, a quien todos llaman la Bruja. Resulta evidente la alusión al cuento de hadas «Hansel y Gretel», recopilado por los hermanos Grimm. Como los protagonistas del Märchen —así prefiere llamar André Jolles a esa forma literaria que solo en apariencia es simple o ingenua—, los gemelos de Kristof deben sobreponerse a los maltratos de la vieja y aprender a sobrevivir en un mundo hostil que no pueden enfrentar con las herramientas que proporcionan la moral convencional ni la ética filosófica. Consecuentemente, son al mismo tiempo cándidos y crueles, generosos y egoístas, capaces de cualquier artimaña para comer, y de someterse a brutales pruebas de resistencia.

Los mellizos sin nombre de El cuarto mundo también plantan cara a una sociedad hostil, represiva en el más amplio sentido del término, heredera de las prácticas de control y exterminio del Tercer Reich y de la moral castrense y castrante del Tercer Mundo. El «cuarto mundo» es, por contraposición, el espacio de la «fraternidad», que asume sin complejos la oscuridad que habita en cada ser humano, oponiendo a las arteras metamorfosis del poder «un homenaje simple y popular».